AP-NORC sitúa la aprobación económica de Donald Trump en un nuevo mínimo a poco más de un mes de las legislativas de noviembre. La mayoría de los consultados responsabiliza a sus políticas del encarecimiento de la vida.
Cómo se lee una encuesta sobre el bolsillo
El dato llega desde Washington y con una firma que pesa: AP-NORC es el centro de investigación que comparten Associated Press y NORC, la unidad de estudios sociales de la Universidad de Chicago. No es un sondeo de campaña ni una medición partidista. Es la foto fija que muchos congresistas republicanos consultan cada mañana antes de de decidir qué decir y qué callar.
Lo relevante no es el porcentaje exacto, sino a quién señala el electorado. La mayoría de los encuestados culpa directamente a las políticas del presidente del alza de precios, y no a la herencia recibida, ni a las cadenas de suministro globales, ni a Bruselas. Esa atribución es un lastre en campaña: convierte cada factura del supermercado en un argumento de oposición.
Existe un matiz que impide hablar de debacle. Según la encuesta que recoge Just The News, una mayoría estrecha de votantes indecisos —los que deciden las elecciones en una decena de distritos— confía más en el Partido Republicano que en el Partido Demócrata para atajar el coste de la vida. El electorado desconfía del inquilino de la Casa Blanca y, a la vez, no tiene claro que la alternativa tenga mejor receta.
Ese empate incómodo es el terreno real de noviembre. Y el precio de la cesta de la compra decide elecciones. Siempre lo ha hecho.
Una encuesta sobre el precio del pan pesa más en una campaña de medio mandato que cualquier discurso sobre geopolítica o grandeza nacional.
El calendario electoral estadounidense es despiadado con quien ocupa el poder. El partido del presidente ha perdido escaños en casi todas las legislativas de medio mandato del último siglo, con contadas excepciones que la historia recuerda precisamente por su rareza. En noviembre de 1982, con el desempleo por encima del 10% y una recesión recién digerida, Ronald Reagan perdió más de dos docenas de escaños en la Cámara y su agenda económica quedó tocada. Dos años después ganó por goleada. Las encuestas de otoño no son sentencias firmes; son avisos.
El precio de la compra manda en la campaña

La campaña republicana se ha reordenado alrededor de un mensaje simple: los precios subieron por la herencia demócrata y bajarán con disciplina fiscal, energía barata y menos regulación federal. Es el guion que funcionó en 2024 y que ahora se topa con una dificultad nueva: el electorado ya no compara con 2022, compara con el recibo del mes pasado.
La inflación ha dejado de ser un titular para convertirse en memoria corporal. Los votantes no recuerdan la tasa interanual; recuerdan lo que costaba la carne hace tres años y lo que cuesta hoy. Ese diferencial, sostienen quienes analizan la opinión pública americana, explica por qué una economía con datos macro razonables sigue produciendo malestar en las urnas.
El índice de precios al consumo que publica la Oficina de Estadísticas Laborales es, desde hace tres ciclos electorales, el documento más leído de Washington después del presupuesto. Cada décima mueve escaños.
Para el Congreso, el arranque del año fiscal federal —que comienza cada 1 de octubre— añade una capa de tensión suplementaria. El Capitolio debe decidir si cierra filas con la Casa Blanca en materia de gasto o si, por el contrario, los republicanos de distritos ajustados empiezan a marcar distancia antes de la cita con las urnas.
La Lógica de Washington
Antes de sacar conclusiones apresuradas conviene entender qué intenta resolver la administración. El diagnóstico interno es claro: la Casa Blanca cree que el problema no es la economía, sino la percepción de la economía. De ahí el despliegue de aranceles —la Section 232, ese artículo de la ley de comercio de 1962 que permite al presidente gravar importaciones por razones de seguridad nacional sin pasar por el Capitolio— y de incentivos fiscales a la producción doméstica. La idea no es recaudar, es recolocar fábricas y, con ellas, votos.
La coalición que sostiene esa estrategia es más amplia de lo que sugiere la etiqueta de «America First». Incluye a los trabajadores industriales del Cinturón del Óxido que votaron dos veces por Obama y dos veces por Trump, a los pequeños empresarios que quieren menos regulación y a una parte del Partido Republicano que ha hecho del proteccionismo su nueva ortodoxia. Es la misma familia política que ya empujó a Reagan a proteger el acero en 1984 y a Richard Nixon a cerrar la ventana del oro y congelar precios por decreto en 1971. Washington no improvisa: recicla.
Washington no pide permiso. Y nadie dijo que fuera gratis.
Para España, el asunto tiene consecuencias contables. Estados Unidos figura entre los primeros destinos extracomunitarios de la exportación española, con el aceite de oliva, el vino, las conservas, la maquinaria, y el automóvil entre los capítulos más expuestos. Cualquier endurecimiento arancelario adicional golpea de lleno al campo andaluz y a la industria auxiliar de Madrid y de Barcelona. En paralelo, las empresas con intereses al otro lado del Atlántico —Santander, Iberdrola a través de su filial estadounidense, Ferrovial, Inditex y Meliá— siguen con lupa el tipo de cambio y el rumbo de la Reserva Federal, porque cada punto que mueve el precio del dinero en Washington encarece también la financiación de la deuda soberana española. Y el turismo, la partida que más dólares trae a España, depende de que el consumidor americano conserve ganas y margen para viajar.
La proyección inmediata tiene tres fechas. Las elecciones de medio mandato, en noviembre. La negociación presupuestaria en el Capitolio, que marcará el tono de la relación con la UE. Y la próxima reunión del FOMC (el Comité Federal de Mercado Abierto, el órgano que fija los tipos de interés en EE. UU.), donde se decidirá si el enfriamiento de precios permite aflojar la cuerda.
La incógnita es otra, y no se resuelve con encuestas: si el votante vota con el bolsillo y el bolsillo le dice que está peor, ninguna campaña salva al candidato. La lectura estratégica es que Washington ya lo sabe. Por eso acelera todo lo que puede antes de que se cierre la ventana.
Ficha del Caso
- El caso: El sondeo de AP-NORC sitúa la aprobación económica de Trump en un nuevo mínimo y señala que la mayoría culpa a sus políticas del alza de precios, a poco más de un mes de las legislativas de noviembre.
- Datos clave: Encuesta conjunta de Associated Press y NORC, la unidad de estudios sociales de la Universidad de Chicago. Mide aprobación económica presidencial, no intención de voto. Un sondeo paralelo recogido por Just The News apunta a una mayoría estrecha de indecisos que confía más en el Partido Republicano en materia de coste de la vida.
- Para España: El resultado condiciona la negociación arancelaria con la UE y el rumbo del FOMC. Aceite de oliva, vino, conservas, maquinaria y automoción son los capítulos exportadores más expuestos a un endurecimiento de la política comercial americana.

