En agosto de 2025, el Instituto Oceanográfico de Woods Hole vertió 62.000 litros de sosa cáustica en el golfo de Maine para demostrar que la alcalinización oceánica puede absorber más dióxido de carbono sin dañar a corales ni moluscos. Aquel experimento, teñido de rosa con rodamina para seguir su traza, ha arrojado sus primeros resultados preliminares: el pH retomó su nivel de referencia y los organismos microscópicos analizados no mostraron alteraciones. La técnica abre una puerta a la captura de carbono en el mar, aunque el camino hasta una escala climáticamente significativa está sembrado de dudas energéticas, económicas y regulatorias.
Una mancha rosa de 62.000 litros para rastrear la química del mar
El ensayo se enmarca dentro del proyecto LOC-NESS, liderado por el geoquímico Adam Subhas. Durante seis horas, el equipo inyectó una disolución de hidróxido de sodio al 50 % a 61 kilómetros de Cape Cod, en la cuenca de Wilkinson. La operación contaba con un permiso de la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos, otorgado tras dos periodos de comentarios públicos y consultas con los organismos de protección de especies y pesquerías.
Para seguir la pluma, los científicos añadieron rodamina, un colorante inocuo de uso común en oceanografía, y la rastrearon con un barco, satélites, planeadores y vehículos submarinos autónomos. El objetivo era medir en tiempo real cómo variaban la alcalinidad, el pH y las distintas formas de carbono disuelto mientras el agua iba neutralizando el exceso de ácido carbónico.
Los resultados preliminares muestran que la mancha siguió una trayectoria casi idéntica a la prevista por los modelos. El pH retornó a sus valores naturales en el plazo esperado y la superficie del agua captó una cantidad de CO₂ atmosférico acorde con lo calculado. “Necesitamos investigación independiente y transparente para determinar qué soluciones podrían funcionar”, declaró Subhas, según recogió la nota de prensa de la institución.
Qué dice la letra pequeña del experimento
La evaluación biológica, dirigida por Rachel Davitt de la Universidad Rutgers, comparó muestras tomadas dentro y fuera de la zona tratada. Se examinaron bacterias, fitoplancton, zooplancton, larvas de peces y larvas de langosta. Hasta ahora no se han detectado diferencias significativas en la abundancia de esos organismos ni en la salud fotosintética, la concentración de clorofila o la proporción de células en proceso de muerte celular.
Estos resultados son tranquilizadores para una prueba puntual, pero los investigadores advierten de que no midieron directamente peces adultos ni mamíferos marinos, y que no pueden descartar efectos sobre la cadena alimentaria en despliegues mucho mayores o repetidos. El propio equipo subraya que el análisis completo aún no ha sido publicado en una revista revisada por pares.
El método tiene una base química sólida, pero sus riesgos ambientales se sitúan en un nivel intermedio y los costes de ampliación se consideran de medios a altos, según las Academias Nacionales de Ciencias de EE.UU.
La brecha entre un piloto controlado y una solución climática global
Llevar la alcalinización oceánica a una escala capaz de influir en el clima exigiría cantidades ingentes de material alcalino, energía para producirlo y transportarlo, flotas de barcos y una red de sensores que permita una vigilancia constante. Además, habría que contabilizar las emisiones y los posibles daños derivados de la fabricación y dispersión de los compuestos.
El propio equipo de Woods Hole insiste en que esta vía no sustituye la reducción rápida de las emisiones. La técnica se concibe como una herramienta complementaria de eliminación de carbono, una especie de “antiácido marino” que acelera un proceso natural. Sin embargo, el salto de 62.000 litros a millones de toneladas de material es colosal, y los modelos económicos aún no ofrecen una hoja de ruta rentable.

De la promesa científica al escrutinio ESG: qué implica para los inversores
El experimento ha despertado el interés de fondos que buscan proyectos de emisiones negativas en los que invertir para compensar su huella de carbono. Pero la prudencia manda. Mientras no haya un análisis completo revisado por pares y se definan protocolos estandarizados de monitorización, cualquier certificado de remoción de CO₂ basado en esta técnica carecería de la transparencia que exige la Taxonomía Verde europea o la iniciativa SBTi.
La experiencia de Woods Hole demuestra que la ciencia puede diseñar ensayos rigurosos y obtener datos prometedores. Sin embargo, la letra pequeña —ausencia de observación de especies superiores, falta de estudios de ciclo de vida completo del material alcalino y el propio coste energético— aconseja canalizar el capital hacia la investigación y no hacia una implementación prematura. La neutralidad carbónica no se construye con atajos no verificados, sino con tecnología contrastada y reducción real de emisiones.
La alcalinización oceánica es una hipótesis científica sólida, pero está lejos de ser un producto financiero empaquetable. El riesgo de greenwashing surgiría si se comercializaran créditos de carbono sin la trazabilidad exigida.
🌍 El Impacto Real para el Futuro
- Beneficio medible: El ensayo confirma que la alcalinización puede aumentar la absorción de CO₂ oceánico sin dañar los organismos analizados a corto plazo. Los datos preliminares indican que el pH regresa a niveles normales y el proceso no altera el plancton ni las larvas de langosta, aunque faltan métricas definitivas de toneladas capturadas.
- Modelo que cambia: Esta técnica traslada el foco de la mera reducción de emisiones a la eliminación activa de carbono mediante el océano, un sumidero que ya absorbe un cuarto del CO₂ anual. Si se superan los cuellos de botella energéticos y de coste, podría complementar la descarbonización industrial.
- Para las próximas generaciones: La investigación transparente y la publicación de datos completos garantizan que cualquier despliegue futuro no hipoteque los ecosistemas marinos. El legado de este experimento será un marco de evaluación que blinde la credibilidad de los proyectos de eliminación de carbono frente al riesgo de greenwashing.

