Cayetana Fitz-James Stuart, la duquesa de Alba que marcó una época

Nació en el palacio de Liria en 1926, con la reina Victoria Eugenia por madrina, y murió en 2014 en el palacio de las Dueñas de Sevilla. Se casó tres veces y reunió más de cuarenta títulos nobiliarios a lo largo de seis décadas de presencia continua en las revistas.

En octubre de 2011, una mujer de ochenta y cinco años anunció en Sevilla que pensaba volver a casarse. Se llamaba María del Rosario Cayetana Fitz-James Stuart y Silva, era la XVIII duquesa de Alba y llevaba seis décadas siendo el nombre más popular de la nobleza española. El novio, Alfonso Díez Carabantes, no tenía un solo título nobiliario ni parentesco conocido con ninguna casa grande. La noticia no fue un rumor de salón: en pocas horas saltó a las portadas, abrió los telediarios y se instaló en todas las tertulias del país. Una duquesa octogenaria que decidía su vida sentimental se había convertido, otra vez, en el mayor espectáculo disponible.

Y no era la primera vez. Aquella mujer había nacido en un palacio, con una reina por madrina, y llevaba desde los años cuarenta alimentando la crónica social de un país que aprendió a mirarse en las revistas del corazón.

Capítulo I: Una niña nacida en el palacio de Liria

María del Rosario Cayetana Fitz-James Stuart y Silva nació el 28 de marzo de 1926 en el palacio de Liria, en Madrid. Era hija de Jacobo Fitz-James Stuart y Falcó, XVII duque de Alba, y de María del Rosario de Silva y Gurtubay. Su madrina de bautismo fue la reina Victoria Eugenia de Battenberg, un detalle que sitúa con precisión el punto de partida: una España todavía bajo la monarquía de Alfonso XIII, en la que la grandeza de España vivía a un paso de la corte.

Publicidad

La casa donde nació no era una casa cualquiera. Los Fitz-James Stuart descendían de James FitzJames, primer duque de Berwick, hijo natural del rey Jacobo II de Inglaterra y de Arabella Churchill. Aquel linaje entró en España en el siglo XVIII y acabó unido al ducado de Alba de Tormes, un título creado a finales del siglo XV y ligado para siempre al nombre de Fernando Álvarez de Toledo, el Gran Duque de Alba, que gobernó los Países Bajos en nombre de Felipe II. De ahí venían las tierras, los archivos, los cuadros y un apellido que se repetía en las crónicas europeas desde hacía cinco siglos.

De ahí venía también el nombre de pila. Cayetana se llamaba la XIII duquesa de Alba, María del Pilar Teresa Cayetana de Silva y Álvarez de Toledo, la mujer que Goya retrató en varias ocasiones. El apellido de los Fitz-James Stuart y el ducado de Alba caminaban juntos desde comienzos del siglo XIX, y aquel nombre se había quedado en la familia como una herencia más.

La infancia de Cayetana se rompió pronto. Su madre murió en 1934, cuando ella tenía ocho años, y la niña quedó al cuidado de su padre y de una casa que funcionaba como una pequeña administración. Después llegó todo lo demás: la caída de la monarquía, la Segunda República, la Guerra Civil. La aristocracia que había vivido a la sombra de la corte se encontró en pocos años sin rey y con unos títulos nobiliarios que el Estado republicano había dejado de reconocer. La dictadura de Franco volvería a reconocerlos después, y con ellos regresó también el papel ceremonial de la grandeza.

Capítulo II: La boda de 1947 y la jefatura de la casa

En octubre de 1947, Cayetana Fitz James Stuart se casó en Sevilla con Luis Martínez de Irujo y Artázcoz. Tenía veintiún años. La boda fue uno de los grandes acontecimientos sociales de la España de posguerra, en un país que salía del hambre y de la autarquía y en el que las revistas encontraban en las familias aristocráticas un escaparate amable, alejado de la política y de las cartillas de racionamiento.

Del matrimonio nacieron seis hijos: Carlos, Alfonso, Jacobo, Fernando, Cayetano y Eugenia. En 1953 murió el XVII duque de Alba y su hija heredó la jefatura de la casa. Tenía veintisiete años y se convirtió de golpe en titular de más de cuarenta títulos nobiliarios, entre ducados, marquesados y condados, y en administradora de un patrimonio que incluía palacios, fincas y una de las colecciones de arte privadas más importantes de España. Años más tarde, el libro Guinness de los récords la acreditaría como la persona con más títulos nobiliarios del mundo.

En la España de los años cincuenta, la nobleza había dejado de tener poder político hacía más de un siglo, pero conservaba una posición social que se medía en apellidos, en fincas y en la capacidad de llenar una iglesia el día de una boda. La dictadura cultivó ese mundo como parte de su escenografía, y las revistas lo convirtieron en materia de consumo.

Publicidad

Administrar aquello era llevar una contabilidad de siglos: rentas agrarias, mayordomos, arrendatarios, casas repartidas por media España. La vida de la duquesa se repartió entre Madrid y Sevilla. En la capital, el palacio de Liria, donde se guardaban los papeles y la memoria de una casa que llevaba siglos acumulando documentos y a cuyos fondos han acudido desde entonces los historiadores. En Andalucía, el palacio de las Dueñas, con sus patios y su aire de casa grande, donde crió a sus hijos. Y en Salamanca, el palacio de Monterrey, otra pieza más de un conjunto que no tenía nada que ver con la vida de la mayoría de los españoles de entonces.

duquesa de Alba

Capítulo III: El jesuita que entró en las Dueñas

En 1972 murió Luis Martínez de Irujo. La duquesa enviudó a los cuarenta y seis años, con seis hijos a su cargo y una fortuna que había que seguir administrando en un país que cambiaba deprisa. Seis años después, en marzo de 1978, volvió a casarse en Sevilla con Jesús Aguirre y Ortiz de Zárate, un hombre que venía de un mundo completamente distinto: había sido jesuita, había dejado la Compañía de Jesús y se movía en el terreno de la edición y de la crítica musical.

La boda de una duquesa de Alba con un intelectual exjesuita fue un pequeño terremoto social en la España de la Transición, cuando el país discutía todavía qué lugar le correspondía a la nobleza en una democracia que empezaba a construirse. La pareja estuvo junta más de dos décadas. En 2001 murió Aguirre y la duquesa volvió a enviudar.

Para entonces, Cayetana de Alba era ya una figura familiar para millones de españoles sin el menor interés en la nobleza. Su presencia en la Feria de Abril, sus trajes de flamenca y sus mantones la habían convertido en un personaje popular. Había otra cosa: pintaba, y aquella afición, cultivada durante décadas, la llevó en alguna ocasión a exponer su obra en público.

Las revistas del corazón, que en España habían construido desde los años cuarenta un género entero alrededor de la vida privada de los famosos, tuvieron en ella a su personaje más rentable. No hacía falta que ocurriera nada: bastaba con que apareciera. En un país donde la nobleza había perdido el poder político hacía más de un siglo, una duquesa que se dejaba ver cumplía una función difícil de explicar y muy fácil de entender. Era el espectáculo de la vieja España puesto al día, y funcionaba igual de bien en un salón de Madrid que en un puesto de periódicos de provincias.

Los años ochenta y noventa trajeron la televisión privada y un tipo de prensa más rápida y más agresiva, que mezcló a la vieja aristocracia con cantantes, actores y presentadores en las mismas páginas. La duquesa de Alba no necesitó cambiar de registro: el nuevo ecosistema la adoptó como icono.

duquesa de Alba

Capítulo IV: El tercer «sí, quiero»

En 2011, con ochenta y cinco años, la duquesa anunció su boda con Alfonso Díez Carabantes, un hombre más de veinte años menor que ella y ajeno por completo al mundo de los títulos. La decisión abrió un conflicto familiar que se ventiló en público: parte de sus hijos expresó su desacuerdo, y la prensa dedicó meses a contar desencuentros, gestos y silencios. Antes de la ceremonia, el reparto del patrimonio quedó encauzado en un acuerdo sucesorio que fijaba el destino de los títulos y de los bienes.

La boda se celebró en la capilla del palacio de las Dueñas, en Sevilla, en octubre de 2011, con la familia dividida y el país entero mirando. La intimidad de la duquesa de Alba había dejado de existir hacía mucho tiempo: el enlace se retransmitió, se comentó y se discutió como si fuera un asunto de Estado. Ella, que había nacido en un palacio con una reina por madrina, terminó sus días como un personaje querido por millones de personas que no sabían nada de mayorazgos, de archivos ni de genealogías, y que sin embargo tenían una opinión formada sobre su vida sentimental.

duquesa de Alba

Capítulo V: El adiós en el palacio de las Dueñas

María del Rosario Cayetana Fitz-James Stuart y Silva murió en el palacio de las Dueñas el 20 de noviembre de 2014, a los ochenta y ocho años. Su muerte fue la noticia del día en toda España. Su hijo Carlos asumió la jefatura de la casa como XIX duque de Alba.

Quedaba un patrimonio considerable y una figura difícil de repetir. El palacio de las Dueñas, en Sevilla, sigue en pie con sus patios; el palacio de Liria conserva el archivo y la colección de pintura, en la que se cuentan los retratos que Goya hizo de aquella otra Cayetana, la XIII duquesa; el palacio de Monterrey continúa siendo una de las piezas históricas de la casa; y la Fundación Casa de Alba se ocupa de sostener un conjunto de bienes que ningún particular podría mantener hoy sin ayuda.

Se ha escrito mucho sobre lo que Cayetana Fitz-James Stuart tenía: títulos, palacios, cuadros, tierras, joyas. Se ha escrito bastante menos sobre lo que su figura dice de la España que la miró durante sesenta años, un país que convirtió la vida privada de una aristócrata en una conversación nacional. Cuando murió, en las Dueñas, los periódicos hablaron de la última gran dama de la nobleza española. Quizá fuera justo lo contrario: la primera celebridad de masas que dio ese mundo y también la última a la que el país entero reconoció sin discusión.