Complejo de salvador, negocio de pirómano: cómo Washington incendia países para luego venderles las tiritas

Tras la fachada moral de llevar la democracia al mundo, la diplomacia de Washington ha dejado tras de sí una estela de estados en ruinas, fanatismo y miseria. Desde la conspiración de la CIA en Irán en 1953 que abrió las puertas al régimen de los ayatolás, hasta la farsa de las armas de destrucción masiva en Irak y la vergonzosa desbandada de Kabul tras derrochar dos billones de dólares, el Pentágono actúa como un bombero pirómano. Mientras gigantes armamentísticos como Lockheed Martin o Halliburton pulverizan récords bursátiles, Occidente sigue creyéndose el superhéroe de una película donde solo reparte escombros, endosando sin sonrojo la factura del desastre a las organizaciones humanitarias.

La diplomacia de Washington domina el arte de presentar cada aventura bélica como un rescate humanitario. Cada portaaviones fletado, cada bombardeo táctico y cada cambio de régimen encubierto se venden al mundo con la liturgia de la libertad y los derechos civiles. Sin embargo, al descorrer la cortina de la geoestrategia, emerge con nitidez la figura del pirómano institucional, aquel que acude con sirenas de bombero a sofocar los incendios que sus propios servicios de inteligencia encendieron décadas atrás.

El punto de partida de este intervencionismo tóxico se remonta al verano de 1953 en Teherán. Aquel año, la CIA y el servicio secreto británico orquestaron la célebre Operación Ajax para derrocar a Mohammad Mosaddeq. El mandatario persa, una figura laica respaldada por las urnas, cometió el atrevimiento de nacionalizar el petróleo iraní, en manos de intereses británicos. Para castigar su osadía, Washington sacrificó la primera democracia parlamentaria de Oriente Medio y reinstauró la tiranía del Sha Mohammad Reza Pahlavi, asegurando el flujo barato de crudo mientras miraba hacia otro lado ante las torturas de la policía secreta SAVAK.

La purga sistemática liquidó durante veinticinco años a las corrientes laicas, liberales y de izquierda, dejando a las mezquitas como único refugio de protesta tolerado. Cuando el trono del Sha colapsó por su propia descomposición en 1979, el vacío de poder fue capitalizado por la revolución integrista del ayatolá Ruhollah Jomeini. Aquella operación clandestina para abaratar barriles de petróleo sembró, de forma involuntaria pero implacable, la teocracia armada que hoy encabeza el eje hostil a Occidente.

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tio sam Moncloa
Propaganda militar emblemática del Tío Sam. Fuente: Agencias

El gran negocio de las ruinas en Bagdad y Kabul

Medio siglo más tarde, tras el 11 de septiembre, el Pentágono perfeccionó la retórica del rescate para justificar invasiones preventivas a gran escala. La invasión de Irak en 2003 representó la cumbre del cinismo militar contemporáneo. Con el pretexto de unas armas de destrucción masiva que los inspectores jamás encontraron, las tropas angloestadounidenses arrasaron Bagdad prometiendo instaurar una democracia modélica. La realidad fue el desmantelamiento total del Estado iraquí mediante la disolución del ejército regular y la purga generalizada de funcionarios.

La desaparición fulminante de la autoridad abrió las compuertas a una sangría sectaria que costó la vida a más de doscientas mil personas según los cómputos de Iraq Body Count. Lejos de garantizar la paz, la ocupación estadounidense generó el caldo de cultivo donde germinó el Dáesh entre las celdas de las prisiones militares y los desiertos de Irak, desatando una metástasis terrorista que devoró fronteras y desangró a toda la región.

El desenlace en Afganistán confirmó que las intervenciones prolongadas no buscan reconstruir naciones, sino engordar los balances del complejo militar e industrial estadounidense. Gigantes de la defensa como Lockheed Martin, General Dynamics o la corporación Halliburton multiplicaron sus ingresos públicos a costa de una contienda interminable. Los análisis del Costs of War Project de la Universidad Brown calcularon que la factura del despliegue superó holgadamente los dos billones de dólares, un torrente de capital que apenas levantó instituciones fiables y sirvió para oxigenar una cleptocracia local que colapsó a la primera sacudida insurgente.

La desbandada de agosto de 2021 en las pistas del aeropuerto de Kabul desnudó la bancarrota moral de dos décadas de ocupación. Estados Unidos abandonó el país devolviendo las llaves del poder exactamente a los mismos talibanes a los que prometió erradicar, dejando a millones de mujeres y civiles a merced del integrismo religioso. Para culminar el atropello, Washington confiscó más de siete mil millones de dólares pertenecientes a las reservas soberanas del Banco Central afgano, paralizando los pagos bancarios y empujando a la población a una hambruna que la Casa Blanca trasladó de inmediato a los presupuestos de Naciones Unidas.

El fondo del asunto no reside en la incompetencia táctica de los generales del Pentágono, sino en la patología moral que guía su doctrina exterior. La obsesión occidental por disfrazarse de superhéroe altruista sirve para encubrir una insaciable pulsión de dominación, extracción de recursos y control geopolítico. Asumir que la potencia hegemónica despliega sus tropas para sembrar la concordia exige ignorar un siglo de hemeroteca implacable. En el tablero del poder real, la estabilidad jamás ha sido el fin, sino la coartada retórica. Cuando una potencia se autoproclama faro ético del planeta, se concede a sí misma la licencia de arrasar soberanías ajenas bajo el pretexto de salvarlas. Difícilmente puede erigirse en modelo civilizatorio quien necesita dinamitar las libertades de los demás para sostener la ilusión de su propia grandeza.

Los contratistas de Virginia blindaron sus dividendos millonarios mientras las sociedades receptoras de la libertad quedaban reducidas a escombros. Cuando los transportes militares despegan y las embajadas echan el cierre, la tragedia humana se transfiere a las oenegés internacionales. La exportación de la democracia a golpe de misil ha demostrado ser el negocio privado más rentable del mundo a costa de hipotecar la supervivencia de millones de civiles, un rastro de destrucción sistemática por el que ningún estratega de Washington ha comparecido jamás ante un tribunal.

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