Este jueves, 1 de julio, el comisario europeo de Presupuestos, Piotr Serafin, ha lanzado una advertencia sin precedentes a los gobiernos del norte de Europa: recortar 400.000 millones de euros al próximo Marco Financiero Plurianual (MFP, la caja común para siete años) puede volverse en contra de sus propias prioridades, como la defensa y la competitividad. La intervención de Serafin en la conferencia anual del presupuesto de la Comisión responde al envite de Alemania, que esta misma semana ha pedido rebajar en una quinta parte los dos billones de euros que diseña Bruselas para el periodo 2028-2034.
El pulso es agrio. La presidencia chipriota del Consejo de la UE propuso en junio un ajuste del 2%, pero Berlín y sus aliados frugales —Países Bajos, Austria, Dinamarca, Suecia y Finlandia— lo consideran insuficiente. Ahora, con la presidencia irlandesa recién estrenada, los norteños redoblan la presión para tijeretazos más profundos, al tiempo que blindan las partidas de seguridad y competitividad. Serafin les ha respondido con una claridad inhabitual: “Un presupuesto de la UE más frugal puede no ser necesariamente moderno”.
La propuesta chipriota no convence a los frugales
La cifra está sobre la mesa: los dos billones de euros que la Comisión Europea esbozó para el próximo MFP representan un aumento moderado respecto al ciclo actual (2021-2027), que ya quedó tensionado por el impacto de la pandemia, la guerra de Ucrania y la espiral inflacionista. Alemania, lastrada por su propia debilidad industrial y unas cuentas públicas cada vez más estrechas, quiere llevar el tijeretazo a 400.000 millones, una cuarta parte del total. Los frugales insisten en que el recorte debe proteger las nuevas prioridades, pero no precisan de dónde saldría el dinero.
La presidencia chipriota, que entregó el testigo a Dublín el pasado 1 de julio, intentó un primer apaciguamiento con una poda del 2% —unos 40.000 millones— y una reasignación parcial hacia partidas de defensa. Sin embargo, Alemania y sus socios la rechazaron de plano porque, a su juicio, golpeaba sus zonas de interés, sobre todo los fondos de cohesión y las ayudas directas a regiones. “El riesgo es que esos nuevos aspectos de la modernidad sean los primeros en ser recortados”, ha subrayado Serafin durante su discurso.
Serafin: “Un presupuesto más frugal no es necesariamente moderno”
El comisario polaco ha ido más lejos y ha dibujado una paradoja fiscal: lo que las capitales del norte ahorren en Bruselas puede acabar costándoles más en sus propios ministerios. “Con demasiada frecuencia, un enfoque desunido supone una factura más alta: más duplicidades y menos economías de escala”, ha afirmado. “En muchas áreas, la alternativa al gasto europeo no es la ausencia de gasto. Es el gasto nacional”.
La advertencia tiene calado. Si el MFP 2028-2034 se encoge de manera drástica y los programas de defensa o de competitividad —pensados para financiar desde corredores militares hasta cadenas de suministro de chips— pierden músculo, serán los Estados los que tengan que cubrir el hueco con sus presupuestos nacionales. Y hacerlo de forma aislada, argumenta Serafin, cuesta entre un 20% y un 40% más que a través de la caja común. La dispersión de contratos, la ausencia de estándares únicos y la competencia entre países por las mismas capacidades industriales encarecen cada euro invertido.
Un presupuesto más frugal puede sacrificar la modernidad que los frugales dicen defender.
El Eje del Poder Europeo
La trinchera norte-sur vuelve a abrirse en el momento más delicado de la legislatura comunitaria. Alemania y los frugales quieren menos chequera común y más control nacional. El sur —España, Italia, Portugal y Grecia— defienden que solo una UE con recursos propios robustos puede garantizar la convergencia y la seguridad del bloque. Entre ambos, la Comisión se ve obligada a ejercer de equilibrista mientras el Parlamento Europeo, que deberá dar su visto bueno al MFP, ya ha advertido de que no aceptará un recorte que diluya programas como Horizonte Europa o el Fondo Social Europeo.
Para España, el envite es existencial. El país es el segundo mayor receptor neto de fondos de cohesión —solo por detrás de Polonia— y tiene comprometida la consolidación fiscal post-Next Generation con un calendario de reformas que depende en buena medida de que el grifo europeo siga abierto. Un tijeretazo de 400.000 millones se traduciría, según cálculos preliminares de la Representación Permanente española, en una pérdida de entre 8.000 y 12.000 millones de euros para proyectos de cohesión en España durante los siete años del nuevo marco. La Moncloa, que aún no ha fijado posición oficial, trabaja en un eje con Roma y Lisboa para frenar cualquier acuerdo que rebase el límite del 2% de ajuste.
La lectura estratégica es clara: los frugales quieren modernizar el presupuesto a costa de la cohesión tradicional, pero el recorte masivo puede devorar justo aquello que consideran prioritario. Mientras, el reloj corre. La presidencia irlandesa tiene seis meses para encarrilar un principio de acuerdo político que, por primera vez, requiere unanimidad en el Consejo y mayoría reforzada en la Eurocámara. Si en diciembre no hay texto, los programas actuales empezarán a desfallecer en 2027 y la UE corre el riesgo de entrar en el siguiente MFP con una prórroga técnica que nadie desea.
Próxima cumbre del Consejo Europeo: 15-16 de octubre de 2026. Esa es la fecha que todos miran.
