EE.UU. y Dinamarca cierran el pacto de Groenlandia que la OTAN aplaude y la UE deja pasar en silencio

El texto se firmará en Nueva York durante la Asamblea General de la ONU y aún no aclara cuánta presencia militar tendrá Washington en la isla. Copenhague insiste en que la soberanía no está en juego.

El pacto de Groenlandia entre Estados Unidos y Dinamarca se firmará la próxima semana en Nueva York. La letra pequeña sigue sin publicarse y Bruselas asiste al reordenamiento del Ártico sin mover ficha.

Donald Trump lo anunció el viernes por la noche en Truth Social, minutos después de cerrar una de sus comparecencias en el Despacho Oval, como si se hubiera dejado lo importante para el final. Según su versión, el acuerdo otorga a Washington el ‘control permanente’ de la seguridad de la isla frente a ‘países adversarios’. Sin coste alguno para el contribuyente estadounidense, añadió. Sin explicar cómo.

Dinamarca y Groenlandia confirmaron el entendimiento en la madrugada del sábado. La primera ministra danesa, Mette Frederiksen, sostuvo que el pacto refuerza la ‘seguridad compartida en el Ártico y en el Atlántico Norte’ y que resulta ‘muy positivo para la OTAN y para Europa. El comunicado oficial añade algo que Trump omitió: el texto ‘reconoce la soberanía y la integridad territorial del Reino’ y el derecho del pueblo groenlandés a la libre determinación.

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Dos relatos, un documento y ningún detalle.

El presidente de Groenlandia, Jens-Frederik Nielsen, lo calificó de ‘alentador’ y subrayó que reconoce ‘los intereses de Groenlandia y nuestro papel en la cooperación internacional. El ministro de Asuntos Exteriores danés, Lars Lokke Rasmussen, situó la firma en Nueva York, durante la Asamblea General de la ONU, que se celebra del 22 al 28 de septiembre, y confió en que ‘un periodo de incertidumbre dé paso a un acuerdo vinculante’. Después llegará el trámite parlamentario en Copenhague y en Nuuk.

Dos gobiernos europeos negocian la seguridad de un territorio europeo con Washington, y la UE no tiene ni voz ni instrumentos para sentarse en esa mesa.

El pacto cierra meses de amenazas. Trump insistió durante 2025 en comprar, anexionar o invadir la isla, incluso invocando la fuerza, hasta que en enero, durante su intervención en Davos, bajó el tono tras conversar con el secretario general de la OTAN, Mark Rutte. En la cumbre aliada de julio ya lo formulaba así: ‘La necesitamos para proteger al mundo, no solo a Estados Unidos’.

Un acuerdo sin detalles: lo que Washington llama control y Copenhague llama soberanía

Lo que no se sabe pesa más que lo que se sabe. No hay cifra de efectivos estadounidenses ni calendario de despliegues, y no está claro si Washington recibirá competencias formales sobre política exterior o recursos. Los negociadores estadounidenses insistieron en un derecho de veto sobre cualquier inversión relevante para dejar fuera a Rusia y a China. Nuuk y Copenhague se opusieron. Cómo se resuelve esa discrepancia sigue siendo un misterio.

En la capital groenlandesa el escepticismo es notable. ‘Estados Unidos no debería controlar Groenlandia. Creo que es mejor que cooperemos con la OTAN’, declaró Jakob Ludvigsen, de 65 años. El profesor Mikkel Vedby Rasmussen, de la Universidad de Copenhague, avisó de que el texto ‘probablemente no sea el final de las ambiciones del presidente Trump’ y dejó una pregunta incómoda: si Copenhague cede autoridad formal, habrá que discutir si sustituye una relación colonial por otra.

Por qué Bruselas guarda silencio y qué le cuesta a España ese hueco

Groenlandia OTAN

La Comisión Europea no ha emitido valoración alguna. Tampoco el Servicio Europeo de Acción Exterior. El silencio, en Bruselas, también es una posición: no hay doctrina ártica común, no hay capacidad militar propia en la zona y no hay asiento en la mesa donde se decide. Groenlandia no es Estado miembro —salió de la entonces CEE en 1985—, pero mantiene el estatus de territorio asociado y un acuerdo de pesca con la UE que tocará renovar.

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El problema de fondo son las materias primas. El Reglamento de Materias Primas Críticas fija para 2030 objetivos exigentes: extraer dentro de la UE el 10% del consumo de materiales estratégicos, procesar el 40%, reciclar el 25% y no depender de un solo país tercero para más del 65% de ningún insumo. Los yacimientos de tierras raras de Groenlandia eran la gran reserva europea sobre el papel. Si el veto inversor estadounidense sale adelante, esa puerta se cierra o se abre solo para empresas de Estados Unidos.

¿Y España? El aterrizaje llega por tres vías. La pesquera: la flota que faena en el Atlántico Norte depende de acuerdos que negocia Bruselas. La industrial: las compañías que aspiran a entrar en la cadena europea de tierras raras verían su mercado recortado. La de seguridad: Madrid no tiene costa ártica, pero sostiene su defensa sobre el paraguas aliado y el compromiso de elevar el gasto al 5% del PIB en 2035. La mayoría de los socios europeos prefiere mirar hacia otro lado.

El Eje del Poder Europeo

La geometría incomoda a Europa. Ocho Estados tienen costa en el Ártico y siete son miembros de la OTAN, Dinamarca entre ellos. Eso convierte a la Alianza en el marco natural del pacto y, a la vez, en la coartada que permite a Washington negociar bilateralmente con Copenhague lo que Bruselas no discute en ningún consejo. La propia OTAN se ha felicitado por un acuerdo que le entrega un corredor marítimo ordenado entre el Atlántico y el Ártico.

El eje franco-alemán asiste sin instrumentos. París y Berlín tienen interés declarado e industria naval, pero ninguna capacidad real de proyectar presencia donde todo depende de rompehielos y bases. Los nórdicos son los más atlanticistas, los que menos quieren a Bruselas entrometiéndose, y los que menos van a mover un dedo. Visegrado mira para otro lado. Moscú conserva la mayor flota de rompehielos del planeta, Pekín empuja su ruta polar y Europa no está en la mesa.

El precedente histórico ayuda a leerlo sin alarmismo. Estados Unidos y Dinamarca firmaron en 1951 un acuerdo de defensa que cedía a Washington el uso de bases en la isla, hoy base espacial de Pituffik, sin que la soberanía danesa se cuestionara entonces. Setenta y cinco años después el mecanismo es idéntico: seguridad a cambio de presencia, con las tierras raras como novedad y un aliado que ya no distingue entre su interés nacional y el de la Alianza. El estatus de Groenlandia —territorio autónomo del Reino, fuera de la UE desde 1985— explica por qué Bruselas no tiene competencia formal para opinar.

Para España la lección es de segundo orden, pero importa: Washington negocia con quien tiene algo que dar —una base, un corredor, un recurso— y no con quien firma declaraciones. Cualquier territorio europeo puede convertirse en moneda de cambio bilateral cuando su Estado no cuenta con respaldo colectivo. El primer test es el calendario: firma en Nueva York entre el 22 y el 28 de septiembre y ratificación después en el Folketing y el Inatsisartut. El segundo es Bruselas: si la Comisión reclama algún papel cuando toque renovar el acuerdo de pesca con Nuuk, sabremos si el silencio era estrategia o simple ausencia.