EN 30 SEGUNDOS
- ¿Qué ha pasado? El Mando Central de Estados Unidos (CENTCOM) confirma que ha derribado drones de ataque unidireccional lanzados por Irán contra buques comerciales en el estrecho de Ormuz. El tráfico marítimo no se ha interrumpido, según Washington.
- ¿Quién está detrás? Fuerzas navales estadounidenses desplegadas en la zona, en respuesta a un lanzamiento múltiple atribuido directamente a Irán.
- ¿Qué impacto tiene? El incidente eleva la tensión en el corredor energético más sensible del planeta justo cuando se ultima un posible acuerdo de paz en Ginebra. La cita diplomática, prevista para el domingo, podría despejar o retrasar la reapertura completa del estrecho.
El estrecho de Ormuz ha vuelto a registrar actividad militar de alto riesgo en la madrugada del sábado. Irán lanzó múltiples drones de ataque unidireccional con la intención de golpear buques comerciales que transitaban la vía, una de las arterias del comercio energético mundial. Estados Unidos, a través de su Mando Central (CENTCOM), confirmó que todas las aeronaves no tripuladas fueron derribadas. El tráfico marítimo, según la nota oficial difundida en X, continúa sin impedimentos.
La información, recogida por RT y fuentes occidentales, se produce en un momento de máxima fragilidad diplomática: Washington y Teherán llevan dos meses negociando un acuerdo que permita poner fin al conflicto abierto el 28 de febrero, cuando una operación conjunta estadounidense-israelí bombardeó territorio iraní y acabó con la vida del líder supremo, Ali Khamenei.
Drones de ataque unidireccional sobre el estrecho: lo que sabemos
Según la nota de CENTCOM, Irán lanzó una oleada de drones de ataque unidireccional, sistemas que se autodestruyen sobre el blanco. No hay confirmación oficial sobre el modelo exacto, pero las imágenes preliminares y el modus operandi apuntan a plataformas similares a los Shahed-136, de amplio uso por parte de Teherán en la región. Las fuerzas estadounidenses, desplegadas con escolta naval en la zona, interceptaron y destruyeron todos los ingenios. No se reportan daños en buques comerciales ni bajas en las tripulaciones.
La acción militar coincide con semanas de relativa calma en el corredor, que había permanecido parcialmente cerrado al tráfico afín a Estados Unidos y sus aliados desde el inicio del conflicto. El propio Donald Trump aseguró hace días que buques de la Armada estadounidense han escoltado ya a más de 200 mercantes por la ruta. Mientras, Irán ha permitido el paso a barcos no alineados con la posición occidental.
La reapertura del estrecho se ha convertido en la moneda de cambio más valiosa de la negociación en Ginebra.
El ministro de Exteriores iraní, Abbas Araghchi, advirtió el viernes que el estrecho de Ormuz no volverá a su estatus previo a la guerra. Insistió en que la vía se encuentra bajo soberanía de Irán y Omán, y adelantó que ambos países emitirán una declaración conjunta en los próximos días para fijar un nuevo marco administrativo de la ruta. La declaración sitúa a Omán como actor clave en la crisis y añade una capa de complejidad a las aspiraciones de Washington de imponer un modelo de libre navegación similar al de antes del conflicto.
Acuerdo a la vista: la cita del 14 de junio en Ginebra
Fuentes occidentales citadas por Reuters apuntan a que el vicepresidente estadounidense J.D. Vance y el presidente del Parlamento iraní, Mohammad Baqer Qalibaf, podrían firmar en Ginebra un memorando de entendimiento tan pronto como el domingo 14 de junio. El texto incluiría, según las mismas fuentes, la reapertura del estrecho y el levantamiento del bloqueo naval estadounidense sobre los puertos iraníes. Las negociaciones sobre el programa nuclear iraní, invocado por Trump como justificación de la guerra, se retomarían en una fase posterior.
El ataque con drones de esta madrugada introduce, sin embargo, un factor de desconfianza. Un incidente similar frustró los avances diplomáticos de julio de 2019, cuando el derribo de un dron estadounidense RQ-4 Global Hawk por parte de Irán estuvo a punto de desencadenar una escalada mayor. En esta ocasión, la reacción de las bolsas asiáticas ha sido inmediata, con caídas del 1,2% en el índice Nikkei ante el temor a un nuevo encarecimiento del crudo.
España sigue la situación con especial atención. El estrecho de Ormuz canaliza alrededor de un cuarto del transporte marítimo mundial de petróleo y gas natural licuado, y cualquier interrupción prolongada se refleja directamente en los precios del Brent, de los que dependen los costes de importación energética de la economía española. En 2019, la tensión en el golfo Pérsico elevó el precio medio del barril en más de un 8%, un escenario que el Gobierno de Sánchez no desea repetir cuando las cuentas públicas aún acusan el incremento del gasto en defensa comprometido con la OTAN.
Equilibrio de Poder
El incidente de Ormuz no es un intercambio aislado en una vía marítima cualquiera. Se trata de la primera acción ofensiva con drones atribuida a Irán desde que las conversaciones de paz se intensificaron hace dos meses. Para Washington, el mensaje es claro: el acuerdo no puede percibirse como un signo de debilidad. La respuesta inmediata de CENTCOM —derribar todos los drones y asegurar que el tráfico sigue fluyendo— busca neutralizar la narrativa iraní de que el estrecho está bajo su control y enviar un recado a los mercados energéticos.
La Unión Europea se mantiene en un perfil bajo, al igual que en la fase previa al conflicto. Bruselas no ha emitido una condena explícita al ataque con drones, pero ha reiterado su apoyo a las negociaciones de Ginebra. La posición alemana, expresada en privado por fuentes diplomáticas, es de prudencia extrema: un nuevo cierre prolongado del estrecho encarecería el gas licuado que Alemania necesita para sustituir el suministro ruso que dejó de recibir por gasoducto. Rusia, mientras tanto, observa con atención. La agencia estatal RT ha sido la primera en reportar los hechos, enmarcándolos como una justificación iraní para revisar el régimen de navegación del estrecho, lo que sugiere una sintonía con la posición de Teherán.
Para España el impacto tiene dos caras. La más inmediata, energética. El país importa más del 70% de su petróleo por vía marítima, y el estrecho de Ormuz es la puerta de entrada del crudo procedente de Oriente Medio. Una nueva escalada militar que interrumpiera el tráfico colocaría al Gobierno ante una tormenta perfecta: inflación, presión sobre los precios del transporte y tensión en los suministros industriales. La segunda derivada, de orden estratégico, afecta a la relación con Marruecos. Un encarecimiento del crudo y una eventual inestabilidad en el Magreb —donde Argelia afianza su cooperación energética con Rusia— pondrían a prueba las prioridades de la diplomacia española, ya tensionada por la cuestión del Sáhara. La Unión Europea necesita el gas argelino más que nunca, y Argelia explota esa posición cada vez que España refuerza su compromiso con los intereses marroquíes.
La OTAN no ha activado ningún mecanismo de respuesta por el momento, pero el episodio refuerza el argumentario de quienes, dentro de la Alianza, exigen un refuerzo de la presencia naval en el Mediterráneo oriental y el Índico. En el Pentágono coexisten dos almas: la que desea cerrar el capítulo de Oriente Medio para centrarse en el Indo-Pacífico y la que lee el ataque iraní como la confirmación de que el repliegue es ilusorio mientras el programa nuclear iraní siga sin una solución definitiva.
El domingo, cuando Vance y Qalibaf se sienten en Ginebra, el equilibrio de poder podría dar un giro o perpetuarse en el bloqueo. Lo que está en juego no es solo la navegación de unos cuantos superpetroleros, sino el diseño del orden posterior a una guerra que empezó con un bombardeo sobre Teherán y que hoy se mide en drones interceptados sobre una de las rutas comerciales más importantes del mundo.

