Trump presiona a Reino Unido para conservar bases británicas en ataques a Irán

Washington busca mantener el uso de las bases de RAF Fairford y Diego García para continuar los bombardeos junto a Israel. El nuevo primer ministro británico se enfrenta a la presión de la Casa Blanca y a la oposición interna de su partido.

EN 30 SEGUNDOS

  • ¿Qué ha pasado? Trump exige a Burnham que mantenga el uso de las bases británicas de RAF Fairford y Diego García para los ataques contra Irán.
  • ¿Quién está detrás? La Casa Blanca, que presiona al nuevo primer ministro laborista tras el relevo de Starmer.
  • ¿Qué impacto tiene? Coloca a Burnham ante una disyuntiva explosiva: ceder y fracturar al Labour, o resistir y deteriorar aún más la relación con Washington.

Donald Trump ha instado al recién estrenado primer ministro británico, Andy Burnham, a mantener abiertas las bases de RAF Fairford (Gloucestershire) y Diego García (Océano Índico) para los ataques que Estados Unidos e Israel libran contra Irán. La exigencia, desvelada por The Telegraph el mismo día en que se cumple un mes del inicio de la escalada aérea en el Golfo, reabre una herida que corroía la relación transatlántica desde que el anterior premier, Keir Starmer, prohibiera inicialmente el uso de Diego García. Burnham, que solo lleva horas en Downing Street, recibe así la herencia más tóxica de su antecesor.

La llamada que reabre la fractura transatlántica

La conversación telefónica del lunes 20 de julio —la primera desde la toma de posesión de Burnham— fue calificada por Trump como «muy buena». Sin embargo, las fuentes citadas por el diario conservador apuntan a que la Administración estadounidense planteó la cuestión de las bases como una línea roja. Washington lleva semanas lamentando la falta de solidaridad de sus aliados europeos. Un alto funcionario citado por The Telegraph resume el malestar: «Trump sigue profundamente decepcionado con los países de la OTAN que han negado o restringido el acceso a sus bases durante la guerra contra Irán».

La presión no es nueva. Starmer ya denegó Diego García para las primeras oleadas de bombardeos, un desplante que Trump consideró una afrenta personal y que contribuyó a una degradación acelerada de los lazos bilaterales. Londres cedió después con Fairford, pero la autorización quedó enterrada bajo protestas callejeras y un intenso debate parlamentario. Burnham, que nombró a Ed Miliband —el artífice de aquella negativa inicial— como secretario de Exteriores, no ha hecho pública aún su decisión.

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Fairford y Diego García: dos enclaves para la guerra contra Irán

RAF Fairford

La base de RAF Fairford, en plena campiña inglesa, se ha convertido en uno de los principales centros de operaciones de los bombarderos estratégicos B-52 y B-1B que el Pentágono despliega hacia Oriente Próximo. Diego García, por su parte, es un portaaviones insumergible a 3.500 kilómetros de Irán, clave para los aviones cisterna y los drones MQ-9 Reaper que patrullan el Golfo Pérsico. Perder cualquiera de las dos mermaría la capacidad de proyección aérea de Washington en el teatro iraní.

La base del Índico está bajo soberanía británica, pero su cesión a Estados Unidos tiene un fuerte componente político. Durante el mandato de Starmer, el rechazo frontal del ala izquierda del Labour a la guerra contra Irán forzó al Gobierno a negociar con los sindicatos y a imponer condiciones restrictivas que Trump interpretó como un veto encubierto. Burnham ha heredado ahora un gabinete con Miliband y una bancada en la que varios diputados ya han calificado de «belicista» la participación indirecta del Reino Unido.

Burnham se enfrenta a un dilema heredado: sin las bases británicas, Trump pierde una pieza clave en el tablero; con ellas, arriesga una fractura definitiva en su propio partido.

Equilibrio de Poder

El pulso entre Washington y Londres por las bases no es solo una disputa bilateral; tiene el potencial de recalibrar la arquitectura de seguridad europea. Si Burnham decide restringir el acceso, Trump podría redoblar la presión sobre otros socios de la OTAN —España, con las bases de Rota y Morón, ocupa un lugar destacado en esa lista— o acelerar la autonomía militar estadounidense mediante portaaviones y bases en Oriente Próximo. Ambas vías tienen un coste para la Alianza Atlántica: la primera forzaría a socios como el nuestro a escoger entre Washington y la presión interna; la segunda aceleraría la percepción de que EE UU ya no necesita el paraguas convencional europeo.

Para España, la tensión sobre Fairford y Diego García llega en un momento en que Moncloa intenta mantener un perfil bajo en la guerra de Irán, pero con los dos tercios del crudo que importamos transitando por el Estrecho de Ormuz. Un bloqueo prolongado o una escalada que cierre el paso ya ha disparado la inflación energética en los últimos meses. Si Washington solicita formalmente a Madrid un incremento del uso de Rota para misiones de ataque —algo que fuentes de Defensa no descartan—, el Gobierno de Sánchez se vería en un dilema calcado al de Burnham.

La historia reciente ofrece un espejo: en 2003, el Labour de Tony Blair se partió por la guerra de Irak. Entonces, el debate era sobre la legalidad de la intervención. Ahora el escenario es aún más volátil, porque la implicación israelí añade un factor regional que inquieta incluso a los halcones del Pentágono. La decisión de Burnham marcará la capacidad de Trump de sostener la campaña aérea y, de rebote, definirá la cohesión de una OTAN que ya arrastra las secuelas del desencuentro en la cumbre de abril. Con la próxima reunión del Consejo Europeo en septiembre, el reloj corre para el nuevo premier.