Así hiere de muerte la competencia de Marruecos a la agricultura española con el ministro Luis Planas

El hundimiento de precios en origen fuerza al campo español a abandonar cultivos tradicionales ante la marea de producto norteafricano.

El campo español atraviesa una de las transformaciones más complejas y convulsas de su historia reciente. En las últimas campañas, la preocupación de las organizaciones agrarias no solo se ha centrado en los episodios de sequía o en el incremento brutal de los costes de los insumos, sino en un fenómeno comercial que altera de raíz el equilibrio de los mercados hortofrutícolas: la entrada masiva de productos agrícolas procedentes de Marruecos.

Desde que Luis Planas asumió la titularidad del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación en junio de 2018, la relación comercial con el reino alauita ha consolidado una tendencia al alza que genera un encendido debate entre la geopolítica institucional y la rentabilidad del agricultor de a pie.

Un incremento impulsado por el valor

Las cifras del comercio exterior reflejan una realidad incontestable durante los últimos seis años. El valor monetario de las importaciones agrícolas procedentes del país norteafricano se ha disparado con incrementos acumulados situados entre el 40% y el 50%. Marruecos se ha afianzado sin discusión como el principal proveedor hortofrutícola no comunitario de España, alcanzando cifras de negocio anuales que rozan o superan los mil millones de euros.

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Este crecimiento no se explica únicamente por un envío desmedido de toneladas, ya que el volumen físico ha sufrido altibajos y etapas de moderación según las inclemencias meteorológicas de cada campaña. La verdadera clave del fenómeno radica en la constante revalorización del producto marroquí.

Con un valor medio por kilo notablemente más alto, la factura de las compras alimentarias al vecino del sur encadena récords sucesivos. Cultivos como el tomate fresco, la judía verde, el pimiento o la sandía han intensificado su presencia en las cadenas de distribución europeas y españolas, desplazando en fechas clave a la oferta autóctona de provincias productoras como Almería, Murcia o Granada.

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Cultivo de tomates. Foto: Agencias

La grieta de la competencia desigual

El malestar en los invernaderos y explotaciones del sur peninsular no responde a un rechazo al libre comercio en abstracto, sino a las condiciones en las que este se produce. La producción agrícola española está sometida al marco normativo más exigente del planeta en materia ambiental, laboral y fitosanitaria. La estricta regulación de la Unión Europea sobre el uso de fertilizantes y productos de protección de cultivos encarece los costes operativos de las explotaciones locales y reduce sus rendimientos por hectárea.

En contraste, el modelo productivo marroquí se beneficia de costes laborales sustancialmente más bajos y de una flexibilidad fitosanitaria que suscita constantes quejas sindicales. Las principales organizaciones del sector —COAG, ASAJA y UPA— denuncian de forma reiterada la existencia de una competencia desleal. La llegada incesante de producto en las mismas ventanas temporales de recolección provoca picos de oferta que hunden los precios en origen.

Como consecuencia directa, muchos agricultores españoles se ven obligados a vender por debajo de sus costes de producción o a abandonar cultivos tradicionales, sustituyendo por ejemplo las plantaciones de tomate por hortalizas menos expuestas como la berenjena o el calabacín.

Varias personas con una pancarta durante una concentración de agricultores. Foto: Agencias
Varias personas con una pancarta durante una concentración de agricultores. Foto: Agencias

Negocios cruzados y reexportaciones

La complejidad del tablero trasciende la simple rivalidad entre agricultores de uno y otro lado del Estrecho. El crecimiento del comercio agrícola entre ambos países cuenta con la participación activa de capital y empresas de origen español. A lo largo de la última década, múltiples compañías comercializadoras e inversoras del sector agrario nacional han establecido filiales o alianzas estratégicas en territorio marroquí, atraídas por la rentabilidad de las campañas, la disponibilidad de mano de obra y las ventajas del Acuerdo de Asociación UE-Marruecos.

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Estas alianzas han impulsado de forma espectacular segmentos específicos como los frutos rojos, especialmente en las regiones de Larache y la cuenca del Souss. Grandes volúmenes de arándanos, frambuesas y fresas cultivados en suelo marroquí son importados por firmas españolas para su posterior envasado, etiquetado y redistribución en los grandes mercados comunitarios.

Esta dinámica crea una fractura interna en el propio sector nacional: mientras las empresas de distribución y las grandes centrales de compras optimizan sus márgenes mediante la importación, el pequeño y mediano productor independiente sufre el impacto directo del hundimiento de cotizaciones.

El peso del perfil diplomático

En el centro de la tormenta política se sitúa la figura del ministro Luis Planas. Catedrático e histórico diplomático de la política europea y exterior española, Planas aporta una perspectiva marcada por su trayectoria institucional. Antes de ocupar la cartera de Agricultura, desempeñó el cargo de embajador de España en Marruecos entre los años 2010 y 2014, una época decisiva en la consolidación de las relaciones bilaterales y en la tramitación de los vigentes protocolos comerciales y pesqueros con la Unión Europea.

Desde el Ministerio, la postura oficial ha mantenido de forma inalterable que la relación con Rabat es de naturaleza estratégica y crucial para la estabilidad de España. La diplomacia agraria defiende que las vías de diálogo abiertas permiten encauzar las discrepancias y defender la fluidez del suministro.

Sin embargo, desde la oposición parlamentaria y los colectivos del campo se le reprocha una excesiva condescendencia con el gobierno alauita, acusándole de priorizar la estabilidad geopolítica y el control migratorio sobre la fiscalización rigurosa de los contingentes arancelarios y la exigencia de cláusulas espejo en las fronteras.

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 El ministro de Agricultura, Pesca y Alimentación, Luis Planas; el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez; el jefe de Gobierno del Reino de Marruecos, Aziz Akhannouch; y el ministro marroquí de Agricultura, Pesca Marítima, Desarrollo Rural y Aguas y Bosques, Mohamed Sadiki, durante el acto de firma de acuerdos tras la reunión plenaria de la XII Reunión de Alto Nivel Marruecos-España. Foto: Agencias

Patrimonio bajo la lupa política

El debate sobre la gestión del ministro ha traspasado en diversas ocasiones el terreno strictly técnico para adentrarse en la polémica partidista. Un elemento recurrente de crítica por parte de sus detractores ha sido la presencia de bienes inmuebles en el vecino país dentro de su patrimonio personal.

Según consta en las declaraciones oficiales de bienes e intereses de altos cargos publicadas en el Boletín Oficial del Estado y el Congreso de los Diputados, Planas es propietario de una vivienda en Marruecos, adquirida precisamente durante su etapa al frente de la embajada en Rabat.

Este inmueble forma parte de un patrimonio inmobiliario más amplio compuesto por varias propiedades residenciales y parcelas agrícolas en España. Aunque el cumplimiento de la transparencia legal es intachable y no existe expediente de irregularidad ni tacha administrativa alguna sobre dicho patrimonio, la existencia de esta propiedad ha sido utilizada como argumento retórico por sectores críticos para alimentar la sospecha de un potencial conflicto de intereses.

Mientras el Ministerio insiste en que las decisiones comerciales se toman estrictamente en el marco comunitario de Bruselas, el campo español continúa exigiendo controles más firmes para evitar que la huerta nacional termine marchitándose a la sombra de los acuerdos internacionales.