El director de la CIA, John Ratcliffe, voló en secreto a Moscú para reunirse con los servicios secretos rusos. El Kremlin confirmó que Vladimir Putin fue informado de todo. La visita no viajó sola: el Vaticano movía en paralelo a su número dos, el arzobispo Paul Gallagher, en una diplomacia de inteligencia que devuelve a la Santa Sede al centro del tablero.
Lo cuento desde el principio. No se trata de un viaje diplomático más. Ratcliffe se estrenaba en Moscú como director de la CIA, sentado frente a los hombres del FSB y del SVR, los dos servicios que llevan décadas jugando contra Washington en Europa, Oriente Próximo y la frontera sur de España. El despliegue logístico lo dice todo: voló en un C-17 Globemaster, la versión moderna del C-141 Starlifter que William Casey utilizaba durante sus viajes de la era Reagan.
El Kremlin confirmó que Putin fue informado de todo. Ahí no hay equívoco. Ratcliffe habló con los servicios rusos sobre las amenazas contra los miembros de la OTAN. La lectura de inteligencia es idéntica a la de noviembre de 2021, cuando el entonces director William Burns viajó a Moscú para advertir a Putin de que no invadiera Ucrania.
No fue el único viaje de Ratcliffe. Este año también voló a La Habana para reunirse con altos cargos cubanos. Hay una tradición estadounidense que resucita con fuerza: la diplomacia de inteligencia, el uso de oficiales profesionales de primer nivel para distender conflictos que ni la diplomacia clásica ni la guerra resuelven.
Sin embargo, lo más interesante no estaba en la agenda pública de Ratcliffe. Usted no lo ha leído en los titulares. Mientras la CIA callaba, el arzobispo Paul Gallagher, secretario de Relaciones con los Estados y número dos de la diplomacia vaticana, aterrizaba en Moscú.
Gallagher se reunió con el ministro de Exteriores, Sergei Lavrov, con el asesor de seguridad nacional Yuri Ushakov, con un alto representante del Patriarcado Ortodoxo ruso y con católicos locales. En la rueda de prensa con Lavrov, Gallagher citó el llamamiento del papa León XIV para poner fin a las hostilidades y activar «negociaciones genuinas».
La diplomacia de inteligencia es el arte de hablar con el adversario cuando la guerra se ha convertido en un mal negocio para todos.
Hay una frase que conviene subrayar. En Rusia, llamar «guerra» a la operación militar especial puede costar una condena. Gallagher lo dijo sin matices: «para ser claros, esta guerra debe terminar».
Eso es valentía.
El viaje de Gallagher a Moscú no es un gesto aislado. En 2025, el papa León XIV se reunió tres veces con el presidente ucraniano Volodímir Zelensky, y el cardenal Matteo Zuppi ya se había desplazado a Moscú para gestionar canales humanitarios. Gallagher también visitó Kyiv a principios de año.
La Santa Sede no es un mediador transaccional. Arabia Saudí, Pakistán, Turquía, Suiza, Egipto, Emiratos u Omán ponen sobre la mesa sus propios intereses. El Vaticano tiene siglos de práctica en la diplomacia de inteligencia sin deberle nada a las lógicas clásicas del poder.
Un C-17 Globemaster y una advertencia sobre la OTAN
El avión elegido para Ratcliffe no fue casual. El C-17 es la plataforma de transporte pesado de la Fuerza Aérea estadounidense, y su predecesor en el oficio, el C-141 Starlifter, era el medio habitual del director Casey durante la administración Reagan. El simbolismo es potente: Washington está reactivando los canales operativos de la Guerra Fría.
La inteligencia estadounidense considera que el riesgo de una expansión del conflicto en Ucrania es real. Ratcliffe transmitió a Moscú una advertencia directa sobre cualquier movimiento contra territorio OTAN. El precedente de Burns sirve de plantilla: en 2021, el hoy director de la CIA salió de Moscú sabiendo que Putin seguía adelante, pero también dejó registrado el aviso formal que Washington invoca ahora.
Me consta por fuentes en La Moncloa que el CNI sigue con atención este tipo de canales. España no es ajena a la diplomacia de inteligencia: los contactos entre el CNI y Washington sobre el flanco sur son constantes, y cualquier deshielo entre la CIA y Moscú tiene efecto directo sobre el posicionamiento de Rabat y Argel.
La frontera sur no duerme.
Gallagher en Moscú: la diplomacia vaticana que nadie quiso mirar
La visita de Gallagher a Moscú aterrizó en un momento delicado. El arzobispo no se limitó a los encuentros protocolarios: se sentó con Ushakov, el ex embajador ruso en Washington convertido en asesor de seguridad nacional, y con un alto representante de la Iglesia Ortodoxa rusa. La triple vía (política, seguridad y confesional) no es improvisada.
El papado de León XIV ha hecho de la diplomacia de paz su misión fundacional. Su primer viaje extranjero fue a Turquía, y su voluntad de interrelación entre catolicismo e islam ha llamado la atención de Teherán. De hecho, el gobierno iraní ha enviado correspondencia formal al papa pidiendo su intercesión para detener la guerra.
Aquí hay un matiz que conviene no perder de vista. El embajador estadounidense ante la Santa Sede, Brian Burch, intentó en julio magnificar el papel político del papa. La respuesta vaticana fue una obra maestra de contención: «cualquier glorificación o exageración del papel del papa como jefe de Estado es engañosa, porque va en detrimento de su única misión verdadera como Pastor Universal».
Esa frase es la clave del canal vaticano. La Santa Sede no compite con los mediadores transaccionales. No busca resultados electorales ni contratos. Ocupa un espacio moral que ni la CIA ni el FSB pueden habitar.

Dossier Moncloa: Ojos en la Sombra
Analicemos esto con el oficio por delante. El vector de amenaza no es aquí un ciberataque ni una operación HUMINT hostil. Es una infiltración de canales: la diplomacia de inteligencia como instrumento para evitar que la guerra en Ucrania escale hacia un conflicto directo entre la OTAN y Rusia. El método es diplomático, pero los actores son servicios secretos.
Las agencias implicadas son tres, en categorías distintas. Quien habla es la CIA, con Ratcliffe como cara visible y el ODNI como respaldo técnico. Quien escucha y evalúa son el FSB y el SVR, herederos del KGB soviético. Y quien observa desde una tercera posición es el Vaticano, con Gallagher como ejecutor operativo de una agenda que combina moral, fe y geoestrategia.
A juzgar por la naturaleza del material que se discute —amenazas sobre la OTAN, advertencias a Putin, canales de negociación sobre Ucrania— estimo que el nivel de clasificación de estos encuentros se sitúa en Top Secret. No hablamos de códigos nucleares, pero sí de información que, filtrada fuera de contexto, podría desencadenar una crisis de proporciones históricas.
Le pongo en contexto el precedente histórico. La llamada Alianza Santa de Juan Pablo II durante la administración Reagan, cuando el Vaticano cooperó discretamente con Washington para debilitar a la URSS, sigue siendo el modelo de la diplomacia de inteligencia actual. También pesa el recuerdo del difunto Francisco facilitando el restablecimiento de relaciones entre Estados Unidos y Cuba en 2014.
Ahora bien, no me pidan certezas absolutas. La atribución en este terreno es resbaladiza: The Cipher Brief apunta a la Santa Sede como actor autónomo, no subordinado a Washington. No hay evidencia de que Ratcliffe y Gallagher coordinaran agendas. Muy al contrario: el Vaticano se ha empeñado en marcar distancias con la diplomacia transaccional de Trump.
Y ahí está la fricción. El presidente Donald Trump, de vuelta en la presidencia desde 2025, ha visto estancarse sus intentos con Steve Witkoff y Jared Kushner de imponer paces negociadas en Ucrania, Gaza e Irán. Las negociaciones con Teherán están rotas. El Vaticano, en cambio, avanza. La ironía es hermosa: un Papa nacido en Estados Unidos hace lo que la CIA y la Casa Blanca no consiguen.
Déjemelo claro. Teherán observa cada movimiento del papa León XIV en Moscú. Si el arzobispo Gallagher aterriza pronto en la capital iraní, como sugieren las señales, asistiremos a la consolidación de la Santa Sede como el único mediador con capacidad real de interlocución en las tres guerras abiertas: Ucrania, Gaza e Irán.
El siguiente hito será la posible visita del papa a Kiev. Zelensky ya ha cursado la invitación. Ahora bien, por reciprocidad neutral, el viaje exigiría un paso simétrico por Moscú. Si eso ocurre, Putin tendrá la salida diplomática que no ha sabido encontrar solo.
Es temprano para escribir el obituario de la diplomacia de Trump. La CIA no ha dicho su última palabra.
Usted y yo seguiremos mirando de reojo a Teherán.

