Senado de EE.UU. aprueba a Jay Clayton como jefe de la ODNI sin experiencia en seguridad nacional

El excomisionado de la SEC carece de la experiencia en seguridad nacional que exige la ley, pero los republicanos priorizan la estabilidad en el mando de la inteligencia. La votación 9-8 en el Comité de Inteligencia del Senado refleja una fractura que Moncloa.com analiza en profu

El Senado de Estados Unidos ha dado un paso crucial para que Jay Clayton, antiguo comisionado de la Comisión de Bolsa y Valores (SEC), se convierta en el máximo responsable de los dieciocho servicios de inteligencia del país. La votación, que tuvo lugar ayer en el Comité de Inteligencia —según consta en su página oficial—, fue de 9 a 8: todos los republicanos a favor, todos los demócratas en contra. Le pongo en contexto lo que esto significa para el oficio y por qué en Moncloa.com nos preocupa.

Verá usted, la ley estadounidense es clara. El artículo 50 del Código de los Estados Unidos, en su sección 3023, exige que el director de Inteligencia Nacional posea «extensa experiencia en seguridad nacional». Puede consultar el texto exacto en la sección correspondiente del código legal estadounidense. Clayton, que fue máximo responsable de la SEC entre 2017 y 2020 y brevemente fiscal federal en el Distrito Sur de Nueva York, carece por completo de esa experiencia en seguridad nacional, como reconoce incluso la propia mayoría republicana al forzar la votación. La paradoja es que nadie discute su falta de oficio: lo que se discute es si conviene más tenerle a él que seguir con un interino.

La ley exige «extensa experiencia en seguridad nacional»: Clayton no la tiene

El punto de partida es jurídico, no político. El requisito de la ley estadounidense busca que el DNI domine HUMINT, SIGINT, la gestión de fuentes y los programas de vigilancia. Clayton cumple el trámite de haber sido fiscal —un puesto relacionado con la ley federal, sí— pero eso no equivale a entender el oficio del espía, ni a ser capaz de discernir una operación de bandera falsa de un aviso genuino. Durante su audiencia de confirmación, evitó decir que Joe Biden había ganado las elecciones de 2020, lo que ha levantado sospechas sobre su independencia frente a un presidente como Donald Trump que, según filtraciones de la propia agencia, ha ignorado reiteradamente los informes de inteligencia sobre Irán.

Publicidad

El episodio no es trivial. Un director de inteligencia que no es capaz de contradecir al presidente en una audiencia pública difícilmente lo hará a puerta cerrada. Como analista que ha seguido el pulso de la inteligencia durante más de dos décadas, les confieso que este nombramiento me deja intranquilo. Si a eso le sumamos su firma en órdenes de registro para identificar fuentes de periodistas del New York Times —en una investigación que sacó a la luz los fallos de seguridad del Air Force One reformado a golpe de talón qatarí—, el perfil de Clayton se acerca más al de un abogado leal que al de un jefe de espías con criterio propio.

Estabilizar la ODNI y renovar la Sección 702, el verdadero motivo de la prisa republicana

¿Por qué entonces los republicanos del comité han aprobado la nominación? La lectura es más cruda: necesitan echar al actual director en funciones, Bill Pulte, un devoto del trumpismo cuya gestión ha bloqueado la renovación de la polémica Sección 702 de la Ley de Vigilancia de Inteligencia Extranjera. Sin esa herramienta, la NSA perdería capacidad para interceptar comunicaciones de objetivos extranjeros, incluidos aquellos que operan en suelo europeo. La prisa por colocar a Clayton es, en realidad, una operación de desatasco legislativo disfrazada de nombramiento ordinario.

nominación inteligencia

Un director de inteligencia que no sabe decir que Joe Biden ganó las elecciones es un director que difícilmente defenderá un informe secreto ante un presidente airado.

Lo que hemos visto en el Comité de Inteligencia no es un debate sobre idoneidad, sino una votación de pura disciplina partidista. Los nueve republicanos dijeron sí; los ocho demócratas, no. Si nada se tuerce, el pleno del Senado —donde los republicanos cuentan con 53 escaños frente a 47— confirmará a Clayton en los próximos días. La votación, ajustada, refleja una fractura que ya vimos en otros nombramientos de la era Trump: el Partido Republicano ha decidido que la lealtad política pesa más que la competencia técnica, y el Partido Demócrata carece de fuerza para frenarlo.

Se lo digo con crudeza: la comunidad de inteligencia estadounidense va a quedar en manos de un hombre que, en su anterior etapa en la SEC, se distinguió por desregular los mercados financieros, no por desentrañar tramas de espionaje. Dejémoslo en un ‘ya veremos’.

Dossier Moncloa: Ojos en la Sombra

En este análisis confidencial, la amenaza no es un ciberataque ni una infiltración clásica. Lo que tenemos es un nombramiento político que puede dañar la integridad de la ODNI desde dentro. Si el director de Inteligencia Nacional carece de criterio propio y de respaldo entre los analistas de carrera, la calidad del producto de inteligencia que comparte Estados Unidos con sus aliados —España incluida— se degrada. El CNI, como servicio de un país que depende del paraguas de los Cinco Ojos para contrarrestar amenazas en el Magreb y el Sahel, sigue este proceso con preocupación, aunque lo comprensible es que no hará pronunciamiento público.

La lección histórica es clara. En 2020, la breve dirección de John Ratcliffe —otro leal sin trayectoria en el oficio— provocó filtraciones de la propia comunidad de inteligencia que cuestionaban sus informes. Los servicios aliados empezaron a cruzar datos con cautela, temiendo que Washington politizara las evaluaciones sobre Rusia o China. Ahora, con Clayton al frente, el riesgo de que el análisis de inteligencia se convierta en una extensión de la narrativa presidencial es real. El vector de amenaza es, en definitiva, la captura política de la cúpula del espionaje estadounidense.

Publicidad

Desde el punto de vista de la clasificación, el material que manejará Clayton será mayoritariamente Top Secret. Tendrá acceso a programas como PRISM, a los interceptores de la NSA y a las operaciones encubiertas de la CIA. La mayoría de los analistas considera que un director débil puede provocar que los servicios de línea —CIA, NSA, DIA— actúen con mayor autonomía, lo que a su vez genera el riesgo de operaciones descoordinadas. El daño colateral, para un socio como España, no es menor: una ODNI frágil es un interlocutor impredecible en los intercambios de inteligencia sobre terrorismo yihadista o sobre las injerencias del GRU ruso en en el Mediterráneo.

Ya lo advertí en El quinto elemento: el próximo 11S no se anunciará con un avión, sino con un clic. Pero tan cierto como eso es que la cadena de mando de la inteligencia se rompe por el eslabón más humano, y un director nombrado por lealtad y no por oficio es ese eslabón débil. La comunidad de inteligencia estadounidense se enfrenta ahora a un test de estrés que no viene de Moscú ni de Pekín, sino del propio Capitolio.

Cosas que pasan en 2026. El pleno del Senado tiene ahora la última palabra. Si Clayton es confirmado, el CNI y sus pares europeos se toparán con un interlocutor que, más que un colega del oficio, será un instrumento político. Y eso, en un mundo donde la inteligencia es la primera línea de defensa, no es buena noticia.