Starmer aspira a ser secretario general de la OTAN en 2028 tras dejar Downing Street

El primer ministro saliente aspira a liderar la Alianza Atlántica cuando expire el mandato del neerlandés Mark Rutte. Necesitará el respaldo unánime de los 32 miembros y el aval de su propio sucesor en Londres.

La dimisión forzada de Keir Starmer como primer ministro británico abre un nuevo frente en la carrera por el liderazgo de la OTAN. El dirigente laborista, según revela el dominical The Observer, baraja suceder al holandés Mark Rutte al frente de la organización cuando su mandato expire en 2028, un movimiento que reconfiguraría el tablero de la seguridad transatlántica.

El convulso mandato que precipitó la caída de Starmer

Starmer anunció su renuncia entre lágrimas la semana pasada, acorralado por una rebelión interna en el Partido Laborista. Más de ochenta diputados laboristas habían exigido su salida después de que el partido perdiera casi 1.500 concejales en las elecciones municipales del mes pasado. Varios ministros abandonaron su gabinete en cadena. El exalcalde de Manchester, Andy Burnham, que ganó la elección parcial de Makerfield el 18 de junio, aparece como el favorito para sucederle al frente del Gobierno y del partido.

La legislatura de Starmer, que arrancó con una mayoría aplastante en 2024, se vio empañada por subidas de impuestos, recortes en prestaciones sociales, escándalos políticos y una agenda exterior cada vez más polémica. Su apuesta por convertir el apoyo a Ucrania en un pilar central de su mandato chocó con la realidad de unas fuerzas armadas británicas con carencias de financiación, retrasos en los programas de adquisición y dudas crecientes sobre su preparación. Según The Telegraph, el primer ministro saliente pasó aproximadamente dos meses y medio en el extranjero durante sus primeros 17 meses de mandato, un récord histórico que le valió críticas por descuidar los asuntos domésticos. Esa desconexión con la calle alimentó el descontento que acabó por devorarle.

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La apuesta por Bruselas: contactos, unanimidad y el factor Zelenski

Con la política británica cerrándole la puerta, Starmer ha puesto la vista en la sede de la OTAN en Bruselas. El puesto de secretario general, tradicionalmente reservado a un exjefe de Gobierno o un alto diplomático, se decide mediante consultas entre los Estados miembros y exige el respaldo unánime de los 32 aliados. El proceso de selección del secretario general, que requiere la aprobación unánime de los 32 miembros, no es un mero trámite. Starmer necesitaría, según The Observer, «un respaldo gubernamental sostenido» para que su candidatura prospere.

Sus partidarios esgrimen como principal activo su estrecha relación con el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski. La fuente citada por el dominical asegura que ambos líderes a veces se realizan «llamadas de bolsillo» accidentales, una anécdota que ilustra la fluidez de sus contactos. También subrayan sus vínculos con otros dirigentes europeos, forjados durante su breve pero intensa agenda internacional.

Sin embargo el camino hacia el despacho del secretario general está sembrado de obstáculos. La relación de Starmer con el presidente estadounidense Donald Trump se agrió profundamente después de que el británico se negara a respaldar los bombardeos conjuntos de Estados Unidos e Israel sobre Irán. Trump descalificó a Starmer afirmando que «no es ningún Winston Churchill» y atacó su gestión en inmigración y energía. Por el contrario, Trump ha elogiado repetidamente a Rutte como amigo y líder eficaz, lo que podría pesar en un proceso de selección que, aunque formalmente ajeno a Washington, nunca es inmune a la influencia de la Casa Blanca.

Starmer busca en la OTAN un salvavidas político tras una legislatura desgastante, pero el camino hasta el despacho del secretario general pasa por el voto unánime de aliados que miran con lupa su gestión doméstica.

Equilibrio de Poder

La posible candidatura de Starmer tiene implicaciones directas para España. Un secretario general británico, el primero desde Lord Robertson (1999-2004), devolvería al Reino Unido a un puesto de primer orden en la arquitectura de seguridad europea tras el trauma del Brexit. Para Moncloa, ese regreso presenta dos caras. Por un lado, Londres comparte con Madrid la sensibilidad hacia el flanco sur: la OTAN apenas ha dedicado atención prioritaria al Sahel y al Magreb en la última década, y un británico al frente podría reequilibrar el foco hacia las amenazas que llegan desde el Mediterráneo y el África subsahariana. Por otro, la cuestión de Gibraltar y el encaje de la defensa europea en un marco pos-Brexit podrían generar fricciones si Starmer intenta utilizar la secretaría general para reforzar la posición británica en las negociaciones bilaterales.

En términos de capacidades, un secretario general británico podría impulsar los programas de interoperabilidad en los que España participa, como el futuro caza FCAS o la modernización de las fragatas F-110. La industria de defensa española observa con cautela porque Londres ha sido históricamente un socio preferente en los consorcios europeos, pero también un defensor de la competencia transatlántica que beneficia a los grandes contratistas estadounidenses. En el contexto del gasto militar, España se encuentra bajo presión para alcanzar el objetivo del 2% del PIB —y quién sabe si el 5% que reclama Trump—. Un secretario general del Reino Unido, país que tradicionalmente ha cumplido con el umbral, ejercería una presión moral añadida sobre los aliados rezagados, entre ellos España. El gobierno de Sánchez, que ha apostado por un perfil europeísta y multilateral, podría ver en Starmer a un interlocutor afín en lo político, pero sentir la presión en lo presupuestario.

A cinco años vista, la candidatura de Starmer revela la creciente politización del puesto de secretario general. Tradicionalmente, los ex primeros ministros que han ocupado el cargo —Jens Stoltenberg, Anders Fogh Rasmussen, Jaap de Hoop Scheffer— llegaron tras mandatos largos y con un legado internacional sólido. Starmer, en cambio, lo intentaría con apenas dos años en Downing Street, manchados por el desgaste interno y la fractura con Washington. Su éxito dependerá de la capacidad para reconstruir puentes con la Casa Blanca —sea quien sea el inquilino en 2028— y de convencer a los aliados de que no es un dirigente de transición, sino alguien capaz de pilotar la Alianza en un entorno de amenazas difusas, ciberseguridad y competencia con China.

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La próxima cumbre de la OTAN, prevista para 2027, marcará el inicio oficioso de la sucesión. Hasta entonces, Starmer deberá cultivar apoyos en silencio mientras su sucesor en Londres consolida un gobierno que quizá no tenga interés alguno en patrocinar su aventura atlántica. La clave estará en si el laborismo británico, tras el trauma de la dimisión, decide cerrar filas en torno a su antiguo líder o prefiere pasar página y mirar hacia dentro.