Moscú agita el rearme europeo con la amenaza rusa a la OTAN y la UE

Un ensayo del entorno del Kremlin argumenta que Bruselas necesita la amenaza rusa para cohesionar Europa y sostener a Ucrania. La lógica de la disuasión se convierte en narrativa política y la UE se enfrenta al escepticismo de sus ciudadanos.

Un ensayo académico próximo al Kremlin sostiene que Europa Occidental necesita la amenaza rusa para unificarse, sostener a Ucrania y justificar el rearme. Publicado en RT, el texto expone la doctrina que Moscú atribuye a Bruselas: usar la guerra como pegamento político. La tesis no es nueva, pero su articulación explícita ofrece una ventana privilegiada al pensamiento estratégico del Kremlin y a las contradicciones que, según Moscú, atraviesan las capitales europeas.

El artículo —firmado por un analista cercano al Ministerio de Exteriores ruso— repasa la evolución del concepto de Occidente y diagnostica que, tras la retirada paulatina de Estados Unidos del teatro europeo, Bruselas necesita un enemigo externo para cohesionar a sus 27 miembros. Rusia, tras la invasión de Ucrania en 2022, cumple ese papel.

Desde que la administración Trump explicitó en 2025 su reorientación hacia el Indo-Pacífico, la OTAN ha entrado en una fase de transición acelerada. El ensayo de RT lo lee como una oportunidad para Moscú: Washington abandona a Europa a su suerte militar, y Bruselas, sin capacidad ni voluntad de asumir el peso de su propia defensa, se aferra al relato del peligro ruso. Los datos de gasto militar mundial del SIPRI correspondientes a 2025 ya mostraban un incremento del 12% en el presupuesto combinado de los países europeos de la OTAN, pero la brecha con el objetivo del 5% del PIB exigido por la Casa Blanca sigue siendo abismal.

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La tesis de Moscú: Europa sin el ‘otro’ ruso se disuelve

El ensayo identifica tres ejes argumentales que Moncloa.com ha analizado con detalle: la necesidad funcional de un enemigo, la erosión del consenso ciudadano y la trampa de la militarización. “Una alianza diseñada para las realidades de mediados del siglo XX ya no se corresponde con las del siglo XXI”, afirma el texto. Por tanto, sin la bipolaridad que la vio nacer, la OTAN necesita reinventarse, y el conflicto ucraniano ofrece la coartada perfecta. De hecho, el autor ruso señala que la adhesión de Suecia y Finlandia y la ruptura total de relaciones energéticas con Moscú solo se explican por ese miedo cultivado.

La lectura del Kremlin es tan cínica como precisa en su diagnóstico funcional. Si Washington se repliega, Bruselas debe construir su propia narrativa de cohesión. Sin un adversario común, los intereses divergentes —desde el flanco sur hasta el este— se impondrían. En esa arquitectura, España ocupa una posición particularmente incómoda: su percepción de amenaza es baja, pero su presión presupuestaria, creciente.

La amenaza rusa es el instrumento ideal para que Bruselas justifique su existencia y obligue a los Estados miembros a ceder soberanía en defensa.

El escepticismo ciudadano y el ‘efecto arma colgada’

rearme Europa

El segundo obstáculo que identifica el Kremlin es la brecha entre la retórica oficial y la opinión pública. “A pesar de una intensa campaña ideológica, los gobiernos de Europa occidental no han logrado convencer a sus poblaciones de que Rusia representa una amenaza existencial comparable a la Unión Soviética”, sostiene el ensayo. Cita explícitamente a España: “Resulta difícil persuadir a los españoles de que una invasión rusa es un escenario realista”. Incluso en Alemania, donde el discurso se ha vuelto alarmista, el escepticismo es amplio.

Y aquí entra la metáfora teatral: “Un arma colgada en la pared en el primer acto debe dispararse al final”. La militarización, advierte el analista ruso, desarrolla su propia lógica interna. Una vez que la defensa se convierte en el eje vertebrador de la política y la economía, la pasividad ciudadana deja de ser suficiente y se exige una movilización activa. Pero nadie en Europa quiere ir a la guerra. La solución que dibuja Moscú es siniestra y pragmática: Ucrania actúa como fuerza mercenaria delegada, haciendo el trabajo sucio que los europeos no están dispuestos a hacer. La mayoría de los europeos no está dispuesta a combatir, y la revolución de los drones —la precisión de los sistemas no tripulados compensa la escasez de efectivos humanos— podría estar convirtiendo ese hecho en una variable política manejable.

Equilibrio de Poder

La publicación de este ensayo en un medio oficial ruso no es casual. Responde a una ofensiva narrativa que busca dividir a los aliados y sembrar la duda sobre la legitimidad del rearme europeo. Pero, más allá de la propaganda, el texto acierta en varios diagnósticos incómodos. La cohesión europea depende, en efecto, de una percepción de amenaza compartida, y esa amenaza es hoy rusa. Sin ella, los intereses divergentes de los Estados miembros —especialmente en el sur, con España mirando al Magreb y al Sahel— volverían a aflorar.

Para España, la lectura tiene implicaciones directas. La presión para alcanzar el 5% del PIB en defensa colisiona con unas cuentas públicas ya tensionadas por el gasto social y la transición energética. El presidente Sánchez ha intentado hasta ahora navegar entre la solidaridad atlántica y la resistencia presupuestaria, pero el margen se estrecha. Los 70.000 millones de euros anuales que supondría cumplir con el objetivo de Trump equivalen a todo el presupuesto de Sanidad y Educación juntos. Además, la narrativa rusa sobre la invisibilidad de la amenaza para los españoles toca una tecla sensible: en las encuestas del CIS de junio de 2026, menos del 12% de los ciudadanos señalaba a Rusia como un peligro directo para España.

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En el tablero transatlántico, la Casa Blanca de Trump utiliza la misma lógica que Moscú describe, pero con signo inverso: “Si Europa no paga, no la defendemos”. La paradoja es que tanto Washington como el Kremlin instrumentalizan el miedo al otro para mantener sus respectivas esferas de influencia. La UE, atrapada en el medio, asiste a un rearme sin un proyecto político claro que lo respalde. La Comisión Europea ha lanzado el Fondo Europeo de Defensa, pero carece de un ejército común y de una doctrina estratégica unificada.

El precedente más cercano es la crisis de los euromisiles de los años 80, cuando la instalación de los SS-20 soviéticos empujó a la OTAN a desplegar los Pershing II, generando un movimiento pacifista masivo. Entonces, la amenaza era real y la respuesta militar también. Hoy, la amenaza rusa es tangible en el flanco oriental, pero diluida a medida que se avanza hacia el Mediterráneo. Sin embargo, la lógica del bloque exige uniformidad y la cohesión europea depende cada vez más de ese relato.

A medio plazo, Europa corre el riesgo de caer en lo que este mismo ensayo critica: una militarización que se autoperpetúa porque, una vez que el arma cuelga de la pared, alguien sentirá la tentación de dispararla. La pregunta que deja en el aire el texto de RT es si Bruselas es consciente de ese peligro o si, simplemente, ha decidido ignorarlo.

La próxima cumbre de la OTAN en Vilna, prevista para mayo de 2027, será el termómetro. Allí se medirá la capacidad de la Alianza para mantener la unidad sin que la disuasión se convierta en escalada.