El sobre llevaba el sello del Ministerio de Información y Turismo. Luis Buñuel lo abrió en la pensión madrileña que frecuentaba durante los rodajes y leyó, sin inmutarse, que Viridiana quedaba prohibida en toda España y que se exigía la destrucción del negativo. Corría mayo de 1961 y la película acababa de ganar la Palma de Oro en Cannes. Mientras en la Costa Azul se celebraba al cineasta aragonés, en Madrid el régimen activaba una de sus operaciones de censura más célebres. Aquel día, Buñuel supo que su relación con España volvía a ser un pulso entre la creación y la represión, un pulso que había empezado cuatro décadas atrás en los secarrales de Calanda.
Capítulo I: La carta que encendió la polémica
La prohibición de Viridiana no fue un simple trámite burocrático. La circular que llegó a la calle de Serrano llevaba la firma de Gabriel Arias-Salgado, ministro de Información y Turismo, y acusaba al filme de blasfemia y de atentar contra la moral católica. La película narraba la historia de una novicia que, tras la muerte de su tío, intenta redimir a un grupo de mendigos con una caridad que termina en bacanal y parodia de la Última Cena. Las imágenes de los menesterosos congelados en la mesa como apóstoles de Goya indignaron a la jerarquía eclesiástica, que presionó al Gobierno hasta obtener la prohibición.
El cineasta, que había regresado a España el año anterior para filmar la cinta por invitación de la productora Uninci, se encontró con un veto absoluto. La orden de destrucción del negativo, sin embargo, nunca se ejecutó del todo: Buñuel ya había enviado una copia a Francia, y la película se exhibió en salas extranjeras, convirtiéndose en un emblema de la resistencia intelectual antifranquista. El propio director escribiría años después que aquella censura había sido «el mayor homenaje que la estupidez podía rendir a mi trabajo». La frase, aunque apócrifa en su literalidad, retrata el desprecio de un hombre que había hecho del exilio y la irreverencia su patria.
Capítulo II: De Calanda al surrealismo parisino
Luis Buñuel Portolés nació el 22 de febrero de 1900 en Calanda, un pueblo turolense de calles estrechas y tambores que atronaban durante la Semana Santa. Aquella sonoridad primordial, junto con los olores del campo y la rigidez de una educación jesuita en Zaragoza, formaron una sensibilidad rebelde que explotó en la Residencia de Estudiantes de Madrid. Allí, entre 1917 y 1925, Buñuel compartió pasillos y madrugadas con Federico García Lorca, Salvador Dalí y Rafael Alberti. De aquella colmena surgieron las primeras escaramuzas de lo que luego se llamaría vanguardismo español.

Fue Dalí quien le propuso, en 1928, plasmar la lógica de los sueños en una película sin argumento. Con doscientos cincuenta dólares prestados por la madre del pintor y una navaja de afeitar como arranque, Un perro andaluz abrió una brecha en la historia del cinematografíco. Los diecisiete minutos de aquella cinta, con su ojo seccionado, sus hormigas saliendo de la mano y sus burros sobre pianos de cola, convirtieron a Buñuel en el abanderado del surrealismo fílmico. Poco después, La edad de oro, financiada por el vizconde de Noailles, fue prohibida en París durante décadas por su ataque a la Iglesia y a la burguesía; la policía confiscó las copias y el escándalo le dio fama internacional mientras le cerraba las puertas de la industria.
Capítulo III: El exilio que burló a los censores
La guerra civil convirtió a Buñuel en un exiliado de largo recorrido. En 1936, la República le encargó la dirección de propaganda en la embajada española en París, donde montó redes de información y colaboró en la producción de documentales como España 1937. Al acabar la contienda, con Franco consolidado en el poder, Buñuel partió hacia Estados Unidos y trabajó en el Museo de Arte Moderno de Nueva York reeditando películas. La caza de brujas y una denuncia anónima que le acusaba de comunista le hicieron perder el empleo en 1943. Fue entonces cuando México se convirtió en refugio y taller.
Llegó al Distrito Federal en 1946 sin un peso y con la convicción de no volver a pisar suelo español mientras durase la dictadura. En los estudios Churubusco, Buñuel encontró el anonimato y la libertad para filmar docenas de películas con presupuestos raquíticos. En 1950, Los olvidados, un retrato descarnado de los niños de la calle, conmovió al jurado de Cannes y le valió el premio al mejor director. Aquel drama, que mostraba la violencia y la miseria sin edulcorantes, fue tachado de antimexicano por la prensa local, pero con el tiempo se convirtió en obra maestra del neorrealismo.
Capítulo IV: Viridiana y la batalla con el régimen
El éxito en México devolvió a Buñuel a la mirada de los productores europeos. En 1960, la empresa Uninci le propuso rodar en España bajo la promesa de que la censura respetaría el guion. El cineasta aceptó con desconfianza y empezó a filmar Viridiana en los exteriores de la finca «El Bosque», cerca de Toledo. Para el papel protagonista eligió a Silvia Pinal, una actriz mexicana que encarnó la inocencia quebrada de la novicia. El rodaje discurrió sin incidentes, pero cuando la película se presentó en Cannes y la crítica internacional la proclamó obra cumbre del cine español, el régimen sintió que había sido burlado.

La prohibición fulminante fue acompañada de una campaña de desprestigio en la prensa del Movimiento. Buñuel fue acusado de antipatriota y de haber ofendido «los sentimientos más profundos del pueblo español». El director, que siempre mantuvo un ateísmo irónico, comentó en una entrevista mal recogida que le divertía que un Estado confesional le otorgara tanta importancia. De hecho, en su autobiografía Mi último suspiro, publicada en 1982, el calandino escribió: «Nunca he roto con mi infancia. Para ser totalmente sincero, debo decir que todavía hoy, a mis ochenta años, soy aquel niño que jugaba en las eras de Calanda». La frase revela que, bajo la coraza del provocador, latía una nostalgia inmensa por la tierra que le había expulsado.
«Nunca he roto con mi infancia. Para ser totalmente sincero, debo decir que todavía hoy, a mis ochenta años, soy aquel niño que jugaba en las eras de Calanda.» — Luis Buñuel, Mi último suspiro (1982)
Capítulo V: El regreso conciliador y la última ironía
La relación con España se fue descongelando en los años sesenta y setenta. En 1970, Buñuel aceptó filmar Tristana en Toledo, con Catherine Deneuve y Fernando Rey, adaptando libremente la novela de Galdós. La película, que abordaba la hipocresía y la represión sexual de la España decimonónica, fue un nuevo éxito de crítica y, esta vez, la censura permitió su estreno sin excesivos recortes. El régimen había cambiado de estrategia: prefería incorporar a Buñuel como un talento excéntrico que seguir alimentando la leyenda del proscrito.
Pero el cineasta nunca claudicó. Cada vez que le preguntaban por su opinión sobre Franco o la democracia, respondía con ambigüedad calculada o con una salida humorística. «Soy ateo, gracias a Dios», soltó en una entrevista; la ocurrencia circuló como definición del propio personaje. En 1977, dos años después de la muerte del dictador, Buñuel recibió la nacionalidad española que nunca había perdido pero que el exilio había convertido en un limbo administrativo. Ya no volvió a rodar en España, aunque sus películas se proyectaban en las salas de arte y ensayo de la transición.
Capítulo VI: Epílogo en el olvido elegido

Luis Buñuel murió el 29 de julio de 1983 en Ciudad de México. Pidió ser incinerado sin ceremonia religiosa y que sus cenizas se esparcieran en el monte. Su legado, sin embargo, no se desperdigó: las veintidós películas que dirigió, los premios acumulados y, sobre todo, la coherencia de quien hizo del cine un acto de insumisión le convirtieron en una de las figuras más influyentes del siglo XX. Las filmotecas conservan sus películas restauradas y los archivos de censura guardan los expedientes que intentaron silenciarle. El silencio, como casi siempre, fue el que perdió.
Desde aquella carta de mayo de 1961 hasta las salas de la Cinemateca Francesa, el itinerario de Buñuel traza una cartografía de la libertad creadora bajo la amenaza constante de la censura. Su historia es la de un hombre que supo convertir la prohibición en propaganda involuntaria y el exilio en un hogar sin fronteras. Quizá por eso, cuando alguien le preguntaba si echaría de menos España, él respondía con una media sonrisa y una verdad de Perogrullo: «España no es un país, es una manera de estar en el mundo». Y esa manera, afortunadamente, no cabía en ningún expediente ministerial.

