El Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS) acaba de publicar un análisis demoledor: África Occidental se está convirtiendo en el epicentro del yihadismo global. La ofensiva lanzada el 25 de abril de 2026 por la filial de Al Qaeda, Jama’at Nusrat al-Islam wal Muslimin (JNIM), contra el gobierno de Malí —con bloqueo de Bamako incluido— y la expansión simultánea del Estado Islámico en el Sahel y el lago Chad dibujan un escenario que los servicios de inteligencia occidentales llevaban meses temiendo. Lo sigo de cerca desde que los primeros informes del CNI comenzaron a advertir de la infiltración yihadista en las rutas migratorias hacia Canarias.
Tres grupos, un polvorín: JNIM, ISSP e ISWAP multiplican su capacidad operativa
El panorama es más complejo de lo que parece. En 2025, los tres grandes actores salafistas-yihadistas de la región —JNIM, Estado Islámico-Provincia de Sahel (ISSP) y Estado Islámico en África Occidental (ISWAP)— estaban en plena ofensiva. JNIM ha pasado de contar con 2.000 o 3.000 combatientes en 2022 a entre 5.000 y 6.000 en 2025, según Naciones Unidas. No solo bloqueó el sur de Malí durante meses, sino que llegó a sobrepasar dos capitales de provincia en Burkina Faso. El botón de muestra más inquietante: en noviembre de 2025 los Emiratos Árabes Unidos pagaron presuntamente 50 millones de dólares por el rescate de dos ciudadanos secuestrados, una inyección de liquidez que explica en parte la envergadura de la ofensiva actual.
Su rival directo, ISSP, opera sobre todo en las zonas fronterizas entre Burkina Faso, Malí, Níger y Nigeria. Con unos pocos miles de combatientes, prefiere la guerra de guerrillas al enfrentamiento convencional, pero a principios de 2026 dio un salto cualitativo: atacó el aeropuerto internacional de Niamey y la base aérea 101, donde hay personal ruso del Africa Corps y fuerzas internacionales. Además, ha comenzado a colaborar con el grupo conocido localmente como Lakurawa para extender sus operaciones dentro de Nigeria.
Más al sur, ISWAP es la provincia más grande y poderosa del Estado Islámico en toda África. Opera principalmente en la cuenca del lago Chad, aunque su avance hacia el oeste de Nigeria la está acercando peligrosamente a ISSP. A mediados de 2025 se estimaba que contaba con entre 8.000 y 12.000 miembros y, entre julio de 2024 y julio de 2025, reivindicó más ataques que cualquier otra provincia del califato en el mundo. La campaña contra los «súper campamentos» militares nigerianos en 2025 —diseñados para evitar que la insurgencia arrasara los puestos avanzados— demostró que ni siquiera las fuerzas mejor equipadas de la región están a salvo.
El historial de las agencias: de Afganistán 1996 a Bamako 2026
Los paralelismos con el Afganistán de mediados de los noventa son inevitables. Entonces, los talibanes proporcionaron un santuario a Al Qaeda que permitió planificar los atentados del 11-S con relativa impunidad. Hoy, el Sahel ofrece un cóctel de fragilidad estatal, debilidad militar y vacío de gobernanza que los servicios de inteligencia occidentales consideran el caldo de cultivo perfecto para un nuevo santuario terrorista global. Me consta que los analistas del CNI llevan dos años actualizando sus escenarios de amenaza con este foco.
Si usted sigue la serie de informes desclasificados de la OTAN y la UE, verá que tanto el MI6 como la DGSE francesa han ido retirando capacidades HUMINT del Sahel tras los golpes de Estado de 2021-2023 en Malí, Burkina Faso y Níger. Eso ha dejado al CNI en una posición incómoda: es uno de los pocos servicios occidentales que aún mantiene redes activas en la zona, apoyándose en su larga relación con Marruecos y Mauritania. Pero la capacidad de proyección es limitada y, como reconozco en privado, la inteligencia humana en el Sahel se ha vuelto un juego de sombras donde cada activo puede ser un agente doble.
El Sahel se perfila como el nuevo Afganistán: un santuario yihadista a las puertas de Europa que los servicios de inteligencia ya no pueden permitirse ignorar.
Dossier Moncloa: Ojos en la Sombra
El CSIS identifica tres futuros posibles, y ninguno es tranquilizador: que la región se convierta en un centro de terrorismo global, que el Sahel se deslice hacia una guerra civil fragmentada o que el conflicto se enquiste en un punto muerto donde las capitales aguantan pero el campo está en manos yihadistas. Desde el punto de vista del oficio, el vector de amenaza es una insurgencia yihadista transnacional que combina control territorial, capacidad económica informal (impuestos, secuestros) y una alianza táctica con grupos separatistas como el Frente de Liberación del Azawad (FLA).
Las agencias implicadas son múltiples. Quien ataca: JNIM (Al Qaeda) e ISWAP/ISSP (Estado Islámico) como actores principales, con la colaboración puntual del FLA. Quien defiende: los servicios de inteligencia y las fuerzas armadas de Malí, Níger, Burkina Faso y Nigeria, apoyados a distancia por la CIA, el MI6 y la DGSE, aunque con presencia menguante. Rusia, a través del Africa Corps, actúa como comodín: asegura combatir el terrorismo mientras erosiona la influencia occidental, un papel que el CNI monitoriza con preocupación porque el Kremlin podría estar jugando a dos bandas. Terceros observadores: el CNI y el CCN-CERT no son ajenos, ya que la ruta migratoria saheliana es la puerta de entrada de amenazas híbridas hacia Canarias y la Península.
A juzgar por la naturaleza de la información manejada por el CSIS —datos abiertos de Naciones Unidas, fuentes periodísticas y estimaciones de inteligencia no clasificada—, el nivel de clasificación estimado para el material de base es Sin Clasificar pero Sensible. Sin embargo, los informes de campo que el CNI elabora para Moncloa sí incorporan inteligencia HUMINT y SIGINT con grados de clasificación muy superiores. Un antiguo analista del servicio destinado en el Sahel me confiesa, bajo condición de anonimato: «No es cuestión de si atacarán suelo español, sino de cuándo y desde qué ángulo. La frontera sur es un coladero y ellos lo saben».
En esta redacción ya advertimos en su día —lo escribí en El quinto elemento— que «el próximo 11-S empezará con un clic». Pero hoy añado un matiz: también podría empezar con una furgoneta bomba en un ferry con destino a Algeciras. La amenaza física y la digital se solapan, y África Occidental es el nuevo laboratorio de esa confluencia.
Por ello, la contrainteligencia española deberá intensificar la cooperación con Marruecos (DGED/DGST) y con el Quai d’Orsay, aunque la desconfianza mutua siga siendo el pan de cada día. El informe del CSIS, que puede consultarse en la página del Transnational Threats Project del CSIS, es un aviso para navegantes. Le recomiendo que siga también la evolución de ISWAP y su relación con el núcleo central del Estado Islámico: si la hipótesis de que la antigua oficina de África Occidental pueda asumir la Dirección General de Provincias se confirma, el terrorismo internacional volverá a tener un cuartel general en el corazón de África.
El próximo hito a vigilar será la implementación de la Sharia en las zonas urbanas que JNIM acordó gobernar junto al FLA —empezando por Kidal—. Si el pacto se rompe, asistiremos a una guerra intestina que, paradójicamente, podría generar un respiro táctico o acelerar la desestabilización. Como suelo decir, en el oficio de la inteligencia las buenas noticias casi nunca lo son del todo.

