Del 11S al 11M: la memoria de las víctimas y la alerta constante de Europa ante el terrorismo yihadista

En el aniversario del 11 de septiembre, el recuerdo a las miles de víctimas de Nueva York, Madrid, París o Barcelona adquiere una vigencia crítica. El horror de las masacres pasadas interpela a una Europa que no puede bajar la guardia frente a un yihadismo en mutación, alertado por los servicios de inteligencia sobre el riesgo latente de que elementos radicalizados aprovechen la saturación y la porosidad de fronteras como la de Ceuta para infiltrarse en suelo occidental.

El calendario de la memoria occidental guarda fechas marcadas a fuego donde el horror colectivo congeló el tiempo y transformó para siempre la percepción de la seguridad global. Cada undécimo día de septiembre, el recuerdo de las casi tres mil víctimas de los atentados contra las Torres Gemelas y el Pentágono resuena como el punto de inflexión donde el terrorismo de raíz yihadista inauguró una ofensiva a escala planetaria. Aquella mañana de 2001 pulverizó la certidumbre de que las sociedades abiertas y democráticas estaban a salvo tras sus fronteras, dando paso a una era de vulnerabilidad permanente que pronto se trasladó con igual crudeza al corazón del continente europeo.

La estela de dolor que comenzó en Nueva York encontró réplicas devastadoras en el suelo de las principales capitales del Viejo Continente. España vivió su jornada más negra el 11 de marzo de 2004, cuando diez mochilas bomba en cuatro trenes de cercanías de Madrid segaron la vida de ciento noventa y tres personas e hirieron a casi dos mil en una masacre que conmocionó al país. Años más tarde, la barbarie yihadista golpeó el corazón de París en noviembre de 2015 con los ataques simultáneos en la sala Bataclan y las terrazas parisinas, se cobró decenas de vidas inocentes en Bruselas, Niza, Londres o Manchester, y volvió a sacudir a España en agosto de 2017 con el atropello masivo de Las Ramblas de Barcelona y el posterior atentado en Cambrils.

El tributo a las víctimas de estas tragedias no puede quedar reducido a un ejercicio de nostalgia o a una mera ofrenda floral en los monumentos conmemorativos. La verdadera memoria exige un compromiso activo con la defensa del Estado de derecho y una vigilancia implacable frente a las mutaciones constantes de la amenaza integrista. A lo largo del último cuarto de siglo, las agencias de inteligencia y los cuerpos policiales han tenido que adaptarse a la transición desde las complejas células jerárquicas dirigidas a distancia por Al Qaeda hasta la propaganda digital descentralizada y las redes operativas del autodenominado Estado Islámico, capaces de activar células durmientes o inspirar a actores solitarios en cualquier rincón del planeta.

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Este combate preventivo cobra una dimensión crítica en las fronteras exteriores del continente, donde la preservación de la seguridad se cruza con escenarios de enorme tensión geopolítica y humanitaria. Los expertos en contraterrorismo y los servicios de información de la Policía Nacional y la Guardia Civil coinciden en señalar que los vacíos de control territorial y los puntos de paso desbordados representan una oportunidad operativa que los grupos extremistas intentan explotar de manera sistemática. El colapso institucional en extensas regiones del Sahel y el norte de África ha generado un caldo de cultivo idóneo para que facciones afines a Daesh y filiales salafistas intenten camuflar a elementos radicalizados en las rutas clandestinas de tránsito hacia Europa.

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11 de Septiembre de 2001, El Pentágono. Fuente: Agencias

La porosidad fronteriza y el desafío de los servicios de información

El Estrecho de Gibraltar y las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla representan la frontera terrestre y marítima más sensible de toda la Unión Europea. Los episodios de presión desmedida en el perímetro fronterizo ceutí, donde miles de personas intentan sortear las vallas o alcanzar la costa a nado en cuestión de pocas horas, tensionan hasta el límite las capacidades materiales de las fuerzas de seguridad del Estado. En esos contextos de saturación administrativa, el trabajo de filiación, toma de huellas dactilares y cotejo de identidades en las bases de datos policiales internacionales se convierte en una labor titánica contra el reloj.

Los informes periódicos de inteligencia y las operaciones antiterroristas desarrolladas en los últimos años han acreditado que emisarios y retornados de teatros de conflicto en Siria, Irak o el área subsahariana buscan aprovechar estos flujos descontrolados para burlar los filtros de seguridad. Los servicios de información han interceptado a perfiles vinculados a redes yihadistas que intentaban utilizar las vías de entrada irregular como tapadera para asentarse en territorio comunitario. Aunque la inmensa mayoría de quienes cruzan busca únicamente escapar de la miseria o la inestabilidad política de sus países de origen, la incapacidad para filtrar exhaustivamente a cada individuo en momentos de avalancha genera una brecha por la que el radicalismo armado intenta colarse.

Esta realidad operativa plantea un dilema mayúsculo para las democracias occidentales, obligadas a compatibilizar el cumplimiento de los tratados internacionales de asilo con la protección innegociable de la seguridad nacional. Cuando la gestión fronteriza se ve sobrepasada por entradas masivas repentinas, los mecanismos de alerta temprana y los protocolos de biometría pierden la eficacia preventiva que exigen los estándares de Europol e Interpol. Cada individuo que logra internarse en el espacio Schengen sin una identificación certera representa una incógnita que obliga a multiplicar los recursos de seguimiento discreto en el interior del territorio.

La experiencia acumulada desde los atentados de París y Bruselas demostró que varios de los terroristas que participaron en aquellas matanzas habían aprovechado la gran crisis migratoria del Mediterráneo oriental para reingresar en Europa camuflados como refugiados de guerra. Aquella lección histórica demostró que el yihadismo global carece de escrúpulos morales a la hora de instrumentalizar las tragedias ajenas para fines de combate, una táctica que hoy los analistas de seguridad vigilan de cerca en las rutas atlántica y del Mediterráneo occidental ante el avance del terrorismo en la franja subsahariana.

El blindaje preventivo como único homenaje duradero a las víctimas

El mantenimiento del nivel cuatro de alerta antiterrorista en España durante más de una década no es una formalidad administrativa, sino el reflejo de una presión latente que no concede tregua. Los operativos preventivos desplegados en barriadas periféricas de ciudades peninsulares y en los enclaves norteafricanos se saldan anualmente con decenas de detenciones de captadores, propagandistas y perfiles en proceso de autoadoctrinamiento acelerado. La cooperación con servicios de inteligencia extranjeros y la custodia rigurosa de los pasos fronterizos constituyen la primera línea de fuego para neutralizar atentados antes de su fase de ejecución.

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Occidente no puede permitirse el lujo de bajar la guardia ni de relativizar los factores de riesgo que convergen en sus límites geográficos más expuestos. Reforzar los medios materiales y humanos en Ceuta, Melilla y los puertos andaluces no es una medida aislada de contención, sino una exigencia estratégica ineludible para salvaguardar la tranquilidad de toda la ciudadanía. Frente a una ideología fanática que continúa invocando la destrucción de las libertades democráticas y el derramamiento de sangre en suelo europeo, la memoria de las víctimas del 11S, del 11M, de las Ramblas y de Bataclan demanda una defensa decidida, firme y sin fisuras del espacio de seguridad y convivencia que tanto dolor ha costado proteger.