Alemania ha empezado a enviar cuestionarios a 194.000 jóvenes de 18 años como pieza clave de un plan de reclutamiento que aspira a engrosar la Bundeswehr hasta los 260.000 soldados en 2035. La medida, incluida en la nueva ley de modernización militar, convierte en obligatoria la respuesta para los varones y marca el mayor giro doctrinal del país desde la caída del Muro.
Cuestionarios obligatorios y el camino hacia los 260.000 soldados
La Bundeswehr activa estos días un dispositivo sin precedentes en la Alemania reunificada: el envío masivo de formularios a todos los varones que alcanzan la mayoría de edad. La base de datos del registro civil ha proporcionado los nombres, y cada joven recibirá en su domicilio un cuestionario sobre su estado físico, formación y disposición a vestir el uniforme. La gran novedad es que la respuesta ya no es voluntaria. La nueva legislación —impulsada por el Gobierno de coalición tras meses de debate— establece la obligatoriedad de contestar, bajo apercibimiento de sanciones administrativas.
El objetivo numérico es ambicioso: pasar de los actuales 186.000 efectivos a 260.000 en poco más de una década. Para hacerse una idea de la escala, Alemania debería incorporar cada año un contingente neto equivalente a casi la mitad de todo el Ejército de Tierra español. Y lo hace en un contexto de pleno empleo juvenil y de una sociedad que, durante tres décadas, ha vivido de espaldas a la vida castrense.
La Bundeswehr necesita 74.000 soldados adicionales en apenas diez años, una cifra que ningún plan de incentivos voluntarios había logrado ni de lejos. Por eso Berlín ha decidido forzar la maquinaria administrativa. El cuestionario es solo el primer paso: quienes resulten aptos podrán ser llamados a un reconocimiento médico y, eventualmente, a un servicio militar que la ley aún define como voluntario, pero sobre el que planea la posibilidad de un reclutamiento forzoso si las cifras no acompañan.
Por qué ahora: la amenaza rusa reescribe el contrato social
El detonante tiene nombre propio: la guerra de Ucrania y la percepción de que el Kremlin no se detendrá en el Dniéper. Los servicios de inteligencia alemanes —el BND y el MAD— llevan meses advirtiendo de que Rusia podría estar en condiciones de atacar un país de la OTAN hacia finales de esta década. Esa evaluación ha calado en la Cancillería y en el Ministerio de Defensa con una claridad que recuerda a los peores momentos de la Guerra Fría. La Zeitenwende —el cambio de era proclamado por Scholz en 2022— se traduce ahora en reclutamiento masivo.
Alemania había reducido su ejército a mínimos tras la reunificación. De los 500.000 soldados que mantenía la RFA en los años ochenta se pasó a menos de 180.000, con un modelo profesional que renunciaba al servicio militar obligatorio en 2011. Aquella decisión, tomada en un mundo que parecía haber superado la amenaza rusa, se revela hoy como una apuesta excesivamente optimista.
En esta redacción hemos seguido de cerca el debate interno de la coalición. Las resistencias iniciales de Los Verdes y del ala izquierda del SPD se han ido diluyendo a medida que los informes de inteligencia dibujaban un escenario de alta intensidad en el flanco este. La pregunta ya no es si Alemania debe rearmarse —eso está aceptado— sino hasta dónde está dispuesta a tensar los límites de su cultura política para lograrlo.
La Bundeswehr no busca voluntarios: busca ciudadanos. Y eso cambia el contrato social de la República Federal.
Equilibrio de Poder
El reclutamiento alemán reconfigura la arquitectura de seguridad europea en varios niveles. Para la OTAN, el incremento de la Bundeswehr supone un alivio a medio plazo: Alemania volvería a ser el pilar terrestre convencional que fue durante la Guerra Fría, capaz de sostener una división completa en el flanco este sin depender tanto del despliegue estadounidense. Para Washington, el mensaje es inequívoco: Berlín asume por fin una carga militar acorde con su peso económico. Y para el Kremlin, el cálculo se complica.
Moscú, que durante años ha explotado la debilidad militar alemana para dividir a los aliados, pierde ahora uno de sus argumentos favoritos. El cuestionario llega además en un momento en que la administración Trump presiona a los europeos para que eleven su gasto en defensa al 5% del PIB —una cifra que Alemania aún no alcanza— pero el paso de Berlín hacia el alistamiento masivo demuestra que la respuesta no es solo presupuestaria: es social y demográfica.
Para España, la lectura estratégica es doble. Por un lado, la nueva Bundeswehr refuerza la disuasión colectiva y protege indirectamente el corredor mediterráneo y la frontera sur, porque un aliado mayor más robusto disuade aventuras rusas en el espacio OTAN. Pero el modelo alemán también lanza una pregunta incómoda a Moncloa: ¿hasta cuándo podrá España mantener un ejército puramente profesional sin revisar su propio sistema de reclutamiento? Los 120.000 efectivos de las Fuerzas Armadas españolas llevan años congelados, y la tasa de reposición apenas cubre las jubilaciones. Fuentes de Defensa consultadas por esta redacción reconocen que el debate, aunque tabú, empieza a asomar en los despachos del EMAD.
Observamos un riesgo adicional: la obligatoriedad del cuestionario alemán puede generar tensiones sociales si la ciudadanía percibe el proceso como antesala de un servicio militar forzoso no declarado. El movimiento pacifista —que en Alemania conserva raíces profundas— podría reactivarse, y eso tendría consecuencias electorales en un momento de alta fragmentación. A cinco años vista, la incógnita no es solo cuántos soldados tendrá la Bundeswehr, sino cómo encajará la sociedad alemana un rearme que, por escala y velocidad, no tiene parangón desde los años treinta del siglo pasado.
La cumbre de la OTAN prevista para junio en Bruselas será el primer termómetro. Allí se medirá si el gesto alemán convence a la administración Trump de que Europa está dispuesta a defenderse por sí misma, o si, por el contrario, Washington seguirá exigiendo contrapartidas económicas a cambio del paraguas nuclear. El cuestionario que hoy llega a 194.000 hogares alemanes es, en realidad, un mensaje dirigido a Putin, a Trump y a una opinión pública europea que aún no ha asumido del todo lo que significa vivir en un continente en armas.


