La derogación de la norma de carbón de la EPA de Trump borra todas las reglas federales de CO2 del sector eléctrico de EEUU, el mayor instrumento climático que Washington tenía sobre sus centrales.
Qué borra exactamente la derogación de la norma de CO2 del carbón
El anuncio llegó el lunes 14 de septiembre: la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos eliminará todas las regulaciones federales de emisiones de carbono del sector eléctrico. En la práctica, las utilities podrán operar sus plantas de carbón sin ningún límite federal de CO2.
El movimiento entierra la norma que la administración de Joe Biden aprobó en 2024, que daba a las eléctricas una elección: retirar sus plantas de carbón en la década de 2030 o equiparlas con sistemas de captura de carbono capaces de retener casi todo el CO2 que sale por la chimenea. Por cualquiera de las dos vías, el resultado previsto era una caída significativa de las emisiones del sector eléctrico. Ese pacto ya no existe.
Hay un péndulo de casi veinte años detrás de esta decisión. El Plan de Energía Limpia de Barack Obama intentó forzar la salida del carbón; Trump lo derogó en su primer mandato y el Tribunal Supremo dictó después que el presidente no podía obligar por sí solo a las eléctricas a abandonar el combustible. Ahora la EPA sostiene que la ciencia del clima es incierta y que la medida abaratará la factura eléctrica.
Vamos al dato que dimensiona el debate. El carbón concentra casi la mitad de las emisiones acumuladas de carbono del planeta desde que arrancó la era industrial, tanto como el petróleo y el gas juntos, y emite mucho más CO2 por unidad de energía que cualquiera de los dos. Por eso la mayoría de los expertos en clima considera que apagar las centrales de carbón es el mayor cambio posible para frenar el calentamiento global.
Sin una norma que fije un objetivo, decidir si una central de carbón cierra deja de ser una cuestión climática y pasa a depender solo de la cuenta de resultados.
La letra pequeña: el carbón ya caía por el gas barato, no por la norma
A ver: ni la norma de Obama ni la de Biden llegaron a aplicarse, y el carbón estadounidense lleva dos décadas derrumbándose igual. El motivo es el auge del fracking, que abarató el gas natural y permitió a las eléctricas sustituir sus plantas de carbón por ciclos combinados de gas. El gas también calienta el planeta, aunque más despacio, y el cambio ha recortado las emisiones del sector eléctrico estadounidense casi a la mitad.
📊 Impacto ecológico en cifras
- CO2 acumulado: el carbón concentra casi la mitad de las emisiones históricas del planeta desde la era industrial, tanto como el petróleo y el gas juntos.
- Daños sanitarios evitados por la norma de 2024: unos 370.000 millones de dólares en costes asociados al clima y a la contaminación del aire.
- Muertes prematuras: más de 1.200 al año en 2035, según las proyecciones de la administración Biden.
- Recorte ya logrado sin norma: las emisiones del sector eléctrico de EEUU cayeron casi a la mitad en dos décadas por el gas barato.
Para la salud pública el efecto es directo. Las centrales de carbón liberan mercurio y partículas finas, y la norma derogada habría evitado, según las proyecciones oficiales para 2035, cientos de miles de crisis de asma, cientos de visitas a urgencias y más de 1.200 muertes prematuras al año.

La justificación oficial mira al bolsillo del consumidor. Lee Zeldin, administrador de la EPA, defendió la medida en una cumbre internacional de energía celebrada en Texas con el argumento de que las administraciones demócratas libraron durante más de quince años una guerra contra el carbón y de que la nueva hoja de ruta busca desatar todo el potencial energético del país. Lo que la nota no detalla es qué capacidad de generación limpia entra en su lugar, ni con qué plazo.
El carbón que no muere: centros de datos, Southern Company y el pulso con el mercado
El contexto ha cambiado respecto a 2024. La demanda eléctrica de los centros de datos de inteligencia artificial ha reavivado el apetito por el carbón y ha llevado a muchas utilities a retrasar el cierre de sus activos heredados. El caso más citado es Southern Company, que con Biden planeaba retirar su gran planta de carbón de Misisipi en 2028 y anunció después que los centros de datos obligaban a mantenerla operativa bien entrada la década de 2030. Sus intentos previos de instalar captura de carbono en esas unidades acabaron en fracaso.
Hay otro frente abierto en los tribunales. La administración Trump ha ordenado a algunas centrales de carbón seguir operando más allá de su fecha de retirada prevista, una decisión que un tribunal federal declaró ilegal a principios de este mes. La derogación, en cambio, no necesita tribunal: elimina el palo regulatorio y deja al sector a merced del precio del gas.
Kenneth Gillingham, profesor de economía ambiental en Yale y asesor económico de la administración Obama durante la redacción del Plan de Energía Limpia, apunta que un objetivo normativo sirve sobre todo para enviar una señal clara a quienes deciden dentro de las empresas, y que esa señal se ha debilitado. Su lectura de fondo es menos dramática de lo que sugiere el titular. Las plantas de carbón estadounidenses solo envejecen, y la mayoría de las eléctricas prefiere sustituirlas por gas antes que repararlas: hay más demanda eléctrica que antes, pero el mercado sigue mandando.
Para Europa, la lectura es incómoda. El paquete Fit for 55 y el mercado europeo de derechos de emisión siguen funcionando como la palanca regulatoria que EEUU acaba de retirar, mientras las ayudas a la solar y la eólica de la Ley de Reducción de la Inflación continúan siendo el verdadero motor de la descarbonización estadounidense. El mecanismo de ajuste en frontera por carbono, el CBAM, ya grava las importaciones intensivas en emisiones. La pregunta que deja la decisión de la EPA es si ese ajuste bastará para que la industria no se desplace a una jurisdicción donde el CO2 no cuesta nada.
Ninguna administración ha logrado que la norma fuera el motor del cierre del carbón. La que venga encontrará el mismo problema que tuvo Obama: cómo acelerar la salida de un combustible que se apaga, pero no muere.
🌍 El Impacto Real para el Futuro
- Beneficio medible: la derogación elimina el techo federal de CO2 de un sector que emite cerca de la mitad del carbono acumulado del planeta desde la era industrial.
- Modelo que cambia: el cierre de centrales deja de responder a un calendario regulatorio y vuelve a depender del precio del gas y de la demanda de los centros de datos.
- Para las próximas generaciones: cada año extra de carbón sin límite añade emisiones que permanecerán siglos en la atmósfera y retrasa la sustitución por generación limpia.

