EE.UU. completa su retirada de Irak tras 23 años y el IRGC lo celebra como ‘victoria histórica’

El Pentágono confirma la salida de los últimos soldados, con 4.419 militares caídos y un coste estimado de 2,8 billones de dólares. Teherán exige ahora la salida estadounidense de todo Oriente Próximo.

EN 30 SEGUNDOS

  • ¿Qué ha pasado? El Pentágono ha confirmado la salida de los últimos soldados estadounidenses de Irak, 23 años después de la invasión de 2003.
  • ¿Quién está detrás? La administración de Donald Trump ordena el repliegue definitivo; el IRGC iraní lo celebra como una ‘victoria histórica’.
  • ¿Qué impacto tiene? Reordena el tablero de Oriente Próximo, debilita el paraguas de disuasión en el flanco sur y abre presión diplomática para Europa y España.

El Pentágono ha confirmado la salida de los últimos soldados estadounidenses de Irak, 23 años después de la invasión de 2003.

Qué ha pasado: el último convoy y el pulso de los comunicados

La confirmación llegó esta semana desde el Pentágono. Los últimos efectivos han cruzado la frontera y ponen fin a una presencia militar que arrancó con la invasión de marzo de 2003, cuando la administración de George W. Bush acusó a Sadam Huseín de poseer armas de destrucción masiva que nunca llegaron a aparecer. El IRGC no tardó en reaccionar: en un comunicado difundido al día siguiente, la Guardia Revolucionaria felicitó a la ‘orgullosa nación de Irak’ y a los ‘combatientes revolucionarios del mundo islámico’ por lo que calificó de ‘victoria histórica’.

El primer ministro iraquí, Ali al-Zaidi, presentó la marcha como el inicio de una ‘nueva fase’ definida por la soberanía del país, la fortaleza de sus instituciones y su capacidad de decisión. Donald Trump la describió en su red Truth Social como ‘una excursión muy cara al infierno’ y sostuvo que su conclusión beneficia tanto a Washington como a Bagdad. Lo que el presidente no ocultó fue el diagnóstico: fue él mismo quien calificó de ‘muy mala decisión’ el haber entrado en ese atolladero.

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Los números de la ocupación: 4.419 muertos y 2,8 billones de dólares

IRGC

Los números de la ocupación son tan contundentes como incómodos. Según el propio Pentágono, 4.419 militares estadounidenses murieron en Irak a lo largo de estas más de dos décadas. El proyecto Costs of War de la Universidad de Brown —referencia académica en el cómputo de estas cifras— eleva el coste para el contribuyente norteamericano a unos 2,8 billones de dólares. La Guardia Revolucionaria lo tradujo de inmediato a lenguaje político: ‘Estas cifras muestran la derrota pesada y vergonzosa de Estados Unidos’.

El coste humano iraquí es mucho mayor y menos preciso. Diversos estudios estiman que más de un millón de civiles perdieron la vida durante el periodo, con millones de desplazados internos y una diáspora que todavía no ha regresado. A eso se suma el efecto dominó que la propia invasión desencadenó: del caos posterior surgió en 2014 el autodenominado Estado Islámico, que obligó a Washington a reengancharse a una campaña militar de la que ahora sale definitivamente.

En su comunicado, la Guardia va más allá de Irak. Sostiene que la ‘expulsión’ de Irak es ‘el preludio de su expulsión de toda Asia Occidental’ y exige que Estados Unidos abandone la región y deje la gestión de la seguridad a los propios pueblos. Es la formulación más nítida del objetivo iraní: convertir la retirada iraquí en la primera ficha de un dominó que, en su hoja de ruta, debería tumbar también las bases de Catar, Baréin, Kuwait,, Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudí y Jordania.

La retirada de Irak no cierra una guerra: abre la partida que Teherán lleva años jugando con el tablero a su favor.

Equilibrio de Poder

La retirada de Irak no se produce en el vacío. Llega tras una guerra con Irán que Washington abrió a finales de febrero y que ha golpeado su arquitectura militar en el Golfo. Según fuentes del Pentágono y análisis OSINT, Teherán ha dañado o destruido radares clave, sistemas de comunicaciones e infraestructura en bases de Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudí, Baréin, Jordania y Kuwait.

El propio Pentágono estudia, según informó The Washington Post en agosto, reducir su huella militar en la región una vez se cierre ese conflicto. En clave transaccional, la administración Trump vende la salida como una victoria y un ahorro; sus críticos la leen como una cesión ante Teherán.

Moscú observa con interés. Para el Kremlin, cada repliegue estadounidense confirma su tesis sobre el declive de la hegemonía norteamericana y abre una oportunidad para ampliar su influencia en Oriente Próximo, ya consolidada en Siria. Bruselas mira de reojo: una Asia Occidental sin paraguas americano obliga a Europa a replantearse su dependencia energética y su capacidad de proyección, justo cuando la OTAN discute el reparto de cargas. La paradoja es conocida: la UE reclama autonomía estratégica y, al mismo tiempo, se apoya en Washington para la seguridad del flanco sur.

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Para España, la ecuación tiene consecuencias directas. La retirada debilita el paraguas de disuasión en el flanco sur de la OTAN y desplaza el foco hacia el Mediterráneo oriental y el Sahel, dos escenarios donde España juega un papel clave desde las bases de Rota y Morón, con cuatro destructores AEGIS desplegados de forma permanente en Cádiz. Un Teherán empoderado en el Golfo puede alimentar la inestabilidad en el Sahel, donde operan grupos yihadistas y donde España tiene intereses estratégicos y migratorios. La presión sobre el gasto en defensa comprometido con la OTAN se acentúa si Europa tiene que asumir más seguridad por sí misma.

El precedente más cercano es Afganistán. La retirada de 2021 se presentó como el fin ordenado de una misión y terminó siendo una estampida que devolvió el poder a los talibanes en cuestión de semanas. Irak no es Afganistán, pero comparte una característica incómoda: la seguridad del país queda en manos de unas fuerzas propias que, sin la tutela exterior, tendrán que demostrar su cohesión frente a las milicias proiraníes que ya celebran la salida estadounidense. La próxima ventana crítica llega con la evolución de la guerra con Irán y con el debate interno en el Pentágono sobre cuánto desmantelar del resto del dispositivo en el Golfo.

Lo que observamos, en definitiva, es un repliegue que Washington vende como cierre y Teherán lee como apertura. El próximo informe del IISS Military Balance y la evolución del frente iraní marcarán el calendario de una región que, sin la tutela americana, entra en terreno desconocido.