El olor a cuero y pergamino era el perfume de aquel scriptorium almenado. En una torre del castillo de Guadalajara, un hombre de más de cincuenta años acariciaba el primer folio de un libro llegado de Italia, traído quizá por algún mercader veneciano o por un embajador de la corte de Alfonso V. Aquel volumen contenía algo más que letras: traía un ritmo nuevo, una arquitectura de catorce versos que en la península itálica ya llevaba un siglo prendido en la lengua de Petrarca. Íñigo López de Mendoza, primer marqués de Santillana, no era un erudito encerrado entre pergaminos. Era un noble que había cabalgado en docenas de batallas, había conspirado en la corte de Juan II y había acumulado uno de los mayores patrimonios del reino. Pero aquella tarde, mientras copistas y amanuenses iluminaban las capitulares a pocos pasos, él elegía las palabras con las que iba a cambiar la poesía castellana para siempre.
Nacido en 1398 en Carrión de los Condes, su cuna combinaba dos linajes poderosos: los Mendoza, señores de la guerra y la diplomacia, y los de la Vega, terratenientes con raíces en la montaña santanderina. Perdió a su padre siendo muy niño y su madre, Leonor de la Vega, defendió con pleitos y alianzas el porvenir del chico. El joven Íñigo creció entre caballos, armas y letras, porque en aquella Castilla revuelta la cultura no era adorno sino herramienta de escalada. A los dieciocho años ya figuraba en la nómina de donceles de la corte de Juan II, y a los veintitantos combatía contra los infantes de Aragón en tierras de Hita y Buitrago. Aquella juventud forjó en él una doble naturaleza que asoma en cada verso suyo: la bravura del guerrero y la melancolía del lector insomne.

