El Gobierno canadiense ha dado un paso estratégico al unirse como observador al Global Combat Air Programme (GCAP), el proyecto de caza furtivo de sexta generación liderado por Reino Unido, Italia y Japón. La decisión, anunciada este martes en el Farnborough Airshow, supone la primera expansión del programa más allá de sus tres socios fundadores y señala un cambio de rumbo en la política de defensa de Ottawa, que busca reducir su dependencia de los sistemas de armas estadounidenses.
La primera ampliación más allá del núcleo fundador
El GCAP nació como la apuesta europea y japonesa por un caza de superioridad aérea que combinara capacidades furtivas, inteligencia artificial y operación en red con drones autónomos. Comenzó a tomar forma tras la fusión de los proyectos Tempest (Reino Unido) y F-X (Japón) en 2022, y su entrada en servicio está prevista para mediados de la década de 2030. Hasta ahora, la estructura de gobernanza se limitaba a los tres socios originales, con un coste de desarrollo estimado en decenas de miles de millones de euros.
Que Canadá se convierta en observador no implica un desembolso inmediato, pero abre la puerta a una futura membresía de pleno derecho: compartir los costes del desarrollo –que podrían dispararse– y, a largo plazo, encargar una flota propia. El movimiento es el primer reconocimiento externo a la viabilidad industrial de un programa que aspira a competir con el Futuro Sistema Aéreo de Combate (FCAS) franco-alemán-español y con el Next Generation Air Dominance (NGAD) estadounidense.
Un giro motivado por la desconfianza hacia Washington
Detrás de la decisión de Ottawa hay una lectura geopolítica de fondo. Desde la invasión de Ucrania en 2022 y la posterior presidencia de Donald Trump, varios aliados tradicionales de Estados Unidos han empezado a cuestionar la fiabilidad del paraguas de seguridad americano. La imposición de aranceles, las presiones para elevar el gasto militar al 5% del PIB y las declaraciones ambivalentes sobre la OTAN han encendido las alarmas en capitales como Ottawa, donde la mayoría de los aliados europeos busca alternativas creíbles.
Canadá ya había dado señales de distanciamiento con la congelación de la compra de cazas F-35 –que finalmente retomó– y con su reticencia a integrarse plenamente en el sistema de defensa antimisiles estadounidense. Unirse al GCAP le permite acceder a tecnología de sexta generación sin quedar atrapada en la cadena de suministro del Pentágono y, al mismo tiempo, fortalecer sus lazos con socios europeos y asiáticos que comparten la misma inquietud.

El nuevo Gobierno laborista británico estrena socio
La incorporación de Canadá también supone una victoria temprana para el recién estrenado primer ministro británico, Andy Burnham. Apenas unas semanas después de asumir el cargo, Burnham ha conseguido una ampliación significativa del programa de defensa más ambicioso del Reino Unido. Su designación de Wes Streeting como ministro de Defensa –un perfil más político que técnico– había generado dudas en el sector, pero el fichaje de Canadá disipa parte de esas reticencias.
John Healey, ahora titular de Economía, había defendido durante meses elevar el gasto militar británico hasta el 3% del PIB en 2030. El nombramiento, junto con el optimismo del Farnborough Airshow, impulsó el martes las acciones de BAE Systems y Rolls-Royce. “Entiende nuestra agenda y lo mucho que contribuimos al país”, afirmó el consejero delegado de Rolls-Royce, Tufan Erginbilgic, refiriéndose a Healey.
Ottawa envía una señal inequívoca a Washington: su seguridad no puede depender de un solo proveedor, por dominante que sea.
Equilibrio de Poder
La entrada de Canadá como observador en el GCAP altera el tablero de alianzas en la industria de defensa occidental. Para Estados Unidos, perder el monopolio sobre el suministro de cazas a uno de sus vecinos más próximos es una grieta en el tradicional vínculo transatlántico. La administración Trump, centrada en el Indo-Pacífico y en la presión sobre los aliados de la OTAN, puede interpretar este movimiento como un desafío, aunque por el momento Ottawa evita cualquier gesto de ruptura.
En Europa, la adhesión de Canadá refuerza la tendencia a la fragmentación de los programas de aviones de combate. Mientras Reino Unido, Italia y Japón avanzan con el GCAP, Francia, Alemania y España mantienen vivo el FCAS. La coexistencia de dos cazas europeos de sexta generación es un lujo que pocos creen que el continente pueda permitirse. Bruselas y el Pentágono observan cómo se multiplican los proyectos, duplicando inversiones y restando escala a cada uno.
Para España, la noticia tiene implicaciones directas. Nuestro país es socio de pleno derecho del FCAS a través de Airbus e Indra, y cualquier debilitamiento del programa franco-alemán en favor del GCAP podría dejar a la industria española en una posición incómoda. Si el GCAP consigue atraer más clientes internacionales –Canadá hoy, quizás Arabia Saudí o Suecia mañana–, las economías de escala jugarán en su contra. Además, el gesto de Ottawa es un recordatorio de que la dependencia tecnológica de Washington se ha convertido en un riesgo estratégico, algo que Moncloa y el Ministerio de Defensa deberían tener muy presente a la hora de definir sus próximos contratos de armamento.
A medio plazo, la consolidación de dos grandes programas de caza furtivo en Occidente –GCAP y FCAS– junto con el NGAD estadounidense, dibujará un mercado aéreo tripolar en el que los países que no estén dentro de alguno de ellos quedarán marginados. La apuesta de Ottawa es clara: diversificar su paraguas tecnológico antes de que sea demasiado tarde. La pregunta para los estrategas de Moncloa es si conviene seguir apostándolo todo al FCAS o empezar a abrir conversaciones discretas con el otro bando. El tiempo apremia y la cita de 2035 se acerca.
