Adiós al ajo quemado en el sofrito: el truco de Martín Berasategui para que nunca coja color

Un control preciso del fuego y la regla de oro del cocinero con más estrellas Michelin de España garantizan un sofrito sin amargor. Aprende a dominar esta técnica para cualquier guiso.

Pocas cosas duelen más en la cocina que el momento en que un sofrito, que prometía ser la base perfecta para unas lentejas o un guiso de carne, se tuerce: el ajo se ha tostado sin querer y un regusto amargo se adueña de todo. Ahí, con la sartén humeando y la frustración a cuestas, uno solo piensa en empezar de nuevo. Pero eso se acabó. Martín Berasategui, el cocinero con más estrellas Michelin de España, tiene una regla de oro tan simple como revolucionaria: “Que no coja color nunca”.

Lo soltó sin darle mayor importancia durante la grabación de un programa junto a David de Jorge, mientras preparaba unos lomos de merluza con mejillones. La frase, en apariencia anodina, es la llave maestra para cualquier sofrito. El chef donostiarra explicó que si el ajo empieza a dorarse, se está quemando, y entonces libera unos amargos “malísimos para el paladar”. Controlar el fuego y respetar ese mandato es lo único necesario para no tener que tirar la cebolla pochada y volver a empezar.

El secreto del éxito

  • Temperatura bajo control absoluto: El fuego debe ser medio-bajo, nunca fuerte, y si ves que el aceite humea o chisporrotea más de la cuenta, aparta la sartén unos segundos.
  • Ajo laminado fino y sin prisas: Cuanto más fino lo cortes, más rápido se cocinará sin necesidad de subir la temperatura para que suelte el aroma. Así no se quema.
  • Paciencia, no color: Mueve el ajo con suavidad en el aceite caliente hasta que “baile” pero permanezca blanco. Solo cuando la cebolla entre en escena tendrás el margen para subir un poco la potencia.

Los ingredientes del sofrito perfecto

  • 4 dientes de ajo
  • 1 cebolla grande
  • 1 pimiento verde italiano
  • 100 ml de aceite de oliva virgen extra
  • 2 tomates maduros rallados (o 200 g de tomate triturado natural)
  • Sal al gusto

Cómo hacer el sofrito paso a paso

Calienta el aceite en una sartén amplia o cazuela baja, a fuego medio-bajo. Añade los ajos laminados y remueve con una cuchara de madera. Siente el aroma dulce que empieza a llenar la cocina, pero no apartes la vista ni un segundo: en cuanto empiecen a bailar, sin tomar color, incorpora la cebolla picada fina. Ese es el instante crítico en el que Berasategui te recuerda que no deben dorarse.

Publicidad

Con la cebolla dentro, sube un punto la temperatura y remueve de vez en cuando hasta que se vuelva translúcida y dulce. Después añade el pimiento verde troceado y deja que se poche todo junto unos diez minutos más. Cuando las verduras estén blandas y la cocina huela a hogar, incorpora el tomate rallado y la sal. Baja el fuego al mínimo y cocina todo lentamente durante veinte o treinta minutos, removiendo de tanto en cuando, hasta que el agua del tomate se evapore y quede una salsa espesa y brillante.

El aroma a aceite y verdura confitada será tu guía. Si en algún momento notas un olor a tostado, retira la cazuela del fuego y añade un chorrito de agua fría para cortar la cocción. Pero si sigues la regla de oro de “que no coja color nunca”, no hará falta.

Mantener el ajo blanco no es capricho: es la diferencia entre un guiso que abraza y uno que araña la garganta.

Variaciones, maridaje y trucos extra

Este sofrito es la base de mil platos: arroces, lentejas, albóndigas en salsa… Si quieres darle un aire distinto, añade una ñora seca hidratada al final del pochado, o una cucharadita de pimentón dulce justo antes del tomate (cuidado, que no se queme). Para una versión expresa, usa el fuego un poco más vivo pero sin dejar de remover, y tendrás el sofrito listo en quince minutos; el sabor será menos profundo, pero cumplirá.

En cuanto al maridaje, este sofrito pide un vino blanco joven y fresco, como un godello o un albariño, que respete los matices dulces del ajo y el tomate. Y si te sobra, congélalo en cubiteras: tendrás dosis de sabor instantáneo para cualquier guiso futuro. En la nevera aguanta hasta cinco días en un tarro hermético.

Ahora que ya conoces el truco de Berasategui, solo queda ponerlo en práctica y decir adiós para siempre al amargor. Tu sofrito te lo agradecerá.