La autonomía estratégica europea ha dejado de ser un concepto abstracto para convertirse en un movimiento concreto que se acelera cada trimestre. El último análisis de Foreign Affairs confirma que el Viejo Continente se está rearmando a un ritmo sin precedentes desde el fin de la Guerra Fría, impulsado por la desconfianza hacia Washington y la percepción de que la amenaza rusa ya no es un riesgo lejano. Europa ha asumido que la vieja máxima —riqueza sin poder militar, influencia sin sacrificio y protección sin obligaciones— ya no es sostenible, y está tomando decisiones que hace apenas dos años eran políticamente impensables.
El despertar de una Europa que ya no se fía de Washington
Los datos de opinión pública son contundentes. Según un sondeo encargado por el Consejo Europeo de Relaciones Exteriores en mayo de 2026, solo el 11% de los europeos considera a Estados Unidos un aliado, frente al 16% de finales de 2025 y el 22% de noviembre de 2024. En todos los países encuestados —entre ellos Alemania, Francia, Polonia, España y Suecia— una mayoría duda de que Washington acudiera en su defensa ante un ataque. El 25% de los ciudadanos ve a EE.UU. directamente como un rival o un adversario.
La invasión rusa de Ucrania ha calado hondo. El 77% de los europeos cree que la guerra representa una amenaza directa para la supervivencia del continente, un porcentaje que se dispara en el este y el norte pero que también alcanza al 59% en Alemania y al 50% en Francia. La amenaza rusa, subraya Foreign Affairs, se ha desplazado del flanco oriental al corazón de Europa. Cosas de la era Trump.
Esa sensación de inseguridad ha mutado en apoyo mayoritario a los aumentos del gasto militar. Mayorías claras en Dinamarca, Estonia, Francia, Alemania, Polonia, Portugal y el Reino Unido respaldan más inversión en defensa. Italia es el único país donde la oposición sigue siendo mayoritaria. El giro más sorprendente es el respaldo a la emisión de deuda conjunta de la UE para financiar la defensa: un 47% lo apoya en el conjunto de los 15 países encuestados, con picos del 59% en Portugal y el 56% en Dinamarca. Hace dos años, la idea era tabú.
Al mismo tiempo, la mayoría de los europeos prefiere cortar la dependencia del armamento estadounidense y comprar material de defensa europeo. Este respaldo a la industria continental es especialmente fuerte en Dinamarca, Países Bajos y Suecia. Por primera vez, la opinión pública pide munición y plataformas fabricadas en casa, un cambio de mentalidad que los gobiernos ya están traduciendo en contratos.
Europa ha pasado de la dependencia a la determinación: por primera vez desde 1945, la defensa del continente se construye desde dentro.
Alemania toma el mando: gasto militar disparado y conscripción voluntaria en auge
Alemania, el país que durante décadas se resistió a asumir un liderazgo militar, encabeza la transformación. El gasto en defensa de los 27 Estados miembros alcanzó aproximadamente 402.000 millones de dólares en 2024, muy por encima de los 160.000 millones de Rusia. Berlín aporta ya una cuarta parte del total y se encamina a gastar 172.000 millones de dólares en 2029, el equivalente al 3,6% del PIB, casi el triple que en 2022. Esa cifra convierte a Alemania en el cuarto mayor inversor militar del mundo, un salto que inquieta en París pero que, como ha señalado el ministro polaco de Exteriores, ahora preocupa más una Alemania desarmada que una con un ejército potente.
El renacimiento castrense no es solo presupuestario. El servicio militar obligatorio, suspendido en Alemania en 2011, ha sido reactivado con un modelo de alistamiento voluntario. Los temores iniciales de falta de reclutas se han disipado: a finales de marzo de 2026, 12.700 jóvenes completaban el servicio voluntario, un 13,5% más que el año anterior, y 22.700 habían solicitado una carrera militar, con un incremento del 20%. La Bundeswehr avanza hacia el objetivo de 260.000 soldados activos y 200.000 reservistas para mediados de la década de 2030. En Suecia, el fenómeno es aún más llamativo: solo acepta a menos del diez por ciento de los jóvenes cualificados y motivados que solicitan plaza.
Al mismo tiempo, la industria europea de defensa se reorganiza. Startups como Helsing y Stark Defense compiten por contratos multimillonarios de drones, mientras Rheinmetall y la italiana Leonardo se han asociado para fabricar más de 1.000 vehículos de combate de infantería y hasta 350 carros de combate Panther KF51 para el ejército italiano. La apuesta por el material propio se concreta en pedidos que antes iban a Lockheed Martin o Boeing. La autonomía estratégica se ha convertido en en una prioridad tangible.
Equilibrio de Poder
El rearme europeo sin EE.UU. altera el tablero transatlántico en tres direcciones. En el eje Washington-Moscú-Bruselas, la lectura es nítida: la OTAN ya no es el paraguas único y los europeos asumen que deben disuadir por sí mismos. El canciller alemán Friedrich Merz lo ha resumido con el término “realismo de principios”: el orden basado en reglas ha desaparecido y toca volver al hard power. Para España, esta mutación tiene implicaciones directas aunque a menudo se vivan en diferido. Nuestro país, anclado en el 1,28% del PIB en defensa, afronta una presión creciente para acelerar el gasto hacia el 2% y más allá. Al mismo tiempo, el giro hacia proveedores europeos abre oportunidades para Indra, Navantia y la industria auxiliar, siempre que el Gobierno apueste por ellas con contratos estables. La mayor autonomía continental también refuerza la relevancia del flanco sur: si Europa mira menos a Washington, la frontera con el Magreb y el Sahel pasa de ser una preocupación periférica a un teatro de primera línea donde España tendrá que liderar.
El precedente de la crisis de los misiles de Cuba o el despliegue de los euromisiles en los años ochenta sirve como espejo: entonces, la defensa de Europa se decidía en Washington y Moscú. Ahora, Bruselas y Berlín llevan la iniciativa. El riesgo es que una Europa más autónoma pero aún fragmentada no sea capaz de sostener el esfuerzo sin fracturas internas. La amenaza de partidos euroescépticos como el Reagrupamiento Nacional en Francia o Alternativa para Alemania, que obtienen alrededor del 28% de intención de voto, puede frenar o revertir el proceso. A largo plazo, la consolidación de una arquitectura de defensa genuinamente europea exigirá saltos institucionales —incluida la mayoría cualificada en el Consejo— que hoy siguen bloqueados por las soberanías nacionales. La lectura de Moncloa es que España debe jugar a dos bandas: mantener la relación con EE.UU. a través de las bases de Rota y Morón, pero integrarse en el núcleo duro de la defensa europea para no quedar descolgada. La próxima cumbre de la OTAN en Vilna —y las cifras de gasto que allí se presenten— marcará el pulso real de este nuevo equilibrio.

