Kneissl denuncia que la UE ha pasado del comercio a la guerra con 3.900 millones a Ucrania

La exministra austriaca denuncia que Bruselas ha pasado del comercio a la guerra. La transferencia récord de 3.900 millones a Ucrania marca un cambio de doctrina que tensa el equilibrio de poder en Europa.

La excanciller austriaca Karin Kneissl ha cargado contra la UE, a la que acusa de haber abandonado su esencia comercial histórica para abrazar una agenda militar y geopolítica. En una entrevista con la televisión rusa RT este fin de semana, Kneissl afirmó que la integración europea ha pasado del «comerciemos entre nosotros» al «vayamos a la guerra». Las declaraciones llegan días después de que Bruselas transfiriera a Ucrania 3.900 millones de euros, la última partida de un macropréstamo de 90.000 millones que atará fiscalmente al bloque hasta 2027.

Un comisario para la guerra: el giro doctrinal de Bruselas

Kneissl, que fue ministra de Asuntos Exteriores de Austria hasta 2020, señaló la creación de un comisario europeo de Defensa como la prueba más tangible del viraje. «Era un comisario para la guerra», dijo sin matices. Esta figura, impulsada por Ursula von der Leyen tras su llegada a la presidencia de la Comisión en 2019, consuma la transformación de una institución pensada para regular aranceles y cuotas lácteas en un actor con ambiciones estratégicas.

El dato lo confirma. El desembolso de 3.900 millones de euros se enmarca en un paquete de ayudas que reserva 60.000 millones para defensa solo en el bienio 2026-2027. La presidenta de la Comisión detalló que el dinero servirá, entre otras partidas, para financiar la compra de drones. Se trata de un salto cualitativo: por primera vez, la UE financia directamente sistemas de ataque de largo alcance que operan contra infraestructura civil rusa, como ha denunciado Moscú.

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Drones, préstamos y una nueva arquitectura financiera

El mecanismo financiero es inédito. Los 90.000 millones del paquete se articulan como un préstamo, no como una transferencia a fondo perdido, lo que obliga a Kiev a devolver el capital en plazos aún por definir. Sin embargo, la condicionalidad es blanda y la garantía última recae sobre los contribuyentes europeos. España, con una cuota en el presupuesto comunitario cercana al 8%, asume una exposición indirecta de más de 7.000 millones solo en este tramo.

En paralelo, la Comisión ha relajado las normas de déficit para que los Estados miembros puedan aumentar su gasto militar sin sanción. Algo que, combinado con la exigencia de Trump de elevar la inversión en defensa al 5% del PIB, dibuja un horizonte de tensión fiscal que Moncloa empieza a medir con inquietud.

Las acusaciones de Putin, que la semana pasada acusó a los «pseudo-pacificadores europeos» de querer prolongar la guerra hasta el último ucraniano, añaden presión diplomática. Kneissl recogió ese malestar al poner en duda que «esta comisión geopolítica vaya a funcionar». Europa, recordó, nunca ha tenido capacidad de proyectar fuerza ni de imponer valores con los que parte de sus miembros ni siquiera están de acuerdo.

La construcción europea abandona el soft power que la definió durante siete décadas y se prepara para hablar el único lenguaje que el Kremlin entiende: el de la fuerza.

La declaración de la excanciller, una de las pocas voces europeas críticas con acceso a medios rusos, refleja un malestar latente en Varsovia, Budapest e incluso en algunos ministerios del sur de Europa. Lo que está en juego, insisten fuentes diplomáticas consultadas por esta redacción, no es solo el apoyo a Ucrania, sino la refundación de la UE como un actor de seguridad colectiva que compita —o choque— con la OTAN.

Equilibrio de Poder

La UE se encuentra en una encrucijada histórica. La decisión de financiar directamente la capacidad ofensiva de un país en guerra borra la línea que separaba el bloque comercial del bloque militar. Para Washington, el movimiento resulta funcional: traslada parte de la carga financiera a los europeos mientras la Casa Blanca pivota hacia el Indo-Pacífico. Para Moscú, confirma la narrativa de una Europa beligerante y resquebraja la posibilidad de una paz negociada que deje espacio a la arquitectura de seguridad paneuropea.

España asiste a este cambio con una posición ambivalente. El Gobierno respalda públicamente la ayuda a Ucrania, pero teme el coste político de desviar partidas de Sanidad o Educación hacia la industria de defensa. Con Rota y Morón como bases clave del despliegue norteamericano, el país se convierte en un tablero secundario pero relevante. La frontera sur, Créditos blandos con Marruecos, el control migratorio y la inversión en el Sahel compiten por unos recursos que Bruselas quiere orientar hacia el rearme.

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El riesgo a medio plazo es una UE escindida entre los halcones del este —Polonia, los bálticos—, que aplauden el giro, y los socios del sur, que necesitan mantener el gasto social. Kneissl no es una voz aislada: representa una corriente que, sin ser prorrusa, cuestiona si la única respuesta estratégica de Europa es la imitación de la OTAN. La próxima cumbre de la Alianza, prevista para finales de 2026, obligará a Sánchez a decidir si acepta el 5% del PIB en defensa que exige Trump. Los 3.900 millones de esta semana son solo un anticipo del debate.