El Galician Freaky Film Festival cierra su décima edición en Vigo con 5.000 asistentes y 87 títulos proyectados

La décima edición consolida en Vigo una cita cultural singular, con más de 3.000 espectadores en las proyecciones de los Tamberlick. Su director, Juan de Castro, reivindica el carácter canalla y muy vigués que lo ha hecho crecer.

El Galician Freaky Film Festival ha cerrado en Vigo su décima edición con 5.000 asistentes y 87 títulos proyectados.

Diez años de cine raro que ya llenan las salas de Vigo

Durante dos semanas, la ciudad ha vuelto a abrir una ventana al cine más raro, atrevido y ajeno a las convenciones de la cartelera. Lo grotesco, lo absurdo, lo extraño y lo terrorífico han tenido su hueco en los cines Tamberlick, epicentro de una cita que ya cumple una década.

Las cifras acompañan. Más de 5.000 personas pasaron por los distintos eventos, y más de 3.000 se sentaron en las proyecciones. En total, 87 piezas audiovisuales llegadas de todo el mundo, con acento especial en el cortometraje.

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No es casual. La sección oficial volvió a reservar la mayor parte de su espacio al formato corto, una de las señas de identidad de un festival que reivindica un cine alejado de los circuitos habituales. Esta edición amplió la presencia de largometrajes, pero sin renunciar a esa apuesta por producciones breves y atrevidas que demuestran tener un público fiel.

El cierre llegó el sábado en los Tamberlick. Antes de la última proyección, con la recuperación de Golpe en la pequeña China (1986), de John Carpenter, se entregaron los galardones de una edición que ya mira a su undécimo año.

El gran premio del jurado fue para Dieu est timide, corto francés de animación de Jocely Charles en el que una conversación en un tren acaba convertida en un diálogo directo con Dios. El Premio Méliès de Plata recayó en Breadsong, de Katariina Aule, también reconocida por su realización, y da acceso a la nominación al mejor cortometraje europeo. El mejor guion fue para The Sentry, de Jake Wachtel; el corto más extraño, para Tele XXX, de Johnny Massahi; y el público eligió Borbulha, del portugués Fernando Alhe.

Diez años después, el festival ya no es una rareza: es una cita con personalidad propia en la ciudad gallega con más salas de cine.

Un público que ya forma parte del espectáculo

Quienes han pasado por alguna proyección saben que no consiste en sentarse en silencio frente a la pantalla. Las risas, los gritos, los aplausos y las reacciones espontáneas forman parte de la experiencia, y cada vez son más los espectadores que se animan a participar.

Lo que en cualquier otra sala resultaría extraño, aquí encaja con naturalidad. El festival invita a esa complicidad y el público responde. De ahí la fidelidad de una comunidad que su director, Juan de Castro, no duda en destacar.

El responsable del certamen resume la trayectoria como «diez años de absoluto frikismo» y pone el acento en la fidelidad de sus seguidores: «Estamos muy contentos, sobre todo por los fans que tenemos y por los que nos siguen, que eso es muy difícil en esta ciudad».

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Pero el crecimiento no implica renunciar a la identidad. «Es imprescindible e innegociable que siga funcionando así», sostiene De Castro, que reivindica el «ambiente canalla, macarra, muy vigués» del festival pese a su profesionalización.

Esa profesionalización ha convertido la cita en una referencia del cine fantástico y de género. La incorporación de más largometrajes apunta en esa dirección, y la nueva sección Panorama, estrenada este año, «llegó para quedarse», según el director.

El festival forma parte, además, de la red de la Federación Internacional de Festivales Méliès, un circuito que conecta citas de género repartidas por toda Europa. Ese respaldo explica que un corto galardonado en Vigo pueda acabar compitiendo por el mejor cortometraje europeo.

cine Vigo

El Laboratorio Gallego

Galicia sostiene una red cultural que se mide menos por los grandes presupuestos que por la constancia de sus citas. El Freaky es un buen ejemplo: un festival nacido al margen de los circuitos oficiales que hoy reúne a miles de personas en Vigo, la ciudad gallega con más salas de cine.

La cultura es competencia autonómica y se gestiona a través de la Consellería de Cultura, el equivalente gallego de un ministerio, que reparte un apoyo que nunca termina de contentar a todos los sectores. El PPdeG (Partido Popular de Galicia, que gobierna la Xunta con mayoría absoluta) define esa política, mientras el BNG (Bloque Nacionalista Galego) y el PSdeG (federación gallega del PSOE) fiscalizan desde el Parlamento de Galicia cualquier partida destinada al audiovisual. Las subvenciones los idiomas de producción o la internacionalización son puntos de fricción recurrentes.

El caso de Vigo apunta, eso sí, a una dimensión distinta. La presencia de obras de todo el mundo —y el triunfo del corto portugués Borbulha— enlaza con la Euroregión Galicia-Norte de Portugal, un espacio cultural que funciona más por abajo que por arriba, lejos de las cumbres institucionales.

El laboratorio, aquí, es más cultural que político. Galicia lleva años demostrando que puede sostener una escena propia, fiel y reconocible, y el Freaky lo confirma edición tras edición. La incógnita es si esa identidad canalla resiste el crecimiento y la profesionalización. La pelota queda en la undécima edición.

Ficha del Caso

  • El caso: El Galician Freaky Film Festival cierra su décima edición en Vigo tras dos semanas de cine fantástico, de género y de terror.
  • Datos importantes: Más de 5.000 asistentes, 3.000 de ellos en proyecciones; 87 títulos; clausura en los Tamberlick con Golpe en la pequeña China (1986).
  • Resumen: El certamen consolida una cita cultural con identidad propia en la ciudad gallega con más salas de cine y proyecta su crecimiento con la nueva sección Panorama.