Pentágono adjudica a Raytheon un contrato de 22.900 millones por misiles Tomahawk

El acuerdo multiplica por diecisiete la producción anual de misiles de crucero y responde al vaciado de arsenales tras el conflicto con Irán. La cifra eleva la presión sobre los aliados europeos para acelerar su propio rearme y deja a España ante un dilema presupuestario.

EN 30 SEGUNDOS

  • ¿Qué ha pasado? El Pentágono ha adjudicado a Raytheon un contrato de 22.900 millones de dólares para multiplicar la producción de misiles Tomahawk.
  • ¿Quién está detrás? El Departamento de Defensa de Estados Unidos y la división de misiles de RTX, la matriz de Raytheon.
  • ¿Qué impacto tiene? La producción anual pasará de 60 a más de 1.000 misiles en siete años, un salto que presiona a los aliados europeos a acelerar su rearme.

El Pentágono ha firmado este lunes con Raytheon el mayor contrato de misiles Tomahawk de su historia: 22.900 millones de dólares. El acuerdo formaliza el marco que ambas partes cerraron en febrero y da a la compañía la certidumbre necesaria para invertir miles de millones en nuevas líneas de producción durante los próximos siete años.

La lectura estratégica es inmediata: Washington no solo repone arsenales, sino que los reconstruye a un ritmo sin precedentes, desde la Guerra Fría. El conflicto con Irán y las transferencias masivas de armamento a sus aliados han vaciado los inventarios de municiones de alta precisión. El contrato de Tomahawk es la respuesta contractual a esa urgencia.

Un salto de sesenta a más de mil misiles por año

Según ha confirmado la propia Raytheon, la producción anual de Tomahawk pasará de unos 60 misiles a más de 1.000 cuando las nuevas líneas alcancen su capacidad máxima. Nadie en la industria recordaba una aceleración de esa escala en un sistema de armas naval. La cifra no es simbólica: un solo contrato multiplica por diecisiete el ritmo de fabricación.

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El Tomahawk es un misil de crucero de largo alcance, con un alcance que supera los 1.600 kilómetros, lanzado desde buques de superficie y submarinos, capaz de golpear objetivos terrestres con precisión milimétrica. Es la columna vertebral de la capacidad de ataque de precisión de la Armada estadounidense. De ahí la declaración del secretario en funciones de la Armada, Hung Cao, difundida en redes sociales: ‘Pedimos a la industria que acelerara la producción de municiones, y RTX está cumpliendo. Este contrato histórico de Tomahawk garantiza que nuestros combatientes sigan teniendo la letalidad que necesitan’ (traducción de Moncloa.com).

El contrato no es un hecho aislado. A principios de este mes, el Pentágono cerró acuerdos para aumentar la producción de componentes de los interceptores Patriot y THAAD, dos escudos antimisiles críticos en Europa y Oriente Próximo. La administración Trump ha optado por contratos plurianuales que dan a los contratistas visibilidad para construir fábricas, contratar ingenieros y comprar material estratégico.

El contexto: rearme de la Casa Blanca tras el conflicto con Irán

producción misiles Tomahawk

El origen de esta firma no es solo industrial. Tras el choque con Irán, el Pentágono detectó que sus reservas de misiles de precisión se agotaban más rápido de lo previsto. Al mismo tiempo, la demanda de los aliados —Ucrania, Israel, Taiwán, los países bálticos— ha disparado las entregas de sistemas que requieren meses o años de fabricación. La mayoría de los misiles de crucero disponibles se había comprometido a escenarios simultáneos.

El rearme estadounidense ya no es cuestión de presupuesto, sino de capacidad industrial real para sostenerlo en el tiempo.

La solución de la Casa Blanca es la que ya ensayó en los años ochenta: financiar capacidad productiva, no solo comprar lotes concretos. Con la diferencia de que hoy la industria es más frágil; la cadena de suministro de semiconductores, propelentes y componentes de navegación inercial está dominada por un puñado de proveedores. El contrato con Raytheon incluye inversiones directas en esas cadenas, según la nota del Pentágono.

Equilibrio de Poder

La firma de este contrato reorganiza el tablero de la OTAN y manda un mensaje inequívoco a Moscú y a Pekín: Washington está dispuesto a pagar la factura de una disuasión de precisión a gran escala. La administración Trump combina este esfuerzo con su exigencia a los aliados europeos de elevar su gasto en defensa. En Bruselas, la lectura es incómoda: no hay un programa europeo equivalente al Tomahawk con capacidad de producción masiva. El misil de crucero naval francés MdCN es sofisticado pero de producción limitada; el Storm Shadow británico es de lanzamiento aéreo y sus existencias se han reducido.

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Para España, el impacto es doble. Primero, porque la base naval de Rota alberga destructores estadounidenses de la clase Arleigh Burke equipados con Tomahawk, lo que convierte al territorio español en un nodo crítico del sistema de lanzamiento de crucero de EE.UU. en Europa. Segundo, porque la presión para que los socios europeos aumenten su contribución a la defensa común no hará sino intensificarse. El compromiso adquirido con la OTAN —llegar al 2% del PIB en gasto militar, y debatir el 3%— se convierte ahora en una cuestión de credibilidad ante Washington.

La lectura a cinco y diez años es menos halagüeña para la autonomía estratégica europea. Cada gran contrato de rearme estadounidense agranda la brecha industrial: los arsenales europeos siguen dependiendo de decisiones tomadas en el Pentágono y de plazos de entrega dictados por las prioridades de Washington. La industria española de defensa, con capacidades excelentes en sistemas navales y electrónicos, no participa en este programa.

El precedente histórico, observamos desde esta redacción, es la reconstrucción de stocks que siguió a la Operación Tormenta del Desierto en 1991. Entonces, el éxito del Patriot disparó una ola de inversión en defensa antimisiles que reconfiguró el mercado durante dos décadas. Hoy, el Tomahawk puede ser el catalizador equivalente, pero con una diferencia: la competencia estratégica es sistémica, no coyuntural.

El contador ya corre. La próxima cumbre de la OTAN, prevista para 2027, será el primer test real de si los aliados europeos entienden que ya no basta con prometer porcentajes: hay que construir capacidad de producción, y hacerlo rápido. Cifras de otra era.