Francia: el Tribunal de Cuentas alerta de una deuda pública superior al 120% del PIB y del riesgo de recorte de rating

París cerrará 2027 con la ratio más alta desde 1995 y un déficit del 5,4%, cuatro décimas por encima del objetivo pactado con Bruselas. Scope Ratings ya ha rebajado la nota francesa y Morningstar DBRS la mantiene en vigilancia negativa.

La deuda pública de Francia rebasará el 120% del PIB en 2027 y el mercado ya descuenta un recorte de rating. El Ministerio de Economía presentó este fin de semana los Presupuestos del año próximo con un ajuste de 54.000 millones de euros, y ni con esas: la ratio cerrará en el 121,7% del PIB, su nivel más alto desde 1995.

Este ejercicio se quedará en el 119,3% y el déficit público, en el 5,4%, cuatro décimas por encima del objetivo pactado con Bruselas. Dicho sin jerga: Francia gasta cada año más de lo que ingresa y la diferencia la paga emitiendo deuda que los inversores colocan con más reservas.

El golpe llegó un día antes. Scope Ratings rebajó la nota del país y Morningstar DBRS la dejó en vigilancia negativa. Dos movimientos que, en lenguaje de mercado, dicen lo mismo: los vigilantes de la deuda han dejado de fiarse de las promesas de París. El entorno fiscal ha seguido degradándose por los continuados desajustes y la dificultad del Gobierno para cumplir los objetivos de déficit autoimpuestos’, resume la agencia en su nota.

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Francia es ya el tercer país con más deuda sobre PIB de la zona euro, solo por detrás de Grecia e Italia, según Eurostat. Es la ratio más desfavorable desde 1995. Con un crecimiento que este año se quedará en el 0,5% —lastrado por la guerra en Irán, según el propio Ejecutivo—, sin inflación que maquille el denominador ni actividad que tire del numerador, cada décima de gasto extra se convierte en deuda estructural.

El ministro de Economía, Roland Lescure, calificó de ‘mecánica’ la subida de la ratio y defendió que el objetivo del 5% es ‘ambicioso’ pero ‘evidentemente realizable. La estabilización no llegará hasta que el desajuste ronde el 3%, el umbral de Maastricht que Francia no toca desde hace dos décadas.

París no arrastra un problema de credibilidad: arrastra un problema de aritmética, y las agencias acaban de ponerle fecha.

El Tribunal de Cuentas francés lleva años advirtiendo de ese deterioro en sus informes anuales, y los documentos del Ministerio de Economía siguen llegando a Bruselas con la misma promesa de ajuste. Los Presupuestos cumplen formalmente: el gasto primario sube un 0,7%, por debajo de la senda recomendada por la Comisión. Cumplir la regla de gasto (el límite que Bruselas impone al aumento del gasto público neto) no basta para doblegar una ratio que camina sola.

Un ajuste de 54.000 millones que no frena la bola de nieve

El recorte equivale a cerca de dos puntos de PIB. Suena contundente hasta que se compara con el coste de los intereses, que crece cada vez que la deuda se refinancia a tipos superiores a los de la emisión original. Francia arrastra además un procedimiento de déficit excesivo abierto por Bruselas en 2024, la etiqueta que obliga a presentar un plan fiscal a medio plazo y a rendir cuentas cada seis meses.

Las pensiones entran en el tablero

recorte rating Francia

El primer ministro, Sébastien Lecornu, ya ha dejado caer en el Parlamento la posibilidad de recortar a los pensionistas. La prensa francesa especula con bajar a 3.000 euros el techo de las deducciones fiscales que disfrutan, situado ahora en 4.439 euros. Es la línea roja que ha provocado las mayores movilizaciones sociales del país en la última década.

El margen político es mínimo. Sin mayorías estables en la Asamblea Nacional, cualquier tijeretazo en las pensiones obliga al Ejecutivo a negociar con la oposición o a recurrir a herramientas constitucionales que ya le han costado crisis de Gobierno. Y las cuentas no admiten espera.

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El Eje del Poder Europeo

La lectura estratégica es otra. Francia no es Grecia. Es la segunda economía de la eurozona, miembro fundador y una de las dos patas del eje franco-alemán. La mayoría de los analistas que sigue la deuda francesa apunta a que una ratio instalada por encima del 120% del PIB rompe una pieza central del relato europeo: la idea de que el motor de la integración era también el ancla de la disciplina fiscal. En 2010, la crisis griega obligó a la eurozona a improvisar rescates porque un país pequeño podía arrastrar al club. Ahora el riesgo tiene otro tamaño.

El pulso entre ejes se reordena. Berlín, con su propia debilidad de crecimiento, ya no puede dar lecciones sin sonrojarse. Los frugales del norte —Países Bajos, Austria, Dinamarca, Suecia y Finlandia— llevan años exigiendo reglas automáticas y condicionalidad estricta, y acaban de recibir su mejor argumento: el país que pedía solidaridad con el sur también incumple.

España mira el caso con sentimientos encontrados. El bono español se ha beneficiado del deterioro relativo del francés: los inversores que salen de París encuentran en Madrid un emisor del sur con crecimiento por encima de la media. Pero España ronda también el 100% del PIB de deuda —el doble del umbral de Maastricht— y tiene el margen presupuestario encorsetado por la misma regla de gasto comunitaria que ahora aprieta a Francia. Si el precedente galo endurece el marco fiscal, la factura acabará llegando a Madrid.

A cinco años vista, el caso decide algo mayor que el rating de París: si el marco fiscal reformado en 2024 —planes de ajuste a cuatro años ampliables a siete, senda de gasto neto pactada con la Comisión— sirve para algo cuando el que incumple es un socio grande. Hasta ahora se ha aplicado casi siempre a economías pequeñas del sur y del este. Si Francia se instala en el 121,7% sin consecuencias, los frugales exigirán automatismos más duros; y esos automatismos no distinguirán entre París y Madrid.

El calendario no da tregua. El debate presupuestario arranca en las próximas semanas en la Asamblea Nacional, con el Ejecutivo buscando apoyos para un ajuste que puede quedarse corto. La previsión económica de otoño de la Comisión Europea, prevista para noviembre, actualizará la foto con la que Bruselas decidirá si exige más esfuerzo. Y las grandes agencias mantienen revisiones pendientes sobre la nota francesa.

Francia ha entrado en el terreno donde las decisiones dejan de ser políticas y pasan a ser contables. Ese suelo no perdona promesas. En Bruselas, donde nadie pronuncia la palabra rescate desde 2012, todos saben que el problema se llama primero prima de riesgo y, después, presupuesto.