Japón ha decidido abandonar las ataduras pacifistas de posguerra y acelera su rearme industrial con una velocidad inédita desde 1945. Tokio apuesta por el poder duro —misiles hipersónicos, fuerzas anfibias, portaaviones ligeros y cazas furtivos— para contrarrestar la amenaza china en el Indo-Pacífico. El presupuesto de defensa nipón ronda ya el 2% del PIB y la reinterpretación constitucional que comenzó con Shinzo Abe da paso ahora a una doctrina de contraataque.
La transformación no es solo doctrinal: la base industrial de defensa está pasando del taller artesanal al ritmo de producción en serie. Treinta años encogiéndose han dejado a Mitsubishi Heavy Industries, Kawasaki o IHI sin la escala necesaria. Por eso, Tokio está inyectando capital público a cientos de contratos para reconstruir una cadena de suministro nacional que pueda sostener una campaña larga y no solo ejercicios limitados. Según un detallado análisis publicado en Foreign Affairs esta semana, el objetivo es levantar en menos de una década una industria capaz de exportar misiles, radares de nueva generación y buques de escolta diseñados para un escenario de alta intensidad.
La industria de defensa japonesa: de la producción artesana al estándar OTAN
Hasta hace poco, los programas de armamento japoneses se medían en docenas de unidades. Ahora se habla de cientos. El sector naval acelera la construcción de fragatas multimisión Mogami y planea una segunda serie con más desplazamiento y capacidad ofensiva. Mitsubishi ha reactivado líneas enteras para fabricar en tres años lo que antes hacía en diez. Y la artillería de cohetes guiados Tipo 12 —reconvertida de sistema de defensa costera a misil de crucero de largo alcance— prueba ya sus primeros prototipos mejorados con tecnología furtiva y un alcance que supera los 1.000 kilómetros. Tokio llama a esa capacidad «contraataque en profundidad». Pekín lo lee como la renuncia definitiva al pacifismo.
La apuesta más ambiciosa está en los misiles hipersónicos. Japón desarrolla un planeador hipersónico (HVGP) que entrará en servicio hacia 2028 y un misil hipersónico de motor scramjet para 2030. Paralelamente, invierte en misiles de crucero de lanzamiento submarino y en la integración de los Tomahawk estadounidenses en sus destructores AEGIS. El salto presupuestario lo respalda: el gasto en I+D militar ha pasado de representar un 2% del presupuesto de defensa en 2015 a superar el 6% en 2026, según los datos de SIPRI. Japón se está convirtiendo en una potencia misilística con capacidad de segundo golpe, algo impensable hace apenas una década.
Fuerzas expedicionarias: el músculo que cambia el tablero insular
El nuevo poder duro japonés no solo flota y vuela, también desembarca. La creación de una Brigada de Despliegue Rápido Anfibio (ARDB) dotada de blindados anfibios AAV-7 y helicópteros MV-22 Osprey supone un giro radical: Japón se equipa para retomar islas por la fuerza. Buques de asalto anfibio y los destructores portahelicópteros de la clase Izumo —modificados para operar el caza furtivo F-35B— configuran una fuerza expedicionaria capaz de proyectar poder desde el Mar de China Oriental hasta el Estrecho de Luzón. El portaaviones ligero Kaga ha completado ya las pruebas con F-35B; el Izumo las iniciará el próximo otoño. Juntos, ofrecen un perfil ofensivo que hasta ahora solo poseía la US Navy en el Pacífico occidental.
Detras de la acumulación de capacidades anfibias está la lección de Ucrania y la observación directa de los ejercicios chinos alrededor de Taiwán: una defensa puramente estática no disuade. Por eso Tokio ha decidido que su disuasión convencional debe incluir la capacidad de golpear bases de lanzamiento enemigas y de negar, mediante la amenaza creíble de desembarco, cualquier intento de Pekín de ocupar las Senkaku/Diaoyu o islotes en el arco de las Ryukyu. Es un cambio doctrinal que equipara la postura japonesa a la de una potencia militar media global.

La rapidez del rearme tiene también una lectura burocrática. El Ministerio de Defensa nipón ha pasado de planificar a ejecutar: se han acortado los plazos de adquisición, se ha eliminado la tutela de Finanzas sobre los grandes contratos y se ha creado una agencia de adquisiciones unificada con personal militar y civil. El tejido industrial, sin embargo, sigue fragmentado. Apenas un puñado de empresas medianas nutre los programas principales y la falta de mano de obra cualificada en soldadura naval o en electrónica de guerra electrónica se ha convertido en un cuello de botella estratégico. Tokio lo sabe y ha empezado a destinar partidas específicas a formación profesional dual en astilleros y centros de diseño electrónico.
Equilibrio de Poder
La mutación militar de Japón altera el equilibrio de fuerzas en el Indo-Pacífico de formas que Bruselas —y Moncloa— no pueden ignorar. El eje Washington-Tokio se robustece, pero la administración Trump ha dejado claro que el paraguas estadounidense tiene precio: exige aliados capaces de luchar, no solo de albergar bases. Japón está comprando ese billete. Pekín responde multiplicando sus fuerzas de misiles en la costa oriental y probando el DF-27 hipersónico con trayectoria que apunta a las islas del sur de Japón. La escalada es simétrica y peligrosa, pero también ofrece a Washington una válvula de contención: un Japón armado y autónomo reduce la presión directa sobre la Séptima Flota en un escenario de crisis sobre Taiwán.
Para España, el rearme japonés tiene consecuencias principalmente navales y normativas. La Armada española mantiene un despliegue casi permanente en el Indo-Pacífico mediante las rotaciones del buque de aprovisionamiento Patiño o las fragatas integradas en los grupos de combate de la US Navy. La capacidad de Tokio para asegurar las rutas marítimas entre el Mar de China Meridional y el Índico, por donde transita el 30% del comercio exterior europeo, es un multiplicador de estabilidad que Moncloa observa con interés. Además, la delegación española en la OTAN sigue de cerca la interoperabilidad creciente entre las fuerzas japonesas y los estándares aliados: Japón ya participa como observador en ejercicios de la Alianza y su doctrina se alinea cada vez más con la guerra multidominio que predica la OTAN.
La intrahistoria política no es menor. El presidente Sánchez, que acaba de regresar de una gira por Corea del Sur y Singapur, confía en que el ejemplo japonés sirva para legitimar ante su propio electorado la escalada del gasto en defensa comprometido con Bruselas y Washington. Fuentes de Moncloa consultadas por esta redacción apuntan a que el discurso público girará desde el «compromiso con la paz» hacia la «defensa cohesionada del orden internacional», en línea con el argumentario que Tokio emplea para explicar su propia metamorfosis. La paradoja es evidente: el país que renunció a la guerra en su constitución está marcando la pauta de cómo un Estado democrático se rearma cuando la geografía le aprieta. Y en el Ministerio de Defensa español ya hay quien toma notas.
El horizonte a cinco años sitúa a Japón como el cuarto presupuesto militar mundial por detrás de Estados Unidos, China y la India. Para entonces, sus nuevos misiles hipersónicos cubrirán blancos en toda la costa china y sus F-35B operarán desde una veintena de bases dispersas, incluidas pistas improvisadas en islas del sur. Pekín reaccionará con más músculo; el riesgo de una escalada no intencionada entre ambos gigantes es real. Pero la lectura estratégica de Tokio es clara: sin poder duro propio, la dependencia de la disuasión extendida estadounidense era una apuesta de altísimo riesgo. Ahora Japón apuesta, por primera vez en ochenta años, a su propia carta.
La disuasión convencional japonesa ya no descansa solo en la Séptima Flota: Tokio está construyendo un poder de contraataque que redibuja la seguridad del Indo-Pacífico.
Y ahí está el matiz. El rearme japonés no es una mera compra de equipos ni una reacción a corto plazo: es la decisión estratégica más profunda que ha tomado Tokio desde la ocupación aliada. La próxima revisión de las Directrices de Cooperación en Defensa con Washington, prevista para este verano, será el primer test de hasta dónde está dispuesto Japón a llegar.
