Fernán Caballero, la mujer tras el seudónimo que firmó «La Gaviota»

Cecilia Böhl de Faber publicó La Gaviota en 1849 bajo el seudónimo masculino Fernán Caballero. La identidad de la autora desató especulaciones en los círculos literarios de Madrid durante años. Sólo un retrato colectivo encargado por la Academia Sevillana reveló el disfraz.

La carta, fechada en el Puerto de Santa María en mayo de 1849, comenzaba con una frase que el redactor jefe de El Heraldo releyó dos veces: «Señor director: adjunto os remito unos capítulos que, si merecen vuestra aprobación, podríais insertar en vuestro apreciable periódico». La firma era seca, casi arrogante: Fernán Caballero. Nadie en la redacción de la calle de la Madera, en Madrid, había oído aquel nombre. El ayudante, con las manos manchadas de tinta, dejó el paquete sobre la mesa y murmuró con desgana: «Otro aficionado».

Aquella noche, bajo la luz de una lámpara de aceite, el director comenzó a leer. Lo que encontró no eran las habituales rimas provincianas: era un retrato minucioso, casi cruel, de la Andalucía que él creía conocer. Los personajes hablaban como lo haría un gitano de Triana o un párroco de Dos Hermanas; el paisaje olía a jara, a vino rancio y a marisma. El director apartó la carta y miró la firma. «Fernán Caballero», repitió, esta vez en voz alta. Después apagó la lámpara, pero no pudo dormir.

Ese era el problema: la carta no mentía, pero tampoco decía toda la verdad. Quien la había escrito no era un hombre, ni mucho menos un hidalgo manchego. Bajo aquel seudónimo se ocultaba una mujer de cincuenta y tres años llamada Cecilia Bohl de Faber, viuda por dos veces, culta hasta la insolencia y con una vida que superaba cualquier folletín.

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Capítulo I: La niña que escribía en francés

Cecilia había nacido el 24 de diciembre de 1796 en la villa suiza de Morges, a orillas del lago Lemán. Era hija de Juan Nicolás Böhl de Faber, cónsul de las ciudades hanseáticas en Cádiz y erudito apasionado por la literatura del Siglo de Oro, y de Francisca Ruiz de Larrea, una escritora que abriría en Cádiz uno de los primeros salones literarios de la España napoleónica. La niña creció entre ediciones príncipes del Quijote y las tertulias de exiliados alemanes; aprendió alemán, francés e inglés antes de dominar el castellano que luego recogería en sus novelas.

Cuando las tropas napoleónicas ocuparon la Península, la familia Böhl huyó con lo puesto. Cecilia pasó la adolescencia en El Puerto de Santa María, un enclave gaditano donde las calles angostas le enseñaron el habla popular que más tarde volcaría en sus páginas. Allí contrajo matrimonio, con diecinueve años, con el comerciante Antonio Planells y Bardaxi. La unión duró apenas un suspiro: Planells murió ese mismo año y la joven viuda se refugió, otra vez, en los libros.

En 1822 volvió a casarse, ahora con el teniente coronel Antonio de Arco y Prado. Con él recorrió plazas militares del sur y escuchó las historias de soldados y contrabandistas que luego poblarían sus relatos. Cuando Arco murió, en 1835, Cecilia ya era dueña de una biblioteca propia y de un estilo forjado en cartas, diarios y traducciones. A nadie le extrañó que, al quedarse huérfana de marido por segunda vez, decidiera volcarse en la escritura. Lo que nadie esperaba era el disfraz.

Capítulo II: Un hombre de La Mancha

El seudónimo Fernán Caballero no fue un capricho. Cecilia lo tomó del nombre de un pueblo de Ciudad Real, un lugar que ni siquiera figuraba en los mapas comunes pero que a ella le sonaba a recio, a campo abierto y a Castilla vieja. Ella quería alejarse de los salones cursis que asociaban la pluma femenina a álbumes de acuarelas y versitos de abanico. Firmar como un hombre era, sencillamente, la única forma de que la tomaran en serio.

La elección resultó genial. Cuando el primer capítulo de La Gaviota apareció en El Heraldo, el 9 de mayo de 1849, los lectores madrileños recibieron con entusiasmo la nueva voz. La novela contaba la historia de una humilde pescadora de la costa onubense que triunfaba en los escenarios gracias a su voz prodigiosa, pero que se destruía a sí misma por la vanidad y el abandono de sus raíces. Cada entrega traía un español distinto: el de los duques y el de los arrieros, el de los contrabandistas de la sierra y el de los párrocos de aldea. No era literatura de salón: era costumbrismo de verdad, con mugre en las uñas y salitre en la ropa.

Los círculos literarios de la capital ardieron en especulaciones. ¿Quién era ese Fernán Caballero? Algunos decían que se trataba de un militar retirado; otros, de un diplomático que había vivido en Andalucía. Hubo quien aseguró haberlo visto en una taberna de la plaza de la Cebada, con capa y chambergo, tomando notas en una libreta. Lo que nadie imaginaba era que la autora no podía pisar una taberna sin escándalo, porque era una señora viuda, católica y respetable que se movía entre el recato del Puerto de Santa María y las tertulias privadas de Sevilla.

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Cecilia Böhl de Faber

Capítulo III: La imagen que traiciona

Cecilia —ya con cincuenta y muchos años— siguió escribiendo sin revelarse. A La Gaviota le siguieron Clemencia, La familia de Alvareda y un sinfín de cuadros de costumbres en los que retrataba el campo andaluz con una mezcla de ternura y realismo. Los lectores pedían más; los críticos alababan «el oído prodigioso» del autor para el habla popular. Pero a medida que el mito crecía, la intriga se volvía insostenible.

La clave la tuvo, sin pretenderlo, el pintor José María Esquivel. En 1856, por encargo de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras —corporación de la que Cecilia era ya miembro honorario—, Esquivel incluyó su retrato en un gran lienzo que reunía a los literatos sevillanos del momento. Allí, entre los hombres de levita y bigote, aparecía una figura femenina de rasgos serenos, con un libro en la mano. Era Cecilia Böhl de Faber. El cuadro se expuso en Sevilla y provocó un rumor que ya no pudo contenerse: Fernán Caballero era una mujer.

Algunos reaccionaron con admiración; otros, con sorna. El periódico La Ilustración publicó una caricatura en la que un caballero se quitaba la peluca para mostrar una larga melena. La propia Cecilia escribió a su amigo Juan Valera, el futuro académico, una carta en la que confesaba, con humor: «Ya ve usted que la mascarada ha terminado. Estoy contenta de que se hayan llevado chasco los que me creían un barbudo». Pero esa carta, que Valera guardó celosamente, fue más un alivio que una derrota. A Cecilia nunca le había gustado el engaño; lo veía como un trámite, un peaje para entrar en una fiesta a la que las mujeres no estaban invitadas.

Capítulo IV: La viuda que se casó con un diplomático

Aquel mismo año de 1856, Cecilia viajó a Madrid para asistir a la representación teatral de una de sus obras. Contaba con sesenta años cumplidos y un cansancio que solo sus íntimos percibían. En la capital conoció a Antonio Hurtado de Mendoza, un diplomático peruano que la cortejó con una mezcla de admiración literaria y afecto sincero. Se casaron en 1861, en la intimidad de una capilla privada. Era el tercer matrimonio de ella, y los biógrafos aún discuten si fue un acto de amor o de pragmatismo para asegurarse compañía en la vejez.

Los últimos años los pasó en Sevilla, en una casa de la antigua judería, rodeada de gatos y de papeles. Siguió escribiendo, pero la pluma ya le pesaba. Los nuevos tiempos traían otras modas: el naturalismo de Pereda, las novelas de tesis de Galdós, y a ella empezaron a llamarla «la viejecita de los cuentos». El 7 de abril de 1877, a los ochenta años, Cecilia Böhl de Faber falleció mientras dormía. La noticia corrió por las redacciones con un titular que muchos no habían imaginado leer: «Ha muerto Fernán Caballero».

Cecilia Böhl de Faber

Capítulo V: El legado que escribió con nombre ajeno

Cuando los herederos vaciaron la casa, encontraron manuscritos inéditos y un diario personal donde Cecilia escribía, en francés, sus impresiones sobre la España que tanto amó y que tan a menudo la despreció. Había allí también una copia de La Gaviota con anotaciones al margen. En una de ellas, subrayó el parlamento final de la protagonista y escribió: «Esta no es Marisalada; soy yo».

La historia de Fernán Caballero es, en realidad, dos historias. La primera es la de una escritora que sorteó los prejuicios de su siglo y se coló en el canon literario a base de talento y de un bigote de tinta. La segunda, más amarga, es la de una mujer que tuvo que esconderse para ser escuchada. La Real Academia Española jamás le abrió las puertas —habría de esperar hasta 1978 para admitir a Carmen Conde—, y sus obras circularon durante décadas en ediciones precedidas por prólogos de hombres que se permitían corregirle la sintaxis. Hoy, el pueblo de Fernán Caballero, en Ciudad Real, le ha levantado una plaza con su nombre. Pero los turistas que se hacen fotos allí no saben que el verdadero Fernán Caballero nunca pisó sus calles; que el pueblo es una invención tan grande como el seudónimo, y que la autora que los dos ocultaban vivió toda su vida a orillas del Atlántico, mirando el mar que nunca se llevó del todo el sabor de las marismas.

Cecilia Böhl de Faber

Aún quedan, en los archivos de la familia, cartas sin publicar. La última que se conoce, dirigida a su sobrino Federico, termina con una línea que lo resume todo: «He escrito como un hombre porque en esta España nuestra una mujer no podía escribir. Ojalá algún día eso cambie, y entonces ya no haga falta ningún Fernán Caballero». Lo escribió en 1875, dos años antes de morir, y quizá por eso escogió el modo condicional. Sabía, mientras doblaba la cuartilla, que el cambio no llegaría a verlo.