Miguel Servet, el médico que descubrió la circulación pulmonar antes de morir en la hoguera

Condenado por herejía en la Ginebra de Calvino, su tratado sobre la circulación sanguínea acabó en la pira junto a su autor. De la edición de 1553 de 'Christianismi Restitutio' apenas sobrevivieron tres ejemplares, uno de ellos custodiado en la Biblioteca Nacional de Francia.

Nadie reparó en el forastero que aquella tarde de agosto de 1553 pedía posada cerca de la puerta de la Corraterie. Había caminado con los zapatos rotos y el alma en vilo, perseguido por la Inquisición y desoído por los suyos. En su zurrón viajaba un manuscrito tan explosivo como las brasas que, diez semanas más tarde, consumirían su cuerpo en la colina de Champel.

Capítulo I: La sombra del hereje

Miguel Servet había cruzado media Europa para llegar a Ginebra. Cuatro meses antes, el 4 de abril de 1553, los agentes de la Inquisición de Vienne lo detuvieron en su propia casa, alertados por una carta anónima que Calvino había enviado desde Ginebra con pruebas manuscritas. Aquella noche, Servet logró saltar por una ventana de la prisión del palacio de Delphinal y se perdió entre los callejones del Ródano. Durante semanas caminó por senderos secundarios, alimentándose de mendrugos y evitando los caminos reales. Al llegar a la república de Calvino esperaba, quizá, un juicio donde pudiera defender sus ideas teológicas sin la espada de Roma sobre el cuello.

El posadero no sospechó del huésped que se registró un nombre falso. La ciudad bullía de disciplina calvinista: los oficios religiosos eran obligatorios, las tabernas estaban vigiladas y los vecinos denunciaban cualquier desviación doctrinal. Servet acudió el domingo 13 de agosto a la iglesia de la Madeleine para escuchar el sermón. Unos ojos lo reconocieron: sus antiguos compañeros de debate sabían que aquel rostro menudo y la barba descuidada pertenecían a un hereje que había osado negar la Trinidad en De Trinitatis Erroribus (1531) y que ahora ultimaba un volumen aún más virulento. A las pocas horas, lo arrestaron y lo encerraron en la cárcel del Hospital de la Madeleine.

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Capítulo II: Las cartas que encendieron la hoguera

La suerte de Servet estaba sellada antes de cruzar la puerta de la Corraterie. Calvino y él intercambiaban correspondencia desde hacía casi una década: treinta cartas en las que el reformador intentaba refutar sus tesis y el español replicaba con una audacia que lindaba la insolencia. En 1546, Servet cometió la imprudencia de enviarle el manuscrito de Christianismi Restitutio, una refundición de sus obras teológicas donde además exponía su revolucionaria descripción de la circulación pulmonar. Calvino guardó aquellas páginas y, cuando la Inquisición de Lyon andaba tras los pasos de Servet, no dudó en facilitar las pruebas para su captura. «Mientras yo gobierne aquí, no saldrá con vida», le confió por carta a un amigo.

El juicio eclesiástico de Vienne lo declaró hereje en rebeldía y el 17 de junio de 1553 quemó su efigie junto con los ejemplares del libro que lograron requisar. Pero Servet, terco y convencido, ya planeaba el viaje a Ginebra. Creía que, confrontando a Calvino en su propio feudo, obligaría a la ciudad a escuchar su versión de la fe. Fue un error de cálculo fatal. El Consejo de los Doscientos, instigado por el consistorio, vio en su caso una oportunidad para reafirmar la ortodoxia reformada. Nombraron procurador fiscal al propio Calvino, que redactó treinta y ocho artículos de acusación.

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Capítulo III: El latido secreto de los pulmones

Si el proceso religioso sepultó a Servet bajo el peso del dogma, el texto que llevaba cosido a su ropa contenía una de las intuiciones médicas más lúcidas del Renacimiento. Hasta entonces, la fisiología galénica sostenía que la sangre se filtraba directamente del ventrículo derecho al izquierdo a través de unos poros invisibles del tabique cardíaco. Servet, que había estudiado medicina en Montpellier y practicado la disección en secreto, se apartó del magisterio de Galeno y afirmó algo inaudito: la sangre no podía atravesar el septo; en lugar de ello, daba un largo rodeo por los pulmones, donde se mezclaba con el aire y se volvía «vital».

«La sangre pasa del ventrículo derecho al izquierdo, no a través del tabique del corazón, como vulgarmente se cree, sino que por un larguísimo rodeo es enviada por los pulmones.»

La frase se encuentra en el libro quinto de Christianismi Restitutio, un apartado dedicado a la regeneración espiritual donde la metáfora médica le sirve para ilustrar la acción del Espíritu Santo. La descripción es tan precisa que, en 1553, podía haberse convertido en uno de los hitos de la medicina moderna. Pero Servet no era médico de cámara ni publicaba en latines académicos para la élite universitaria: era un reo condenado cuyos libros ardían en las plazas.

Capítulo IV: Juicio sin defensa

El proceso comenzó el 23 de agosto y se alargó dos meses. Servet permaneció en una celda húmeda, aquejado de dolores, con las pulgas como única compañía. Escribió memoriales al Consejo suplicando que se le permitiera defenderse sin abogado. «No pido más que un juicio público y limpio», repetía. Pero el tribunal sopesaba algo más que su suerte: la autoridad de Calvino, que cada domingo atronaba desde el púlpito, dependía de que el hereje no saliera indemne. Las sesiones se convirtieron en una sucesión de insultos teológicos; los pastores ginebrinos llamaron a Servet «blasfemo, monstruo y pedante» y él les devolvió los epítetos con la misma vehemencia.

El 26 de octubre el veredicto cayó como un martillo: Miguel Servet sería «quemado vivo en la colina de Champel» al día siguiente. A las once de la mañana del 27 de octubre, bajo un cielo plomizo, los soldados lo ataron al poste con una cadena de hierro y amontonaron a sus pies haces de leña verde. Alguien colocó sobre su cabeza una corona burlesca de paja empapada en azufre. La pira tardó en arder y el viento dispersaba las llamas. Servet, según testigos presenciales, gritó desgarradoramente: «¡Jesús, Hijo del Dios eterno, ten piedad de mí!». El énfasis en «eterno» —y no en «hijo»— fue su última rebelión doctrinal. Para acortar el suplicio, uno de los guardias arrojó un puñado de pólvora al brasero. Media hora después todo era ceniza.

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Capítulo V: El fuego que purificó la memoria

La ejecución borró al hombre pero no acabó con su sombra. De la edición de 1553 de Christianismi Restitutio sobrevivieron apenas tres ejemplares, escondidos en bibliotecas privadas y conventos antes de que las hogueras de Vienne y Ginebra consumieran el resto. Uno de ellos, hoy custodiado en la Biblioteca Nacional de Francia, muestra las anotaciones al margen que hizo un lector anónimo mientras la Inquisición lo buscaba. Durante casi un siglo el descubrimiento de la circulación pulmonar pareció perdido, hasta que William Harvey lo completó en 1628 con la descripción del circuito mayor.

La paradoja de Servet, como suele escribir el biógrafo Roland Bainton, es que murió por una teología que apenas sobreviviría al siglo XVI y legó una verdad científica que se demostró cierta con el paso de los años. En Ginebra, cuatrocientos años después, se erigió un monumento expiatorio: un monolito de piedra que lo recuerda como «víctima de la intolerancia de su tiempo». Las cenizas, sin embargo, se las llevó el viento de Champel mucho antes de que nadie pidiera perdón.

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