Donald Trump no soporta a los perdedores. Ucrania lo entiende y ha transformado sus golpes de precisión contra la inteligencia en la mejor tarjeta de presentación ante Washington. El intercambio de inteligencia entre la CIA y los servicios ucranianos ha regresado a plena capacidad, según confirmó este mes el senador Mark Warner, miembro de rango del Comité de Inteligencia del Senado.
El vínculo que renació de sus cenizas
La relación no siempre transitó por buen camino. Desde la anexión rusa de Crimea en 2014, la CIA ha invertido más de una década y millones de dólares en entrenar y equipar a oficiales de inteligencia ucranianos, un esfuerzo que incluyó la construcción de una docena de bases operativas avanzadas secretas cerca de la frontera rusa, según reveló ABC News en enero de 2025 citando a antiguos funcionarios estadounidenses.
Todo estuvo a punto de desmoronarse en febrero de 2025. Aquella tensa reunión en el Despacho Oval entre Trump y el presidente ucraniano Volodímir Zelensky terminó con Washington cortando temporalmente el flujo de inteligencia y de armas hacia Kiev. El vínculo, construido durante más de una década, quedó al borde de la ruptura total y dejó a las fuerzas ucranianas sin una de sus ventajas más críticas sobre el terreno.
Ahora la situación es distinta. ‘No quiero entrar en detalles, pero la relación ha mejorado’, declaró Warner a Politico. El senador demócrata sitúa el arreglo actual como un factor clave para que Ucrania haya ganado ventaja sobre el terreno, con drones y misiles de largo alcance capaces de alcanzar objetivos en lo profundo de Rusia. A eso se suma un dato demoledor: el director de la CIA estimó que las tropas rusas sobreviven apenas 20 o 30 minutos en el frente.
Paquetes de objetivos: la munición invisible
La inteligencia estadounidense alimenta directamente la campaña de ataques. Incluye los paquetes de objetivos para los golpes contra posiciones de tropas rusas en Ucrania y contra infraestructura energética dentro de Rusia, según informó The Atlantic citando a fuentes estadounidenses y ucranianas. Esas fuentes describen la inteligencia como ‘lo único que Estados Unidos sigue proporcionando gratis’ y atribuyen el mérito al director de la CIA, John Ratcliffe.
El ascenso de Zelensky ante los ojos de Trump no responde a la casualidad. Ucrania combate cada vez más en sus propios términos, redefine la guerra moderna con tecnología y estrategias nuevas, recupera territorio y lleva la guerra al corazón de Rusia con drones de largo alcance y misiles de precisión. Kiev ya no parece un socio dependiente, sino un aliado con algo que ofrecer a cambio. ‘A Trump no le gustan los perdedores’, resumió un funcionario de inteligencia occidental.
La inteligencia es la única moneda de cambio que Ucrania no puede producir por sí misma, y Washington lo sabe.

Los senadores John Cornyn, republicano por Texas, y Roger Wicker, republicano por Misisipi y presidente del Comité de Servicios Armados del Senado, ven una conexión directa entre la percepción que tiene la Casa Blanca de los éxitos ucranianos y el acceso de Kiev a la inteligencia. ‘Parece que es así’, dijo Cornyn a Politico. ‘Todo el mundo ama a un ganador, y parece que Ucrania ha cambiado el rumbo.’
El flujo de inteligencia no es unidireccional. Ya en marzo, Zelensky declaró públicamente que Kiev tenía pruebas del paso de inteligencia de Moscú a Irán. ‘Tenemos pruebas irrefutables de que los rusos continúan proporcionando inteligencia al régimen iraní’, escribió el presidente ucraniano en la red social X. ‘Rusia utiliza sus propias capacidades de inteligencia de señales e inteligencia electrónica, así como parte de los datos obtenidos mediante la cooperación con socios en Oriente Medio.’
El intercambio bilateral no se limita al frente ucraniano. La inteligencia compartida por Kiev ha alimentado también el análisis occidental sobre las redes de cooperación entre Moscú y Teherán, una dimensión que interesa especialmente a España por su proximidad geográfica con los escenarios de Oriente Próximo y el Magreb. Las implicaciones para la seguridad del flanco sur son evidentes: si Rusia comparte capacidad de interceptación con Irán, el Mediterráneo entero se convierte en un teatro más transitado por actores hostiles.
Equilibrio de Poder
El restablecimiento del flujo de inteligencia entre Washington y Kiev tiene una lectura estratégica que va mucho más allá del campo de batalla. Para la administración Trump, la condición de acceso se ha vuelto explícitamente política: Ucrania gana terreno, y solo por eso recibe información. Es una lógica transaccional que contradice la doctrina histórica de la OTAN, donde el intercambio de inteligencia se sostenía como compromiso estructural y no como premio al rendimiento. De hecho, ningún otro aliado europeo se ha visto sometido a un condicionamiento tan explícito sobre su acceso a información clasificada estadounidense.
Para Europa, la implicación es incómoda. Bruselas celebra los éxitos ucranianos pero observa con inquietud cómo Washington vincula su cooperación a la narrativa de victoria. Si la guerra se estanca o Kiev sufre un revés, cabe preguntarse cuánto tiempo tardaría la Casa Blanca en volver a cerrar el grifo. El precedente de febrero de 2025 ya lo dejó claro: la inteligencia no es un compromiso inquebrantable, sino un instrumento de presión política.
Para España, el impacto es indirecto pero significativo. El encarecimiento del crudo derivado de los ataques a refinerías rusas presiona la factura energética nacional, un coste que Moncloa ha asumido con resignación desde el inicio de la invasión a gran escala. Además, el refuerzo del vínculo bilateral entre Washington y Kiev revaloriza el papel de las bases de Rota y Morón dentro del dispositivo logístico de la OTAN, aunque Madrid no participe directamente en el intercambio de inteligencia operativa. Eso sí, el gasto en defensa comprometido con la alianza no deja de crecer, y cada avance de la guerra acerca a España a nuevas exigencias presupuestarias por parte de Washington.
La lectura a medio plazo es aún más delicada. Si la CIA y los servicios ucranianos consolidan este patrón de cooperación condicionada, el precedente quedará grabado para cualquier otro aliado: la inteligencia estadounidense fluye cuando el beneficiario demuestra victorias sobre el terreno. Analizamos este movimiento como un giro de doctrina, no como un simple gesto táctico de buena voluntad. La supervivencia de las tropas rusas en el frente, estimada por el director de la CIA en 20 o 30 minutos, evidencia la degradación operativa rusa. Pero también muestra una dependencia ucraniana de una ayuda que no es estructural, sino coyuntural y condicionada.
En este tablero, el papel de la OTAN como paraguas de seguridad colectivo se revaloriza. La reacción de la alianza ante la nueva fase de la guerra, con ataques constantes contra la infraestructura energética rusa, determinará si Europa consolida su autonomía estratégica o si se resigna a depender de las decisiones de la Casa Blanca. La cumbre de la alianza prevista para los próximos meses será un indicador fiable del rumbo.
El viaje de los negociadores Steve Witkoff y Jared Kushner a Ucrania a finales de este mes, coincidiendo con las celebraciones de la independencia, marca el próximo hito concreto. Si la visita consolida el canal de inteligencia y abre la puerta a una negociación real, el tablero europeo se reconfigurará otra vez. Y España, como siempre, observará desde la retaguardia con más intereses que respuestas. Cosas que pasan en 2026.
