Taiwán defiende compras de armas a EE.UU. como disuasión pese a dudas de Trump

Lai Ching-te califica las adquisiciones de armamento estadounidense como «el más importante elemento disuasorio» frente a Pekín. La Administración Trump ha puesto en cuestión el valor estratégico de estas ventas, abriendo un nuevo frente en la tensión Indo-Pacífico.

El presidente de Taiwán, Lai Ching-te, ha defendido este 18 de mayo las compras de armamento estadounidense como «el más importante elemento disuasorio» frente a la presión militar de Pekín. Las declaraciones se producen apenas una semana después de que la Administración de Donald Trump pusiera en cuestión el valor estratégico de estas ventas, calificándolas de «moneda de cambio» en la negociación con China. La tensión entre Washington y Taipéi coincide con un momento de máxima fricción en el estrecho de Taiwán, donde Pekín ha multiplicado sus patrullas navales y aéreas durante el último trimestre.

Lai Ching-te evitó referirse directamente a las palabras de Trump, pero su intervención pública supone un intento de dejar claro que Taipéi no está dispuesto a prescindir de sus contratos de defensa, aun a costa de generar malestar en la Casa Blanca. El mensaje es nítido: la isla ve el armamento estadounidense no como una carga política, sino como un seguro de supervivencia frente a una China que no ha renunciado a la reunificación por la fuerza.

Por qué Taipéi insiste en el rearme convencional

Taiwán ha sido durante décadas uno de los principales receptores de sistemas de armas estadounidenses. Desde misiles Patriot hasta cazas F‑16V, pasando por sistemas de defensa costera Harpoon, las entregas de material se han acelerado desde la invasión rusa de Ucrania. Según el último Military Balance del IISS, la isla ha aprobado contratos por valor de más de 12.000 millones de dólares en los últimos cuatro años, un ritmo sin precedentes. Para Taipéi, la superioridad aérea y naval china, cada vez más acusada, hace imprescindible un esfuerzo de adquisición que, admiten fuentes militares taiwanesas citadas por agencias, solo Washington puede satisfacer.

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El Ejecutivo de Lai argumenta que la disuasión convencional es la única garantía realista de que Pekín no opte por una operación de desembarco o por un bloqueo naval. «Sin una capacidad defensiva creíble, el riesgo de conflicto no se reduce, se multiplica», explicó un asesor presidencial bajo anonimato. La doctrina taiwanesa se basa en la llamada «puercoespínización»: convertir la isla en un objetivo tan costoso que disuada cualquier ataque.

Sin embargo, ese argumento choca con una realidad operativa: China dispone de misiles balísticos DF‑21 y DF‑26 capaces de atacar cualquier punto de Taiwán, y su fuerza naval supera en tonelaje a la de Estados Unidos en aguas del Pacífico occidental. Por eso, la defensa antimisiles y los sistemas de mando y control se han convertido en la prioridad absoluta, y los últimos paquetes de ayuda estadounidense incluyen precisamente baterías MIM‑104 Patriot adicionales y radares de largo alcance.

La «moneda de cambio» de Trump: el cálculo de Washington

En la otra orilla, la Casa Blanca de 2026 ha puesto en duda la utilidad de esos contratos. Donald Trump, en un mitin celebrado la semana pasada, sugirió que las ventas de armas a Taiwán son «una moneda de cambio» con China, y que Estados Unidos debería renegociar los términos de su ayuda. La declaración, que provocó una minicrisis diplomática subterránea, encaja con un giro más amplio de la Administración: la prioridad es el desacople económico con Pekín, no la confrontación militar directa.

Trump ya había mostrado en su primer mandato una visión transaccional de las alianzas, y ahora vuelve a exigir a los socios que paguen el coste de su propia seguridad. Con Taiwán, la lógica se repite. La isla depende casi exclusivamente del Acta de Relaciones con Taiwán, que obliga a Washington a suministrar armamento defensivo, pero la Administración actual insinúa que ese compromiso podría revisarse si China ofrece concesiones económicas sustanciosas.

Observamos un patrón: cada vez que la Casa Blanca lanza una señal de ese tipo, Pekín la interpreta como luz verde para incrementar la presión. De hecho, el portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores chino ha reiterado este martes que las ventas de armas a Taiwán «violan el principio de una sola China» y que Pekín espera que Washington las cese inmediatamente. La sincronía entre las dudas de Trump y el discurso de Pekín no es casualidad.

Para Taipéi, la garantía de seguridad estadounidense se ha vuelto condicional, y el precio de esa condición empieza a definirse en los despachos de Washington, no en los del Congreso.

Equilibrio de Poder

La fricción entre Taipéi y Washington sobre la factura de las armas trastoca el equilibrio de fuerzas en el Indo‑Pacífico. Estados Unidos mantiene su paraguas militar en la región, pero los matices introducidos por Trump erosionan la credibilidad de ese paraguas. Para Japón, Corea del Sur o Australia, la señal es inquietante: si la Casa Blanca está dispuesta a convertir a Taiwán en moneda de cambio, ¿qué garantía tienen ellos de que no ocurrirá lo mismo con sus propios acuerdos de defensa?

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España no es ajena a este tablero. Aunque nuestra presencia militar en el Pacífico es testimonial —un buque de la Armada participa anualmente en ejercicios multinacionales—, la inestabilidad en la zona afecta de lleno a las cadenas de suministro globales. Casi el 60% del comercio marítimo español transita por rutas que cruzan el mar de China Meridional o el estrecho de Malaca. Un conflicto en Taiwán dispararía los seguros marítimos y los precios del flete, con un impacto directo sobre la inflación y las exportaciones españolas.

Además, la doctrina de segundo golpe y la proliferación de sistemas hipersónicos está redibujando las alianzas europeas. El debate en la OTAN sobre su huella en el Indo‑Pacífico, y la reticencia de Washington a asumir en solitario los costes del despliegue antichino, obliga a Moncloa a replantear su posición. La eventual firma de un acuerdo UE‑ASEAN sobre defensa marítima, prevista para la cumbre de Bruselas de octubre de 2026, podría ser la primera prueba de fuego para una España que quiere estar en el núcleo duro europeo sin descuidar su frontera sur.

El precedente histórico que mejor ilumina este momento es la crisis de los misiles de 1995‑1996, cuando China lanzó misiles balísticos cerca de Taiwán y Estados Unidos respondió desplegando dos grupos de combate de portaaviones. Aquella disuasión funcionó, pero el coste político y militar de repetir una operación similar hoy sería mucho mayor. Pekín sabe que la Casa Blanca de Trump duda, y esa duda alimenta el cálculo de riesgo en Pekín.

En esta redacción entendemos que el mensaje de Lai Ching‑te no es solo una defensa del gasto militar, sino un aviso a navegantes: si Washington vacila, la línea roja de Pekín se acercará cada día un poco más al puerto de Kaohsiung. La próxima revisión del contrato de cazas F‑16V, prevista para septiembre, marcará la temperatura real de la relación trilateral.