Un estudio liderado por el Centro de Estudios Avanzados de Blanes (CEAB-CSIC) revela que el lecho seco del Mar de Aral ha emitido 748 millones de toneladas de CO2 desde 1960 y propone reinundar parte del antiguo lago para evitar otros 605 millones de toneladas adicionales, una cifra que abre la puerta a la financiación mediante créditos de carbono.
Publicado en la revista Science, el trabajo documenta por primera vez la pérdida de carbono orgánico de los sedimentos expuestos y plantea que devolver el agua a una porción significativa del vaso sería una solución basada en la naturaleza con un impacto climático medible y una posible vía de retorno económico.
El carbono que salió a la luz: 748 millones de toneladas de CO2 desde 1960
El cuarto lago más grande del mundo empezó a encogerse cuando la Unión Soviética desvió sus dos ríos principales para regar cultivos. Hoy, el 90 % de su superficie original es el desierto salino de Aralkum. Ese fondo, antes cubierto por hasta 30 metros de agua, almacenaba materia orgánica durante siglos. Al secarse y entrar en contacto con el oxígeno, los sedimentos se descompusieron y liberaron CO2 de forma continuada.
El equipo, que muestreó en una expedición en 2022, midió los flujos de CO2 directamente y combinó esos datos con imágenes de satélite, fotogrametría con drones y modelos de vegetación. La cifra central es contundente: el lecho ha perdido 204 millones de toneladas de carbono orgánico, equivalentes a 748 millones de toneladas de CO2 atmosférico. La vegetación que colonizó el terreno seco apenas compensó un 1 % de esa pérdida.
“Existe un tesoro oculto de carbono bajo el mar de Aral”, resume Rafael Marcé, autor principal e investigador del CEAB-CSIC. El dato coloca este desastre ambiental en una nueva dimensión: no solo es una catástrofe ecológica y social, sino una fuente de emisiones que ha estado activa durante sesenta años sin figurar en la mayoría de los inventarios climáticos.
Devolver el agua para sellar el carbono: la propuesta de reinundación
¿Qué pasaría si el agua volviera a cubrir esos sedimentos? El contacto con el oxígeno se limitaría y la descomposición de la materia orgánica se frenaría de golpe. Los investigadores calculan que reinundar una parte relevante del lecho evitaría la emisión de 605 millones de toneladas de CO2 adicionales. No se trata de recuperar todo el mar histórico, sino de redirigir caudal suficiente hacia el vaso central mediante mejoras en el riego y en la eficiencia de la red hídrica de la cuenca.
El estudio propone ahorrar agua en los sistemas de regadío de Kazajistán, Uzbekistán y el resto de países ribereños para después liberarla hacia el sur del lago. La clave es la eficiencia: reparar canales, modernizar infraestructuras y coordinar la gestión de los ríos Amu Daria y Sir Daria podría liberar el volumen necesario para inundar al menos la mitad de la superficie original de 1960.
📊 Impacto ecológico en cifras
- CO2 ya emitido: 748 millones de toneladas desde 1960 por la exposición del lecho seco.
- Emisiones evitables: 605 millones de toneladas de CO2 si se reinunda una parte significativa del vaso.
- Inversión estimada: 9.700 millones de dólares en mejoras de la gestión hídrica para alcanzar el 50 % de la superficie original.
- Equivalencia tangible: 323 millones de toneladas de CO2 equivalente podrían convertirse en créditos comercializables en el mercado voluntario de carbono.

El carbono que guardaba el Aral sale ahora como un goteo continuo de CO2 que durará décadas si nadie sella el fondo.
El precio del carbono como palanca financiera
La novedad del estudio no es solo científica, sino económica. Los autores trasladan la cifra de emisiones evitadas al mercado voluntario de carbono y obtienen una horquilla de entre 3.600 y 18.000 millones de dólares, tomando los precios de referencia de 2024 para proyectos forestales y de uso del suelo. La amplitud de la banda refleja la volatilidad de estos créditos, pero el mensaje es relevante: la restauración del Aral podría autofinanciarse en parte si el carbono que deja de emitirse recibe un precio.
En el escenario más concreto, 9.700 millones de dólares en mejoras de la infraestructura hídrica bastarían para devolver agua al 50 % del lecho histórico y generar unos 323 millones de toneladas de CO2 equivalente en créditos comercializables. El mecanismo no elimina la necesidad de acuerdos entre los cinco países de la cuenca, pero introduce un incentivo donde antes solo había costes.
Los créditos de carbono basados en soluciones naturales están ganando terreno, aunque su credibilidad depende de una verificación rigurosa. Aquí, la propuesta se apoya en la medición directa de los flujos de CO2, una base más sólida que la de muchos proyectos de reforestación con escaso seguimiento.
La lección de Kok-Aral y los obstáculos políticos
Hay un precedente que da esperanza. La presa de Kok-Aral, terminada en 2005, separó el Pequeño Mar de Aral del sector sur y permitió retener mejor el agua del Sir Daria. En solo tres años, el volumen de la parte norte aumentó un 68 %, la salinidad cayó a la mitad y la producción pesquera se multiplicó por más de tres. Ese éxito demuestra que una recuperación parcial, bien diseñada, puede devolver vida y actividad económica a la zona.
Pero escalar esa fórmula a todo el vaso sur es una tarea titánica. El agua del Aral se reparte entre Kazajistán, Uzbekistán, Kirguistán, Tayikistán y Turkmenistán, que compiten por el recurso para regar algodón, abastecer ciudades y alimentar sus economías. “Un crédito no llena un lago”, advierten los investigadores. La financiación climática puede pagar obras y sellar parte del carbono, pero no crea agua de la nada ni sustituye los pactos políticos necesarios.
Además, el Aral no es un caso aislado. El estudio señala riesgos parecidos en el Gran Lago Salado, el mar de Salton, el lago Urmía, el lago Chad y el mar Caspio, donde el retroceso de las aguas puede exponer sedimentos igualmente ricos en carbono orgánico. La conclusión de fondo es que, cuando un gran lago desaparece, no solo se pierde biodiversidad: se abre una fuente de CO2 que seguirá emitiendo durante décadas si no se actúa.
Más allá del inventario: lo que no medimos también calienta
El estudio del CEAB-CSIC añade una pieza que faltaba en muchos inventarios climáticos. Hasta ahora, la contabilidad de emisiones se centraba en la quema de combustibles fósiles, la deforestación o la agricultura intensiva. Los grandes lagos secos rara vez aparecían como fuente activa de CO2. La investigación de Science cambia esa mirada y abre una discusión de calado: si queremos cumplir los objetivos del Acuerdo de París, hay que contar también con las emisiones que salen de la tierra de los antiguos mares.
La propuesta de reinundación no es una solución mágica. Requiere inversiones multimillonarias, tecnología de ahorro hídrico, una gobernanza cooperativa inexistente hoy y un mercado de carbono maduro que pague por las emisiones que realmente se evitan. Aun así, los 605 millones de toneladas de CO2 que podrían quedarse bajo el agua son una cifra lo bastante grande como para merecer atención: equivalen, por ejemplo, a las emisiones anuales de un país como Alemania.
La lección del Aral vale para otras cuencas amenazadas. El carbono que ocultan los sedimentos lacustres no está inventariado, pero eso no significa que no cuente para el termómetro global. Devolver el agua al lecho no solo recuperaría ecosistemas y economías locales: sellaría una fuga de carbono que lleva sesenta años emitiendo sin que nadie le ponga precio.
🌍 El Impacto Real para el Futuro
- Beneficio medible: Evitar la liberación de 605 millones de toneladas de CO2, equivalentes a las emisiones anuales de un país como Alemania, y recuperar parcialmente la función de sumidero del antiguo lago.
- Modelo que cambia: Incluir los sedimentos de grandes lagos secos en los inventarios climáticos y abrir la puerta a financiar restauraciones con créditos de carbono basados en mediciones directas de flujos de CO2.
- Para las próximas generaciones: Recuperar agua, pesca y resiliencia en una de las mayores catástrofes ambientales del siglo XX, transformando una fuente continua de emisiones en un activo climático que puede autofinanciarse.
