EN 30 SEGUNDOS
- ¿Qué ha pasado? La ultraderecha europea, con diputados de Vox y AfD, celebró este sábado en Figueira da Foz (cerca de Oporto) una cumbre sobre ‘remigración’ con la presencia del exjefe de la Patrulla Fronteriza de EE.UU., Gregory Bovino, y el nacionalista blanco Jared Taylor.
- ¿Quién está detrás? El evento lo coorganizó el activista austríaco Martin Sellner, impulsor del término, y contó con la asistencia de al menos tres parlamentarios de AfD y dos diputados de Vox.
- ¿Qué impacto tiene? La cumbre exhibe la internacionalización del discurso antiinmigración más radical, que ahora conecta a la extrema derecha europea con sectores de la Administración Trump, y normaliza la idea de la deportación masiva por criterios étnicos o religiosos.
Medio millar de activistas de la ultraderecha europea y norteamericana se citaron el sábado en Figueira da Foz, una localidad costera a 135 kilómetros al sur de Oporto, para debatir sobre el concepto que hasta hace poco apenas se susurraba en esos círculos: la remigración, la deportación masiva de inmigrantes y de sus descendientes.
No era una reunión cualquiera. El encuentro, blindado a la prensa pese a las acreditaciones concedidas, incluyó entre sus invitados estelares a Gregory Bovino, exjefe de la Patrulla Fronteriza estadounidense durante la Administración Trump y conocido por su retórica incendiaria, y a Jared Taylor, uno de los principales promotores de la ideología racialista en Estados Unidos. Sobre el escenario también se subieron diputados en activo de Vox y de Alternativa para Alemania (AfD), los dos partidos que han decidido abrazar sin matices un lenguaje que otros socios de la extrema derecha europea aún evitan.
La cumbre, bautizada como ‘cumbre de la remigración de Oporto’ aunque su sede real fuera Figueira da Foz, fue coorganizada por el activista austríaco Martin Sellner, el mismo que en 2024 desató protestas multitudinarias en Alemania tras discutir planes de deportación masiva con políticos de AfD en una reunión secreta en Potsdam. Dos años después, Sellner paseaba su discurso con la confianza de quien cree que el viento sopla a su favor.
La internacionalización del discurso radical
La palabra ‘remigración’ ha saltado de los foros más opacos a la primera línea política con una velocidad inusitada. Jean-Yves Le Gallou, exeurodiputado del Frente Nacional francés y veterano de la derecha identitaria, lo resumió así en el evento: “Cuando el presidente de una gran potencia utiliza la palabra, ya no se puede decir que sea marginal”. Se refería a Donald Trump, que ha incorporado el término a su vocabulario y cuyo Departamento de Estado ya ha anunciado la creación de una oficina dedicada a la remigración.
Ese respaldo estadounidense ha dado oxígeno a una corriente que en Europa seguía siendo tabú incluso para partidos como Agrupación Nacional de Marine Le Pen, que rechazan la política por considerar que apunta a los inmigrantes en función de su etnia o religión. En Figueira da Foz, sin embargo, no había ese pudor. “Estoy muy contento de venir y prestar algo de experiencia a los europeos” para combatir a los “extranjeros ilegales que destruyen la cultura europea”, declaró Bovino en una improvisada rueda de prensa a las puertas del recinto.
El exjefe fronterizo, destituido de su cargo después de que agentes bajo su mando mataran a una enfermera de 37 años en Minneapolis, no llevaba la polémica chaqueta que le había granjeado críticas, pero sí desplegó referencias históricas incendiarias: en una entrevista previa citó al general nazi Erwin Rommel como figura inspiradora.
La normalización del discurso de remigración ya no es un rumor de sótano: cuando el presidente de Estados Unidos lo pronuncia y asisten diputados de Vox y AfD, la línea entre lo marginal y lo discursivo se desdibuja.
Vox y AfD, en primera línea
La representación política más visible corrió a cargo de Rocío de Meer y Carlos Quero, diputados de Vox que figuraban en la lista de oradores, y de al menos tres representantes de AfD: el diputado federal Kay Gottschalk, cofundador del partido, la legisladora regional Lena Kotré y Sven Tritschler, parlamentario en Renania del Norte-Westfalia. Gottschalk afirmó estar allí “para escuchar”, pero su sola presencia ya enviaba un mensaje de alineamiento con una agenda que en Alemania llevó a miles de personas a la calle hace dos años.
No todos los extremismos europeos estuvieron representados. Los partidos mayoritarios de la derecha radical — Agrupación Nacional en Francia, Hermanos de Italia — han evitado hasta ahora asociarse explícitamente con el concepto de remigración. Esa ausencia, sin embargo, no le resta relevancia al encuentro de Figueira da Foz: demuestra que el flanco más duro de la ultraderecha europea está construyendo sus propios puentes transatlánticos y que cuenta con el impulso político de actores estadounidenses que ocuparon cargos reales de poder.
La elección de Portugal como sede tampoco fue casual. El país luso, gobernado por una coalición de centroderecha alejada del discurso de la remigración, ofrece un perfil bajo que permite este tipo de eventos sin la contestación social masiva que se viviría en Alemania o Francia. Es una geopolítica de la discreción que ya utilizan otros foros de la extrema derecha global.
El Eje del Poder Europeo
Lo que se vio en Figueira da Foz no es solo una anécdota de activismo radical. Es la cristalización de un fenómeno que afecta al corazón del proyecto europeo y a la manera en que los Estados miembros gestionan la migración. La cumbre de Oporto — por usar el nombre que le han dado sus organizadores — consolida una alianza entre la extrema derecha europea y corrientes del trumpismo que van más allá de la retórica electoral. Cuando Bovino ofrece su “experiencia” para “terminar con el horror reptante”, está tendiendo un puente entre los métodos de control fronterizo estadounidenses y las aspiraciones políticas de partidos como Vox y AfD.
Para España, la participación de diputados de Vox en un foro de estas características tiene una doble lectura. Por un lado, evidencia la voluntad del partido de Santiago Abascal de integrarse plenamente en la corriente más radical de la derecha europea, una estrategia que puede rentabilizar en el Parlamento Europeo pero que le aleja de la centralidad necesaria para pactar en Bruselas. Por otro, coloca a España en el mapa de la remigración justo cuando el país está gestionando récords de llegadas a Canarias y mantiene una presión migratoria constante en el Mediterráneo.
El precedente histórico es ineludible. Las reuniones secretas de la extrema derecha alemana que desembocaron en las protestas de Potsdam mostraron que la sociedad europea reacciona cuando estos planes se hacen públicos. Ahora, sin embargo, la diferencia es que los organizadores ya no se esconden: Sellner concedió entrevistas, los diputados posaban y los asistentes hacían cola para sacarse selfis con Jared Taylor. El salto cualitativo es la pérdida de la vergüenza.
La lectura estratégica va más allá de la condena moral. La remigración, por imprecisa y radical que suene, irrumpe en un momento en que la UE está renegociando su Pacto Migratorio y en que varios Estados miembros — Países Bajos, Hungría, Polonia, Austria — endurecen sus políticas de asilo. La cumbre de Figueira da Foz no va a dictar la legislación europea, pero sí alimenta un clima discursivo que ya está desplazando el centro de gravedad de la política migratoria hacia posiciones más restrictivas. El riesgo para el modelo europeo de derechos fundamentales es que la normalización del concepto de deportación por criterios identitarios diluya, sin necesidad de un cambio formal de los Tratados, los principios sobre los que se construyó el espacio de libertad, seguridad y justicia.
La próxima cita relevante será la cumbre europea en la que los líderes de los Veintisiete debatan la aplicación del nuevo Pacto Migratorio. Hasta entonces, el eco de Figueira da Foz seguirá resonando en los despachos de Bruselas como un recordatorio incómodo: la internacionalización de la extrema derecha ya no es una hipótesis, sino una realidad que mide sus fuerzas a ambos lados del Atlántico.
La derecha identitaria ha encontrado en la remigración un paraguas semántico bajo el que unificar un discurso que hasta hace dos años provocaba protestas masivas. Que ahora lo exhiba sin disimulo, con la bendición indirecta de una gran potencia y con representantes electos de dos de las principales economías de la eurozona, es una novedad que ningún análisis europeo puede permitirse ignorar.

