Alemania se queda sin ataque de largo alcance. La decisión de la administración Trump de retirar miles de soldados y cancelar el despliegue de misiles Tomahawk en suelo alemán deja a Berlín sin la capacidad de disuasión profunda que Washington prometió en 2024. El repliegue estadounidense entierra el plan Biden-Scholz y abre una brecha en la arquitectura de defensa europea.
El puente que se derrumba
En julio de 2024, Joe Biden y Olaf Scholz sellaron un acuerdo que parecía resolver una carencia estratégica alemana: el despliegue temporal de una Fuerza de Tarea Multidominio equipada con el sistema Typhon. Capaz de disparar misiles de crucero Tomahawk e interceptores SM-6, el sistema cubría el hueco hasta que los europeos desarrollaran sus propias alternativas.
Dos años después, el acuerdo es papel mojado La Casa Blanca ha congelado el despliegue y anuncia la retirada de al menos 5.000 soldados de territorio alemán. Trump sugiere, además, que la cifra final podría ser mucho mayor. “Eso rasga de nuevo la brecha de capacidad”, declaró el ministro de Defensa alemán, Boris Pistorius, tras un gran ejercicio de armas combinadas de la Bundeswehr en Munster.
El tono de Pistorius era contenido pero la lectura estratégica es otra. Alemania pierde, de golpe, la capacidad de golpear a más de 2.000 kilómetros con misiles de crucero convencionales. Una distancia que, desde suelo alemán, sitúa bajo amenaza instalaciones rusas en el óblast de Kaliningrado, Bielorrusia y el flanco occidental ruso. Sin Tomahawks, la disuasión convencional europea depende del inventario de misiles de crucero británicos y franceses.
Las tres vías de Berlín para cerrar la brecha
Kornelius Müller, secretario de Estado en el Ministerio de Defensa, detalló el lunes la respuesta alemana sobre tres carriles. El primero, modernizar los misiles Taurus actuales y acelerar el Taurus Neo, aprobado por el Bundestag a finales de 2025. El segundo, la compra de sistemas de mercado: Berlín remitió en julio de 2025 una carta de solicitud formal a Washington para adquirir lanzadores Typhon. Sigue, oficialmente, “en proceso”. Müller no aclaró si el Pentágono ha respondido.
El tercer carril es ELSA —European Long-Range Strike Approach—, el programa conjunto con Reino Unido al que Francia ha mostrado intención de sumarse. Alcance previsto: más de 2.000 kilómetros. Fecha de entrada en servicio: Müller se negó a comprometer un solo año. El programa ELSA no estará listo antes de 2030, si es que llega a estarlo. Depende de la disponibilidad industrial y del ritmo de desarrollo tecnológico, dos variables que la industria europea de defensa no controla en solitario.
Pistorius reconoce la urgencia: “Necesitamos un instrumento —con ayuda estadounidense o por otras vías— para cerrar la brecha en este periodo puente lo antes posible”. Pero ese instrumento no aparece. La compra de Typhon parece encallada en la burocracia transatlántica. ELSA es una promesa a medio plazo. Y el Taurus Neo todavía está en fase de desarrollo.
La brecha de disuasión convencional europea la cubrían los Tomahawk estadounidenses. Ahora, Alemania busca alternativas sin respuesta clara de Washington.
La ironía estratégica es evidente. Alemania, que durante años resistió las presiones de la OTAN para aumentar su gasto en defensa, se encuentra hoy liderando la búsqueda de capacidades de ataque profundo. Pero lo hace atada de pies y manos por la dependencia tecnológica de un Washington que ya no considera el teatro europeo su prioridad. La administración Trump lo ha verbalizado sin matices: el futuro está en el Indo-Pacífico.
El repliegue de los Tomahawk no es un hecho aislado. Se suma al anuncio de retirada de tropas, a la presión para que los aliados eleven el gasto militar al 5% del PIB y al enfriamiento del paraguas nuclear extendido. La OTAN que diseñó la disuasión europea en la posguerra fría está mutando en una alianza de dos velocidades, con Washington como proveedor cada vez más condicionado y una Europa que se debate entre la autonomía estratégica y la fragmentación industrial.

Equilibrio de Poder
La retirada estadounidense de Alemania altera el equilibrio de poder en el flanco oriental de la OTAN de forma sutil pero profunda. Moscú observa. El Kremlin ha seguido con atención cada anuncio de repliegue y cada debate sobre misiles en suelo europeo. La cancelación del despliegue Tomahawk elimina, de facto, la amenaza de un ataque convencional profundo desde territorio alemán. Para el Estado Mayor ruso, es una ventana de oportunidad táctica en el Báltico y en el corredor de Suwalki.
Para España, el impacto no es directo en términos de despliegue de misiles, pero sí en la arquitectura de defensa en la que se insertan nuestras capacidades. La base de Rota alberga cuatro destructores AEGIS con capacidad antimisiles balísticos, el mayor activo de defensa antimisiles de Estados Unidos en Europa. La retirada de los Tomahawk de Alemania y la posible reducción de tropas en el continente presionan sobre la contribución española a la OTAN. Si Washington reduce su huella, Bruselas pedirá a los aliados del sur más gasto, más despliegue y más presencia en el flanco este. Moncloa lo sabe y también sabe que el debate del 5% del PIB en defensa —unos 70.000 millones de euros anuales para España— se volverá inevitable en el próximo Consejo Europeo.
Hay un precedente histórico que conviene no olvidar. En 1979, la OTAN respondió al despliegue de misiles soviéticos SS-20 con los euromisiles —Pershing II y Tomahawk— en suelo europeo. Aquella crisis desató protestas masivas, pero forzó a Moscú a negociar el Tratado INF. Hoy no hay euromisiles estadounidenses en Europa; los Tomahawk iban a ser, precisamente, el primer despliegue significativo desde 1987. Su cancelación devuelve a Rusia la iniciativa en el escalón convencional profundo. Europa se queda sin carta de negociación en un momento en que el Kremlin despliega sus propios Iskander y Kinzhal sin restricciones.
La lectura a diez años es inquietante. Si ELSA falla o se retrasa, y si Washington mantiene su repliegue, la OTAN podría entrar en la década de 2030 sin capacidad europea de ataque de largo alcance y con un socio estadounidense volcado en el Pacífico. La disuasión convencional recaería casi por completo en el arsenal nuclear francés y británico. Un escenario que ni París ni Londres han pedido liderar.
Seguiremos de cerca la cumbre de la OTAN prevista para junio de 2026 en La Haya. Allí se medirá si la Alianza tiene una respuesta colectiva a la brecha que Alemania acaba de ver abrirse, o si cada socio empieza a buscar su propio atajo.
