2Patones de Arriba: la arquitectura negra que se descubre en silencio
Patones de Arriba cuelga de una ladera de la Sierra Norte, a unos 60 kilómetros de Madrid, y su razón para estar en esta lista se resume en un material: la pizarra. Muros, tejados, suelos e incluso los cercados están levantados con la laja oscura que aflora en la comarca, lo que explica el apelativo de arquitectura negra y esa estampa de casas encaramadas que se funden con la montaña. El conjunto fue declarado Bien de Interés Cultural en 1999 y esa protección explica que conserve su aspecto intacto. Para descubrirlo hay que ganárselo: el coche se queda en Patones de Abajo y el último tramo se sube a pie por la Senda del Barranco, unos 800 metros que separan el bullicio de la calma. El paseo, entre la roca caliza y el barranco, termina cuando aparecen las primeras fachadas negras; a partir de ahí, el silencio solo lo rompen los pasos sobre la pizarra y el canto de los pájaros.
Septiembre es el mes en el que este pueblo se disfruta mejor: las temperaturas suaves invitan a recorrer sus cuestas sin prisa y la marea de agosto se ha retirado, dejando las calles empedradas a quienes buscan precisamente ese silencio que da título al lugar. La historia añade otro motivo para la escapada: la leyenda del Rey de Patones, un cargo hereditario que gobernó la aldea aislada hasta el siglo XVIII, alimenta el aire de pueblo detenido en el tiempo que se respira entre las eras, antiguas explanadas de trilla convertidas hoy en miradores sobre el valle del Jarama. El recorrido puede cerrarse en la iglesia de San José, hoy oficina de turismo, y junto a los hornos de leña que aún se conservan, antes de sentarse en un restaurante de cocina serrana —migas, cabrito o carnes a la brasa—, la recompensa habitual tras la subida.

