EN 30 SEGUNDOS
- ¿Qué ha pasado? El Parlamento Europeo ha respaldado hoy el acuerdo arancelario con Estados Unidos, que incluye mecanismos de salvaguarda para suspenderlo si Washington incumple sus compromisos. La votación ha sido de 428 votos a favor, 127 en contra y 41 abstenciones.
- ¿Quién está detrás? La Comisión Europea, que cerró el pacto tras meses de tensión comercial, y una amplia mayoría del hemiciclo —liderada por populares, socialistas y liberales— han impulsado la ratificación para evitar una nueva escalada de aranceles.
- ¿Qué impacto tiene? El tratado elimina barreras a la langosta y otros productos estadounidenses, pero protege las exportaciones españolas por valor de unos 3.400 millones de euros. Si Trump reactiva los gravámenes, Bruselas podrá reimponerlos de inmediato.
La Eurocámara ha aprobado este miércoles el acuerdo arancelario entre la UE y Estados Unidos con salvaguardas, una votación que busca esquivar una guerra comercial con la Administración Trump. El texto, negociado a contrarreloj por la Comisión Europea, recoge concesiones en ambos lados del Atlántico pero incorpora una cláusula de suspensión automática que puede activarse si Washington reintroduce aranceles contra la industria o la agricultura comunitaria.
Una votación exprés para blindar las exportaciones
El pleno de Estrasburgo dio luz verde al pacto con 428 votos a favor, 127 en contra y 41 abstenciones. Una mayoría holgada —popular, socialista y liberal sumaron más de dos tercios— que refleja el temor a un cierre del mercado estadounidense. Los grupos de ultraderecha y parte de la izquierda radical votaron en contra, mientras Los Verdes se dividieron. La Comisión de Comercio Internacional (INTA) había recomendado la aprobación por 35 votos a 7, convencida de que la alternativa era volver a la era de los aranceles punitivos con el principal socio comercial de la UE.
El reglamento permite a la UE aplicar de forma inmediata contramedidas si, por ejemplo, Washington retoma los gravámenes al acero o al aluminio —todavía vigentes hasta 2025— o impone nuevas barreras a productos agroalimentarios. El mecanismo se activa mediante un procedimiento de urgencia en el Consejo, que puede decidir por mayoría cualificada, y el Parlamento Europeo ejerce un control a posteriori a través de un escrutinio acelerado.
Las cláusulas de salvaguarda que pueden reactivar los aranceles
“Hemos construido un botón nuclear comercial que nos permite responder en 48 horas si Trump vuelve a las andadas”, explicó el ponente del texto, el popular alemán Bernd Lange, durante el debate previo a la votación. La cláusula, inspirada en la experiencia de 2018-2019, faculta a la Comisión a suspender las rebajas arancelarias concedidas a EE.UU. en sectores como el automóvil, la maquinaria o los productos químicos. Además, introduce un principio de reciprocidad automática: si la Casa Blanca eleva los aranceles a un determinado grupo de productos europeos, Bruselas restablece de inmediato los que aplicaba antes del acuerdo.
Para España, el acuerdo tiene una doble lectura. Por un lado, reduce la incertidumbre en exportaciones de aceite de oliva, vino, cítricos y componentes de automoción, que suman ventas anuales cercanas a los 3.400 millones de euros. Por otro, la reducción de aranceles a la langosta estadounidense —una de las concesiones más simbólicas del pacto— beneficia a la hostelería y la distribución españolas, aunque molestó al sector pesquero gallego, que teme una competencia desleal con el marisco europeo.
El comisario de Comercio, Maros Sefcovic, defendió el acuerdo como “una victoria del multilateralismo” y recordó que la alternativa era una escalada de aranceles que habría costado hasta 80.000 millones de euros al PIB comunitario en cinco años. Las cifras de la Comisión estiman que la desescalada arancelaria podría aumentar un 0,3 % las exportaciones comunitarias a EE.UU. en 2027.

El Eje del Poder Europeo
El respaldo de las tres principales familias del hemiciclo oculta, sin embargo, intensos pulsos internos. Alrededor del acuerdo se han articulado los viejos bloques de la política comercial europea. El norte industrial —con Alemania a la cabeza— quería un pacto rápido que preservara la ventaja competitiva de sus exportadoras de maquinaria y automóviles, y estaba dispuesto a ceder en la langosta. Los países del sur, con España e Italia como voces más críticas, exigían salvaguardas más reactivas para sus productos agroalimentarios, que perciben como los más vulnerables a un giro proteccionista de Trump.
El Gobierno español, a través de la ministra de Industria y Turismo, defendió la inclusión de cláusulas automáticas. “Sin esa red de seguridad, el pacto era papel mojado para nuestros viticultores y olivareros”, comentó a esta redacción una fuente de La Moncloa. La posición española encontró eco en París, donde el lobby agrario presiona a Macron para que cualquier apertura a EE.UU. venga acompañada de reciprocidad en normas fitosanitarias. Roma, inicialmente reticente por el impacto en el aceite de oliva, acabó alineándose con el eje franco-español tras las concesiones finales de la Comisión.
Este juego de tensiones reproduce la geometría variable que ya se vivió durante las negociaciones de 2018, cuando Trump impuso aranceles del 25 % al acero y al aluminio. Entonces, Bruselas tardó semanas en reaccionar y algunos sectores, como el vino español, sufrieron daños estructurales. La memoria de aquel choque explica la inclusión de estas salvaguardas, que en la práctica convierten al Parlamento en un vigilante permanente de las relaciones transatlánticas.
Las salvaguardas son un seguro caro, pero necesario. Sin ellas, medio sector agroalimentario español podría quedarse fuera del mercado estadounidense en cuestión de horas si Trump tuitea un arancel.
La próxima cumbre del Consejo Europeo, prevista para el 26 de junio, evaluará los primeros indicios de cumplimiento. No obstante, la administración Trump ya ha advertido de que cualquier medida que considere “discriminatoria” podría reactivar los aranceles al acero. El otoño de 2026, con las elecciones de mitad de mandato en EE.UU., se presenta como la primera prueba de fuego para este entramado diplomático que Bruselas ha calificado como “el más complejo firmado con Washington en veinte años”.
