La guitarra era, en el arranque del siglo XX, un instrumento de café cantante, de serenata y de taberna. En 1909, un muchacho de dieciséis años subió al tablado del Centro Artístico de Granada y tocó como si estuviera desvelando un secreto. Se llamaba Andrés Segovia, y aquella noche empezó a derribar la puerta que separaba la guitarra de los grandes teatros.
Capítulo I: Un instrumento en la frontera
Andrés Segovia Torres había nacido en Linares, provincia de Jaén, el 21 de febrero de 1893. Muy niño se trasladó a Granada, donde lo criaron unos tíos. La música formaba parte del aire de la casa, pero en el atril familiar solo cabían el piano y el violín. La guitarra, en cambio, era un pariente pobre: servía para acompañar coplas, para animar reuniones privadas, para sonar en las cuevas del Sacromonte. Nadie la llevaba a un teatro con el empaque de un recital.
La España de aquel tiempo no era ajena a la guitarra, pero la trataba con condescendencia. Los cafés y los tablaos la aceptaban como compañera de baile; las salas de concierto la miraban como un ruido. Segovia se propuso lo que parecía una contradicción: llevarla al silencio atento de un público sentado.
Segovia aprendió a tocar a solas, a contracorriente. Nunca pasó por un conservatorio. Observó, imitó, corrigió posturas y digitaciones. Con los años, aquella obstinación se convirtió en un método: la guitarra necesitaba un repertorio propio, una técnica depurada y una actitud escénica de instrumento serio. Las tres cosas hubo de construirlas casi desde cero.
Capítulo II: Granada 1909, el primer tablado
El debut en el Centro Artístico de Granada no fue el de un niño prodigio. Fue la presentación de un autodidacta que se tomaba en serio un instrumento al que pocos concedían dignidad. La sala, acostumbrada a veladas literarias y recitales de cámara, escuchó por primera vez una guitarra defendida con la solemnidad de un violonchelo.
En 1912, con diecinueve años, actuó en el Ateneo de Madrid. La capital era el escaparate de la música culta española, y su crítica solía tratar la guitarra con displicencia. Aquella vez no hubo displicencia. Los periódicos no necesitaron adjetivos rimbombantes; les bastó describir lo que el joven hacía con las seis cuerdas. El Ateneo le abrió la puerta de los escenarios serios.
En 1924, París, la capital musical de Europa, lo escuchó en una de sus salas. A esas alturas, Segovia ya no era una promesa andaluza: era un concertista que cruzaba fronteras con un estuche de guitarra como único equipaje.

Capítulo III: París, Falla y los encargos
Manuel de Falla compuso en 1920 Homenaje, una pieza sobria y afilada escrita en memoria de Claude Debussy. La obra, pensada para guitarra, cayó en las manos de Segovia y encontró en él a su intérprete natural. La incorporó a sus programas de toda Europa y demostró que la guitarra podía sostener la música moderna sin apearse de su tradición.
El encargo a Manuel de Falla abrió una vía que Segovia explotó durante décadas. Heitor Villa-Lobos le dedicó en 1929 los Doce estudios para guitarra, piezas que se convirtieron en gramática obligada para varias generaciones de guitarristas. Mario Castelnuovo-Tedesco escribió para él la Sonata Omaggio a Boccherini y un concierto en re. El instrumento dejó de mendigar repertorio ajeno.
Joaquín Rodrigo compuso en 1939 el Concierto de Aranjuez, una obra que acabaría asociada a la guitarra como pocas. No la escribió para Segovia, y la relación entre ambos fue más cortés que estrecha. El dato importa: el repertorio guitarrístico del siglo XX no fue monopolio de Segovia, pero su exigencia de encargos y estrenos ensanchó el territorio para todos los que vinieron después.
Segovia no se conformó con que le escribieran; también reclamó a los compositores vivos el mismo respeto que recibían los solistas de piano o violín. Esa estrategia, más que ninguna otra, cambió la posición de la guitarra en el ecosistema de la música clásica.

Capítulo IV: Bach, Albéniz y las transcripciones
El repertorio antiguo y nacional tampoco escapó a su labor. Segovia trasladó a la guitarra la Chacona de la Partita nº 2 en re menor, BWV 1004, de Johann Sebastian Bach, una página concebida para violín y considerada una de las cumbres de la música barroca. La versión guitarrística exigía una densidad de voces que el instrumento no había asumido hasta entonces.
También adaptó páginas de Isaac Albéniz, como Asturias, y de Enrique Granados. Eran piezas escritas para piano, pero en las seis cuerdas adquirían un color distinto, más íntimo, casi nocturno. Las transcripciones no fueron un simple trasvase de notas: obligaron a repensar la guitarra como una orquesta en miniatura.
Para esa tarea contó con instrumentos excepcionales. Tocó durante años una guitarra de Manuel Ramírez de 1912 y, más adelante, una de Hermann Hauser. El luthier alemán construyó para él un instrumento que muchos luthiers posteriores han tomado como referencia. La búsqueda del sonido no era un capricho; era la materia misma del proyecto.

Capítulo V: Del exilio a las aulas
En julio de 1936 estalló la Guerra Civil. Segovia salió de España y convirtió la diáspora en una larga gira. Vivió en Montevideo y, después, en Nueva York. La separación forzosa de su país no interrumpió su calendario de conciertos: multiplicó las actuaciones en América y Europa y se convirtió en el rostro internacional de la guitarra culta.
Durante décadas, las giras anuales de Segovia fueron un mapa de la música culta: Nueva York, Londres, Buenos Aires, Tokio. Grabó para sellos como Decca y construyó una discografía que llevó la guitarra a las radios y a los salones domésticos. La combinación de conciertos y discos hizo más por el instrumento que cualquier manifiesto.
En 1958 puso en marcha los Cursos Internacionales de Santiago de Compostela. Allí no enseñaba solo digitación; enseñaba a escuchar, a leer la música, a respetar el silencio entre las notas. Por sus aulas pasaron guitarristas como John Williams. La escuela compostelana se convirtió en un punto de encuentro para intérpretes de todo el mundo.
El exilio, con el tiempo, se transformó en magisterio. Segovia no se conformó con triunfar en solitario; dedicó la segunda mitad de su vida a sembrar una escuela que sobreviviera a sus propios dedos.
Capítulo VI: Madrid, el último silencio
En 1981, con ochenta y ocho años, recibió el Premio Príncipe de Asturias de las Artes. Ese mismo año, el rey Juan Carlos I le concedió el marquesado de Salobreña. Los honores llegaron tarde, pero llegaron. España reconocía al hombre que había obligado al mundo a escuchar la guitarra como se escucha un clave o un cuarteto de cuerda.
Andrés Segovia murió en Madrid el 2 de junio de 1987. Las crónicas de la época destacaron la larga vida de conciertos, pero guardaron un silencio elocuente sobre lo esencial: el hecho de que, sin él, la guitarra clásica seguiría pidiendo permiso para subir a los escenarios.
La Casa Museo de Linares conserva sus guitarras, sus partituras y ese rastro de tinta que deja una vocación cuando se convierte en oficio. En sus salas, el visitante no encuentra un monumento, sino una mesa de trabajo. Esa mesa resume mejor que cualquier homenaje el proyecto de Andrés Segovia: hacer de la guitarra un instrumento de concierto y de la música un territorio sin fronteras.
Las seis cuerdas siguen sonando en las aulas de Compostela, en los conservatorios europeos y en las salas donde un guitarrista afina sin disculparse. La puerta que abrió aquel muchacho de Granada en 1909 ya no se ha vuelto a cerrar.

