Sabotajes y drones: la guerra híbrida rusa que casi mata a Boris Johnson y a Petraeus

Glenn Corn, ex directivo de la CIA presente en el tren, sostiene que el ataque buscaba advertir a Occidente de que Ucrania es esfera de influencia rusa. El Departamento de Justicia imputa a cinco presuntos operativos del Kremlin por una red global de asesinatos.

La guerra híbrida rusa rozó el magnicidio en el tren ucraniano que llevaba a Boris Johnson y a David Petraeus hacia Polonia. El ataque con drones estuvo cerca de alcanzar el convoy, y quienes iban a bordo lo leyeron como una advertencia del Kremlin y no como un error de puntería.

La secuencia completa la desvela SpyTalk y conviene fijarla antes de entrar en interpretaciones. Días antes del ataque al tren, drones rusos amenazaron a las aeronaves que trasladaban al presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, en vuelos sobre Moldavia, un territorio que el Kremlin trata desde hace años como laboratorio de subversión. Primero el presidente, después dos veteranos de Occidente. El orden no parece casual.

El mensaje no iba para el tren: iba para Washington

Ninguno de los dos era el objetivo, sostiene Glenn Corn, ex alto directivo de la CIA que viajaba en el mismo vagón que Petraeus. Su testimonio es meridiano: ‘El ataque pretendía enviar un mensaje contundente: no queremos que vengan a Ucrania. Esta es nuestra esfera de influencia. Esto es una advertencia’. El manual es viejo.

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Le pongo en contexto, porque la frase es un manual entero. Moscú no necesita matar a un ex primer ministro británico para ganar: le basta con que la próxima delegación occidental dude antes de subir a un tren. Eso es la guerra híbrida, y llevo cuatro años viéndola escalar sin que ninguna cancillería europea haya sido capaz de fijar una línea roja verificable.

El episodio de Zelenski sobre Moldavia es la pieza que faltaba. Si aceptamos esa lectura, no hablamos de un incidente aislado en una vía férrea con destino a Polonia, sino de una campaña escalonada en la que el dron deja de ser arma y pasa a ser mensajería. Es un patrón que los servicios occidentales conocen bien; el problema es que la advertencia no ha venido acompañada de respuesta.

Y en paralelo, el silencio. La Casa Blanca dejó pasar los días sin pronunciarse sobre la escalada híbrida rusa en Europa, según el relato de SpyTalk, mientras el Departamento de Justicia movía ficha por su cuenta. Silencio en la Casa Blanca, actividad en el Departamento de Justicia: el contraste dice más del momento político en Washington que cualquier comunicado oficial. El silencio también es una política.

El sabotaje híbrido no busca matar a un expresidente: busca que cada aliado de Ucrania calcule dos veces si sube a ese tren.

De Berlín a Washington: la red de sabotaje que Moscú teje con reclutas locales

sabotaje ruso

La pata europea del entramado es la que menos titulares genera y la que más preocupa en los servicios. Deutsche Welle desveló hace unos días que un exiliado cubano residente en Rusia reclutó a varias personas para ejecutar sabotajes por cuenta del Kremlin en al menos cuatro países de la Unión Europea. Reclutadores en Moscú, ejecutores con pasaporte comunitario: el patrón diluye la huella del servicio ruso y complica cualquier atribución judicial.

El segundo caso lleva acento alemán y perfil alto. Una empresaria berlinesa de 57 años, que presidía una asociación de lobby con contactos extensos en círculos militares y políticos, fue detenida en enero acusada de espiar para Rusia. El perfil encaja con lo que llamo el HUMINT de salón —inteligencia de fuentes humanas—: no agentes durmientes con radio de onda corta, sino personas con agenda, tarjeta de visita y acceso legítimo a la sala donde se decide. Aquí nadie improvisa.

Al otro lado del Atlántico, el Departamento de Justicia anunció la imputación de cinco presuntos operativos de la inteligencia rusa por planear ataques contra enemigos señalados por el Kremlin en todo el mundo, incluido el asesinato por encargo de un disidente ruso destacado en Washington. La acusación describe una red global de asesinatos que perseguía la destrucción y el caos entre los aliados civiles y militares de Ucrania en Europa.

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Y hay una tercera pata, la de la influencia, que no dispara drones pero condiciona decisiones. ProPublica desveló que Umar Kremlev, dirigente deportivo ruso, pagó parte de la boda de Donald Trump Jr.; la periodista Julia Ioffe documentó después que Kremlev opera como frente empresarial del jefe de seguridad personal de Putin. No es una anécdota social: es arquitectura de influencia sobre el entorno familiar del hombre que hoy ocupa la Casa Blanca.

Dossier Moncloa: Ojos en la Sombra

Le adelanto la lectura confidencial, y no deja bien a nadie. El vector de amenaza es una infiltración HUMINT de manual soviético —reclutamiento de ciudadanos europeos, agentes de influencia con cobertura profesional, redes de sabotaje compartimentadas— combinada con el uso de drones baratos como herramienta de intimidación y, si llega el caso, de magnicidio negable a efectos de atribución. Un dron de mil euros da más rédito político que un misil, y esa es la asimetría que Europa todavía no ha interiorizado.

En agencias, el cuadro se repite con una insistencia que ya no admite muchas dudas, aunque la prudencia obliga. Detrás del sabotaje puro y del asesinato encubierto aparecen los patrones del GRU, en concreto de la Unidad 29155, la misma que dejó rastro en Salisbury y voló un polvorín en Vrbětice. El SVR trabaja la parte silenciosa —reclutamiento, agentes de influencia, penetración de élites—, y el FSB se ocupa de que nada de esto se sepa dentro de Rusia. Enfrente, el BND alemán, la DGSI francesa, el MI5 británico y el FBI cargan con las investigaciones. En España, el CNI y el CCN-CERT siguen el asunto con más interés del que se publica, y el DGST y el DGED marroquíes observan cualquier movimiento híbrido en el flanco sur. La OTAN y el club Five Eyes miran de reojo, sin haberse pronunciado en firme.

La clasificación estimada del material implicado es Secreto y, en algún expediente concreto, Top Secret. No es una apreciación gratuita: a juzgar por la naturaleza de lo investigado, los sumarios por asesinato por encargo no se desclasificarán nunca, y las pesquisas europeas sobre sabotaje dependen de interceptaciones que ningún gobierno llevará a un juicio público.

El precedente que más me interesa no es Salisbury, sino Vrbětice. En 2014, dos agentes del GRU volaron un depósito de munición checo, y durante casi siete años Praga sostuvo la tesis del accidente. Cuando la inteligencia checa ató los cabos, la expulsión de diplomáticos rusos fue de las mayores de la historia reciente de la Unión Europea. La lección para España es incómoda: la atribución de un sabotaje puede tardar años y llegar tarde.

España no es un actor neutro en este tablero. Contamos con 8.000 infraestructuras críticas, muchas de ellas atacables a través de internet, una cifra que sostengo desde hace años y que sigue sin traducirse en un esfuerzo proporcional de protección. Y tenemos una frontera sur que Rabat y Madrid vigilan con desconfianza mutua. Cuando Moscú abre un frente híbrido en Europa, el CNI no mira solo al este: mira también quién aprovecha el ruido. Lo escribí en El quinto elemento: el próximo 11S empezará con un clic. Hoy añadiría que también puede empezar con un dron de mil euros sobre una vía de tren.

Reconozco la parte incómoda de este análisis. Buena parte del caso contra Moscú descansa en informes clasificados que usted no va a poder consultar, y tratándose de sabotaje y ciberguerra, la atribución sin pruebas públicas es siempre un acto de fe. Pero hay algo que no requiere fe: la coincidencia de métodos y la secuencia de países afectados apunta en una sola dirección, y ningún servicio occidental ha desmentido el relato del tren. Si usted ha seguido estos casos en los últimos años, sabrá que ese silencio suele significar que lo que se sabe dentro coincide con lo que se publica fuera.

Lo que viene no se decidirá en un campo de batalla, sino en los papeles. Estará en el próximo informe que la dirección del CNI presente ante la Comisión de Secretos Oficiales del Congreso, en el siguiente paquete de sanciones que salga de Bruselas y en lo que tarde la justicia alemana en cerrar el expediente de la empresaria berlinesa. Ahí se verá si Europa ha entendido que la guerra híbrida rusa ya no es un capítulo de libro blanco, sino una amenaza con trenes, drones y nombres propios.