La directora de Inteligencia Nacional, Tulsi Gabbard, ha sido forzada a dimitir mientras el presidente Trump ultimaba los preparativos para invadir Venezuela y secuestrar a su presidente, según revela SpyTalk. Su salida culmina meses de fricción con el director de la CIA, John Ratcliffe, quien emerge como el auténtico poder en la sombra de la inteligencia estadounidense.
La guerra que Gabbard no quiso librar
El detonante fue su oposición frontal a la guerra de Irán. Como declarada ‘America Firster’, Gabbard nunca comulgó con la escalada que la Casa Blanca diseñaba en paralelo a la operación venezolana. Mientras Ratcliffe y el Pentágono ultimaban los planes de invasión, la directora de la ODNI publicaba fotos en una playa de Hawái, un desplante que en Langley se leyó como deslealtad terminal.
La situación se volvió insostenible cuando se supo que la Casa Blanca preparaba el secuestro del presidente venezolano. Gabbard, que ni siquiera había sido informada de los detalles operativos, intentó agarrarse al cargo con maniobras desesperadas: llegó a urdir un caso de conspiración criminal contra funcionarios de la administración Obama por investigar la injerencia rusa en las elecciones de 2016, e incluso voló a Georgia para inmiscuirse en la incautación de papeletas por parte del FBI. No sirvió de nada.
Si usted ha seguido la tumultuosa relación de Trump con sus servicios de inteligencia, entenderá que Gabbard nunca fue de fiar para el núcleo duro. La ODNI ha vuelto a convertirse en un estorbo para la CIA, y Ratcliffe ha sabido aprovechar el vacío de poder que dejó una directora ajena a los códigos de la comunidad de inteligencia.
Réquiem por la ODNI: la CIA recupera el control
La Oficina del Director de Inteligencia Nacional nació como respuesta a los fallos estructurales que facilitaron los atentados del 11-S. La Comisión del 11-S concluyó que la fragmentación entre agencias había impedido conectar los puntos, y en 2004 se creó la ODNI para coordinar a las dieciocho agencias de inteligencia estadounidenses. Pero la CIA nunca aceptó de buen grado perder el liderazgo estatutario que ostentaba desde 1947.
Ahora, con Ratcliffe al frente de la Agencia y un presidente que desprecia a la ODNI, el péndulo vuelve a oscilar. La salida de Gabbard culmina un proceso de vaciamiento que comenzó hace meses, cuando Ratcliffe asumió de facto el control de los briefings presidenciales y de la coordinación operativa. La pregunta que se hacen en Fort Meade y en Vauxhall Cross es si la ODNI sobrevivirá como institución o si quedará reducida a una oficina testimonial.

Me consta que en La Moncloa siguen de cerca estos movimientos. El CNI ha construido durante años una relación fluida con la ODNI, que sirve de puente para los intercambios de inteligencia sobre terrorismo yihadista y ciberamenazas. Si la CIA absorbe esa función, el canal pasará a ser más operativo y menos estratégico, lo que puede beneficiar la lucha antiterrorista en el Magreb, pero también expone a España a una mayor presión para alinearse con las operaciones más agresivas de Washington.
Dossier Moncloa: Ojos en la Sombra
La operación de relevo forzado que hemos presenciado no es un mero cambio de cromos. Estamos ante el mayor terremoto en la arquitectura de inteligencia estadounidense desde 2004. El vector de amenaza no es un ciberataque ni una infiltración, sino la subordinación de un organismo de coordinación al servicio operativo más poderoso, con todas las consecuencias que eso tiene para la supervisión y la separación de poderes.
En el tablero de agencias, el atacante es la CIA bajo Ratcliffe, respaldada por el ala dura de la Casa Blanca. La defensora es una ODNI que ha perdido a su titular y que arrastra un déficit de autoridad desde la era de Dan Coats. Los terceros interesados son el CNI, el MI6, la DGSE y el BND, que dependen de un interlocutor estable en Washington para calibrar sus propias prioridades. El nivel de clasificación de las deliberaciones sobre invasiones y reestructuraciones roza el Top Secret: cualquier filtración al respecto habría sido tratada como una crisis de seguridad nacional.
El precedente histórico es tan claro como inquietante. Cuando en 2004 se creó la ODNI (la reforma post 11-S), el objetivo era evitar que la CIA monopolizara la inteligencia y que se repitiera el desastre del 11-S. Dos décadas después, esa muralla se desmorona y la vieja guardia de Langley está a punto de devorar la herencia de la Comisión del 11-S. Recuerdo haber escrito en El quinto elemento que el próximo 11S empezará con un clic, no con un avión, y esta concentración de poder sin contrapesos me hace temer que la inteligencia vuelva a fallar precisamente cuando más la necesitamos.
Llevo años escribiéndolo: el próximo 11S no se anunciará con un avión, sino con un clic. Y la forma en que Washington maneje su inteligencia determinará quién detecta la próxima amenaza.
Reconozco que el panorama es incierto. La ODNI aún cuenta con presupuesto y personal, pero su capacidad de imponerse a la CIA depende de que el próximo presidente (o incluso el Congreso) reaccione. Mientras tanto, Ratcliffe ha dejado claro que no tolerará interferencias. Usted puede imaginar lo que eso significa para la contrainteligencia europea: si la ODNI deja de ser un filtro, las peticiones de Washington llegarán directamente desde Langley, sin matices.
Lo veo como un viraje doctrinal de enorme calado. La inteligencia estadounidense está volviendo al modelo anterior al 11-S, y los servicios aliados tendrán que decidir si se adaptan o si buscan nuevos mecanismos de cooperación. En España, el CNI tiene la oportunidad de reforzar su papel como puente entre Europa y Washington, siempre que mantenga su independencia de criterio. El próximo informe del ODNI —si es que llega a publicarse— será la primera señal de cuánto ha cambiado realmente el equilibrio de poder.

