La cumbre entre Xi Jinping y Vladímir Putin arrancó este martes en Pekín con un gesto cargado de simbolismo: la coincidencia con el 25 aniversario del Tratado de Buena Vecindad, Amistad y Cooperación entre Rusia y China. Esa coincidencia no es casual. El presidente ruso, que aterrizó en la capital china para una visita de Estado de dos días, busca proyectar solidez en un momento en el que Moscú necesita urgentemente la cobertura diplomática y el respaldo logístico de Pekín para sostener su maquinaria de guerra en Ucrania sin asfixiarse.
Según el texto de saludo difundido por el Kremlin, el líder ruso calificó la relación bilateral de «verdaderamente inédita», subrayando que los dos países «apoyan mutuamente sus intereses esenciales, incluyendo la protección de la soberanía y la unidad estatal». Una formulación que, traducida al tablero real, significa que China respalda a Rusia frente a Occidente en términos que van más allá de la retórica.
Un tratado que pasó de la vecindad al alineamiento estratégico
El Tratado de Buena Vecindad, firmado en 2001, fue concebido originalmente para normalizar una relación lastrada por décadas de desconfianza y disputas fronterizas. Veinticinco años después, aquel documento ha mutado en el armazón jurídico de una asociación que hoy define las coordenadas del nuevo orden multipolar. Putin recordó que el tratado «sentó bases sólidas para una relación genuinamente estratégica», pero lo que en 2001 era un marco de cooperación limitada es ahora un paraguas que cubre desde ejercicios navales conjuntos en el Pacífico hasta el uso casi exclusivo de rublos y yuanes en el comercio bilateral.
La transformación se aceleró tras la anexión de Crimea en 2014, cuando Pekín ofreció a Moscú un salvavidas económico que evitó el desplome total de su economía. Desde entonces, la relación ha transitado del pragmatismo energético al alineamiento geopolítico. La invasión a gran escala de Ucrania en 2022 selló esa dependencia: China se convirtió en el principal comprador de crudo y gas ruso, mientras que las empresas chinas empezaron a suministrar componentes electrónicos de doble uso que Occidente se negó a vender a Moscú.
De los rublos al visado mutuo: la materialización del nuevo eje
Los 40 acuerdos que se rubricarán en esta visita abarcan desde la consolidación de las transacciones en monedas propias —Putin destacó que los intercambios se liquidan «casi por completo en rublos y yuanes»— hasta la implantación de un régimen mutuo de exención de visados. Este último punto no es menor: eliminar la barrera del visado para turistas y empresarios multiplica los contactos interpersonales y facilita la integración económica a escala continental. Para Moscú, supone además un gesto de normalidad frente a las sanciones occidentales; para Pekín, una palanca más para suavizar la imagen de su principal socio y extender su influencia en Eurasia.
La cooperación en defensa, aunque mencionada tangencialmente por el presidente ruso, sigue siendo el elefante en la sala. Putin habló de «intensificar los contactos en política, economía y defensa», pero evitó dar detalles. Pekín mantiene públicamente una posición de neutralidad sobre Ucrania y rechaza suministrar armamento letal a Rusia, si bien el flujo de componentes críticos para la industria militar rusa —microchips, rodamientos, materiales compuestos— no ha dejado de crecer. Ambos líderes saben que una exhibición demasiado explícita de coordinación militar podría desencadenar una respuesta más agresiva de la OTAN y, sobre todo, de la administración Trump, que ya ha advertido de que cualquier apoyo chino a la guerra ucraniana tendrá consecuencias económicas severas.
El texto del Kremlin revela también que la declaración conjunta versará sobre un «mundo multipolar», concepto que ambos países utilizan como código para rechazar la hegemonía estadounidense. En ese universo simbólico, la visita de Putin a Pekín es un recordatorio de que el eje Moscú-Pekín, pese a sus asimetrías internas, sigue ofreciendo una alternativa de gobernanza global a los países del sur que no se sienten cómodos con el orden liderado por Washington.
La foto de Xi y Putin en Pekín vale más que cualquier comunicado: sella visualmente la idea de que el centro de gravedad geopolítico se está desplazando, y que Europa no va a tener margen para la ambigüedad por mucho tiempo.
Equilibrio de Poder
El impacto de esta cumbre se mide en tres planos. Primero, en el eje Washington-Bruselas: la coincidencia de la visita con el 25 aniversario del tratado refuerza la percepción de que China no abandonará a Rusia, lo que reduce las expectativas de una salida diplomática rápida en Ucrania y aumenta la presión sobre la OTAN para mantener un flujo constante de armas a Kiev. La administración Trump, centrada en su estrategia indo-pacífica, podría ver en esta cumbre un argumento más para exigir a los europeos que asuman un mayor peso militar, abriendo la puerta a una nueva ronda de exigencias de gasto en defensa.
Segundo, la lectura para España. La dependencia energética de la UE respecto a Rusia ya está en mínimos, pero el afianzamiento del eje sino-ruso tiene implicaciones indirectas que afectan a Madrid. El control chino de rutas marítimas y la creciente militarización del Ártico —donde Rusia y China realizan ejercicios conjuntos— convierten el corredor atlántico y las bases de Rota y Morón en activos geoestratégicos de primer orden para Estados Unidos, lo que sitúa a España en una posición delicada. Al mismo tiempo, un mundo multipolar más fragmentado obliga a Moncloa a diversificar sus lazos con América Latina y el Magreb con más urgencia, porque la competición entre grandes potencias en esas regiones se intensificará. El propio viaje de Sánchez a Rabat el próximo mes debe leerse en clave de reequilibrio de alianzas frente a un tablero que se vuelve más impredecible.
Tercero, la proyección a cinco años. Si la cooperación militar bilateral avanza hacia acuerdos de codefensa como los que ya esboza la Organización de Cooperación de Shanghái, Europa podría enfrentarse a un arco de inestabilidad que va desde el Báltico hasta el Pacífico. La pregunta que muchos analistas se hacen en privado no es si China dará armas a Rusia —ya lo hace indirectamente—, sino si Pekín está dispuesto a permitir una derrota estratégica de Moscú que dejaría al régimen chino como la única autocracia desafiante frente a Occidente. La historia sugiere que no. Y la de esta semana en Pekín parece confirmarlo.
El próximo hito será la cumbre de los BRICS ampliados, prevista para julio, donde el bloque ruso-chino intentará capitalizar los acuerdos de esta visita para atraer a nuevos miembros del sur global. El tiempo de la equidistancia para potencias medias como España se acaba. Como recordó Putin en su saludo, «sin aliarnos contra nadie, buscamos la paz y la prosperidad universal». Pero la letra pequeña de los 40 acuerdos dirá más que esa frase. Y lo que no se publique, guardado en despachos blindados, será aún más relevante.
