EN 30 SEGUNDOS
- ¿Qué ha pasado? Estados Unidos ha rechazado la petición de Arabia Saudí de intervenir militarmente contra los hutíes, y Riad reconoce que se está quedando sin misiles interceptores para frenar drones y misiles.
- ¿Quién está detrás? La administración Trump, que prioriza mantener abierto un canal con los hutíes; el movimiento hutí, que gana terreno hacia el estrecho de Bab el-Mandeb; y una coalición liderada por Riad a la defensiva.
- ¿Qué impacto tiene? La infraestructura petrolera saudí y el tráfico del mar Rojo quedan expuestos, con efecto directo sobre el precio del crudo que consume Europa y sobre la seguridad del comercio hacia Suez.
El Pentágono cierra la puerta a intervenir en Yemen y Riad se queda sin misiles interceptores frente a los hutíes. La Casa Blanca ha declinado la petición saudí de atacar posiciones hutíes, según Associated Press, y el reino ha tenido que buscar apoyo aéreo en Francia, Reino Unido, Pakistán, y Egipto.
El agujero aéreo saudí y la cuenta de los interceptores
La situación es, en palabras de un responsable regional citado por la agencia estadounidense, ‘muy difícil’. Arabia Saudí debe proteger a la vez bases militares, instalaciones gubernamentales e infraestructura petrolera. Y no le quedan suficientes proyectiles para hacerlo. El propio arsenal estadounidense de interceptores se ha reducido durante el conflicto con Irán, lo que limita la capacidad de Washington para reabastecer a su socio del Golfo aunque quisiera.
El rebrote bélico arrancó a mediados de julio, cuando Riad bombardeó el aeropuerto de Saná para impedir el aterrizaje de un avión iraní de pasajeros. Desde entonces, los hutíes han pasado a la ofensiva: han recuperado terreno en la costa occidental, han intensificado los ataques contra objetivos estratégicos y han anunciado restricciones al tráfico marítimo del mar Rojo vinculado al crudo saudí.
El avance hutí hacia el estrecho de Bab el-Mandeb es el dato que preocupa en los estados mayores. Ese paso marítimo, que separa Yemen de Yibuti y Eritrea, concentra una parte decisiva del comercio entre Asia y Europa. La agencia Axios informó de que el príncipe heredero, Mohammed bin Salman, llamó dos veces a Trump para urgirlo a bombardear a los hutíes mientras sus fuerzas se acercaban al cuello de botella.
Hace unos días, los hutíes aseguraron haber derribado un caza F-15 saudí y difundieron un vídeo con restos que, a primera vista, parecían de un aparato de la Real Fuerza Aérea Saudí. La reivindicación no ha sido verificada de forma independiente y conviene tratarla con cautela, pero encaja con el relato de un ejército saudí obligado a defenderse.
Washington ya no paga la seguridad de Riad con sus propios misiles, y ese cambio de factura es el terremoto silencioso del Golfo.
A eso se suma el sabotaje contra el oleoducto Este-Oeste, la arteria que permite a Arabia Saudí exportar crudo sin depender del estrecho de Ormuz y alcanzar el puerto de Yanbu, en el mar Rojo. El ataque con drones obligó a Riad a cerrar temporalmente la ruta. Las autoridades saudíes señalaron que procedía de Irak, aunque las milicias iraquíes respaldadas por Irán negaron cualquier responsabilidad.
Por qué Washington deja caer a su viejo aliado

La negativa no es un descuido. Trump lo dijo en público: su administración rechazó intervenir en Yemen para no cerrar el canal que mantiene abierto con los hutíes. Es la doctrina transaccional llevada al extremo. Durante décadas, el paraguas de seguridad estadounidense sobre el Golfo fue la piedra angular de la presencia militar en Oriente Próximo. Hoy Washington calcula cada misil y cada despliegue en función de lo que le cuesta y de lo que le renta.
Mientras tanto, la diplomacia avanza por otras vías. Omán acogió el pasado fin de semana una reunión entre representantes de Estados Unidos y de los hutíes para abordar las tensiones regionales, siempre según las mismas fuentes. Egipto y Omán lideran los esfuerzos de desescalada. Un segundo responsable regional resumió la postura saudí: quieren una respuesta colectiva de sus aliados, ‘pero la decisión ahora es dar una oportunidad a la diplomacia’.
El problema es que Riad construyó su defensa aérea sobre la premisa de que Estados Unidos nunca fallaría. Ese contrato implícito se ha roto en tiempo real, y el reino ha tenido que improvisar una coalición de emergencia a la carta con París, Londres, Islamabad, y El Cairo. Pakistán, potencia nuclear y viejo socio militar saudí, aparece por primera vez en esa lista de auxilio aéreo.
Equilibrio de Poder
La lectura estratégica es clara: Estados Unidos reduce su huella en Oriente Próximo y deja un vacío que nadie está en condiciones de llenar. Moscú, embarcado en su propia guerra y sancionado, no tiene capacidad de proyectar defensa aérea creíble en el Golfo. Bruselas, que ya despliega la misión naval Operación Aspides en el mar Rojo para escoltar buques mercantes, carece de medios para sustituir el paraguas estadounidense. China compra petróleo saudí, pero no vende seguridad.
Para España, el asunto no es ajeno. Buena parte del crudo y del gas licuado que llegan a los puertos españoles transitan por el mar Rojo y el canal de Suez, la misma ruta que los hutíes amenazan con cerrar. Un estrechamiento de Bab el-Mandeb dispara el precio del flete, encarece la energía y golpea la cuenta corriente. A eso se suma el flanco sur: la inestabilidad del mar Rojo alimenta el tráfico de armas hacia el Cuerno de África y el Sahel, la frontera estratégica que España vigila desde Canarias y desde las bases de Rota y Morón.
El precedente más cercano tiene nombre. En 2019, el ataque con drones y misiles de crucero contra Abqaiq y Khurais, en el corazón petrolero saudí, dejó fuera de servicio la mitad de la producción del reino en cuestión de horas. Entonces Washington tampoco movió un dedo sobre el terreno y culpó a Irán sin represalias militares. Lo que hoy vemos es la continuación de esa lógica, agravada porque Arabia Saudí ya no tiene misiles que gastar. Arabia Saudí es, además, uno de los mayores importadores de armamento del planeta, según los registros de SIPRI.
La incertidumbre no es menor. La reivindicación hutí sobre el F-15 no está confirmada y el origen iraquí del ataque al oleoducto tampoco. Nadie en la región tiene incentivos para decir toda la verdad. Lo que sí es verificable es la aritmética: menos interceptores, más territorio perdido y una potencia protectora que ha decidido mirar para otro lado.
El siguiente hito será la evolución de las conversaciones de Omán y la próxima reunión del Consejo de Seguridad de la ONU sobre Yemen, donde se medirá si la vía diplomática aguanta. Si los hutíes consolidan su control sobre la orilla oriental de Bab el-Mandeb, el tablero energético europeo entrará en una fase que ya no se resolverá con comunicados. Y España, con su dependencia del tráfico del mar Rojo, lo notará antes en la factura de la luz que en los titulares.

