Pakistán ha presentado oficialmente su primer submarino clase Hangor de fabricación china, una plataforma que redefine la rivalidad naval con India en el Índico. El acto se celebró en los astilleros de Wuhan y marca un punto de inflexión en la cooperación militar entre Islamabad y Pekín, que llevaba años gestándose bajo discreción técnica.
Una plataforma de combate diseñada para el flanco sur asiático
El Hangor pakistaní es una variante de exportación del Type 039B chino, un submarino convencional con propulsión independiente del aire (AIP, en sus siglas en inglés), tecnología que permite operar sumergido durante semanas sin necesidad de salir a esnórquel. Con unos 76 metros de eslora y un desplazamiento estimado en 2.800 toneladas, la plataforma incorpora capacidad de lanzamiento de misiles antibuque y de crucero desde tubos lanzatorpedos, según los datos técnicos manejados por el IISS en su Military Balance.
El contrato, firmado en 2015 por unos 5.000 millones de dólares, contempla la entrega de ocho unidades. Cuatro se construyen en China y otras cuatro en los astilleros de Karachi con transferencia parcial de tecnología, un detalle clave que explica por qué el programa ha tardado más de una década en dar su primer resultado tangible. La marina pakistaní espera recibir las ocho unidades antes de 2028.
No es solo armamento. Es doctrina.
Por qué este movimiento incomoda a Nueva Delhi y a Washington
India lleva años ampliando su flota submarina con los Scorpène de fabricación francesa y el desarrollo propio de los SSBN clase Arihant, equipados con misiles balísticos nucleares K-15 y K-4. La incorporación del Hangor altera ese cálculo: Pakistán pasa de operar una flota anticuada de submarinos Agosta-90B —diseño francés de los años noventa— a una plataforma moderna con AIP que complica el dominio naval indio en el mar Arábigo y en el acceso al Índico.
La lectura desde Washington es ambivalente. El Pentágono observa con preocupación la consolidación del eje Pekín-Islamabad como contrapeso a la asociación India-Estados Unidos en el marco del Quad (Australia, Estados Unidos, India, Japón). Pero también constata que Pakistán, históricamente cliente de armamento occidental, se ha pasado al campo chino sin retorno aparente. Los datos de SIPRI son contundentes: más del 80% de las importaciones de armamento pakistaní entre 2019 y 2024 procedieron de China, frente al 51% de la década anterior.

En paralelo, Pekín gana algo más que un cliente. Gana acceso operativo. El puerto de Gwadar, en la costa pakistaní del Baluchistán y financiado dentro del Corredor Económico China-Pakistán (CPEC), ofrece a la armada china una posible base logística avanzada en el Índico. Nadie en Islamabad lo confirma oficialmente. Nadie en Pekín lo desmiente con rotundidad.
Equilibrio de Poder
Analizamos este movimiento como una pieza más de la arquitectura A2/AD (anti-acceso y denegación de área) que China está construyendo en el Índico, su flanco más vulnerable en términos de suministro energético. El 80% del petróleo importado por China atraviesa el estrecho de Malaca, y un Pakistán naval reforzado actúa como amortiguador frente a la presencia india y estadounidense en aguas que Pekín considera estratégicas. La administración Trump, centrada en la contención de China en el Indo-Pacífico, observa con frialdad cómo el flanco occidental de ese teatro se desliza hacia la órbita de Pekín sin que Washington tenga palancas claras sobre Islamabad. La política de sanciones cruzadas que la primera administración Trump aplicó sobre la ayuda militar a Pakistán dejó secuelas que el actual equipo del Pentágono no ha sabido revertir.
Para Bruselas y para Moncloa, el impacto es indirecto pero relevante. España mantiene intereses comerciales y energéticos en el Índico a través del tráfico marítimo que conecta Suez con el Pacífico, y el endurecimiento del entorno de seguridad en esa región eleva las primas de seguro y los costes logísticos. A eso se suma la lectura industrial: Navantia compite por contratos de submarinos con las series S-80 Plus, y la consolidación china en el segmento exportador convencional —donde Alemania, Francia y España jugaban tradicionalmente— estrecha el mercado. Pakistán era un cliente potencial perdido. Otros lo serán si Pekín mantiene precio y transferencia de tecnología.
El Hangor no cambia por sí solo el equilibrio en el Índico, pero confirma que China ya no exporta solo plataformas: exporta arquitectura estratégica.
El precedente más útil para entender este movimiento es el contrato chino-tailandés de submarinos S26T, firmado en 2017 y arrastrado por años de retrasos por problemas con motores alemanes que Berlín bloqueó. Aquel episodio mostró que las plataformas chinas dependían aún de componentes occidentales críticos. El Hangor pakistaní llega ya con motorización china propia, lo que reduce ventanas de chantaje occidental sobre futuros clientes. La autonomía industrial de Pekín en propulsión naval convencional es la verdadera novedad estratégica de esta entrega, más incluso que el casco entregado a Pakistán.
Cabe recordar que Nueva Delhi no se quedará quieta. La marina india ya ha acelerado el Proyecto 75-I para incorporar seis submarinos adicionales con AIP, y mantiene conversaciones con Alemania y Corea del Sur. La ventana en la que Pakistán disfrutará de superioridad cualitativa será corta, probablemente no más allá de 2030.
El siguiente hito a vigilar es la entrega de la segunda unidad Hangor, prevista para finales de este año en los astilleros de Karachi, y la próxima reunión del diálogo estratégico India-Estados Unidos, donde Washington intentará ofrecer a Nueva Delhi un paquete naval que compense lo que ha dejado escapar en Islamabad. La aritmética del Índico ya no se escribe solo en inglés y en hindi. También en mandarín.

