La ultraderecha alemana AfD ha colocado a Tobias Rausch al frente del parlamento regional de Sajonia-Anhalt. Es la primera vez que ocurre desde 1945. Y no es un detalle menor: Alemania es la primera economía de la eurozona y uno de los principales socios comerciales de España.
Vamos por partes. El pasado 6 de septiembre, Alternativa para Alemania ganó las elecciones regionales de esa región con el 44% de los votos, el mejor resultado de un partido de extrema derecha en Europa desde la Segunda Guerra Mundial. Cuatro años antes se había quedado en el 23,2%, y los conservadores de la CDU del canciller Friedrich Merz se despeñaron del 37,1% al 17,4%.
El martes, la cámara regional eligió a Rausch con 48 votos a favor, 29 en contra y cinco abstenciones. AfD sumaba 39 diputados propios y daba por hechos los cinco de la pequeña BSW, la formación de izquierda radical prorrusa. Salieron cuatro apoyos más de los calculados. Con ellos, la presidencia.
Lo que une a AfD y a BSW es el rechazo frontal a todo lo que suene a Unión Europea y una comprensión explícita hacia las intenciones expansionistas de la Rusia de Putin en Ucrania. Ese cóctel, dentro de un parlamento alemán, deja de ser una anécdota de provincias.
La victoria de septiembre no fue un caso aislado. AfD se impuso también en Mecklemburgo-Pomerania Occidental, en el noreste del país, y aunque allí se espera que acabe gobernando una coalición de izquierdas, el aviso quedó dado. Su candidato más popular, Ulrich Siegmund, buscará en diciembre presidir ese Estado federado.
AfD preside ya una cámara regional alemana, y su 44% en Sajonia-Anhalt supera en veinte puntos la media europea de la ultraderecha.
Sobre el partido pesa una etiqueta que no es periodística. La Oficina de Protección de la Constitución, el servicio de inteligencia interior alemán, lo catalogó como extremista y amenaza para la democracia en 2023. Y su bandera más incómoda es la llamada remigración, un eufemismo para deportar a millones de residentes y a sus descendientes aunque tengan pasaporte europeo, atendiendo a su origen o a su religión.
El presidente del Consejo Central de los Judíos en Alemania, Josef Schuster, declaró a Die Welt que está ‘consternado’ y advirtió de que un partido clasificado como extrema derecha ‘está a un paso de gobernar en solitario un Estado alemán’. El debate sobre su ilegalización, impulsado por los socialdemócratas, lleva meses sobre la mesa.
Qué se juega España con el avance de la ultraderecha alemana
Traducido: lo que ocurre en Magdeburgo se decide también en Bruselas, y lo que se decide en Bruselas acaba llegando a Madrid, a Valencia o a Canarias.
Alemania es la mayor economía de la eurozona y uno de los principales socios comerciales de España. Un Gobierno alemán en horas bajas —Merz encadena disputas internas en su coallición con los socialdemócratas y una popularidad en mínimos— pierde capacidad de empuje en los grandes expedientes europeos: las sanciones a Rusia, el apoyo militar a Ucrania, el pacto migratorio o el próximo presupuesto comunitario.
Cada uno de esos frentes toca intereses españoles muy concretos. En migración, el avance de AfD presiona a la CDU para endurecer el discurso justo cuando España aplica el pacto europeo de asilo y lidia con la presión migratoria en las islas Canarias.
En energía y seguridad, un socio alemán debilitado y con una pata prorrusa dentro de sus instituciones complica mantener la unidad europea frente a Moscú, que es lo que ha sostenido precios y suministro en el continente. Y en industria, las empresas españolas que venden o producen en Alemania —automoción, química, bienes de equipo— trabajan con un socio que empieza a mirar su política interior con vértigo.
El aislamiento de AfD en Europa, por cierto, no es un invento: varios partidos de extrema derecha del Parlamento Europeo se escindieron para formar un grupo propio sin los alemanes, porque su compañía resultaba políticamente tóxica. Ese cordón se sostiene en Bruselas; en Alemania acaba de saltar una de sus piezas.
El precedente que conviene recordar antes de dar lecciones
Alemania tiene memoria suficiente para saber cómo empiezan estas cosas. En la República de Weimar, un partido marginal pasó de menos del 3% a superar el 37% en apenas cuatro años, entre 1928 y 1932, sin que las instituciones fueran capaces de frenarlo desde dentro. Esa experiencia explica el gesto grave con el que buena parte del país ha recibido la noticia de Sajonia-Anhalt.
Conviene, aun así, no confundir escenarios. La Alemania de 2026 tiene instituciones sólidas, sociedad civil y una Unión Europea que no existía en 1933. El paralelismo que más se repite en la prensa alemana no es el del desenlace, sino el del tiempo: lo que tardó en normalizarse lo que ayer parecía impensable.
De vuelta a España, el espejo sirve. Aquí la extrema derecha entró en gobiernos autonómicos de coalición a partir de 2022, sin que el sistema institucional se viniera abajo, y ese dato ayuda a medir el fenómeno con serenidad. La pregunta europea ya no es si estas formaciones crecen, sino cuánto del edificio común son capaces de condicionar desde dentro.
Los próximos hitos tienen fecha. En diciembre se vota la presidencia de Mecklemburgo-Pomerania Occidental; sigue abierto el debate sobre la vigilancia y la posible ilegalización del partido; y en Bruselas espera la negociación del próximo marco presupuestario, donde Berlín pesa más que ningún otro Estado miembro. Ahí se sabrá si el tabú roto en Sajonia-Anhalt fue un episodio o el primer capítulo.
📌 Ficha del Caso
- Ficha sobre el caso: AfD ganó el 6 de septiembre las elecciones regionales de Sajonia-Anhalt y este martes colocó a Tobias Rausch al frente del parlamento regional.
- Datos importantes: 44% de los votos, 48 apoyos de 82 diputados para Rausch y una caída de la CDU del 37,1% al 17,4%.
- Resumen: El avance ultra en la primera economía europea debilita el empuje de Berlín en decisiones comunitarias que afectan a España.

