Greenpeace acaba de hacer públicos los datos del mayor desastre ambiental que vivió España en 2025: los grandes incendios forestales arrasaron 130.236 hectáreas y su extinción costó entre 3.548 y 6.741 millones de euros. La organización ecologista alerta de que cinco de los diez incendios más extensos de la historia del país se concentraron en ese ejercicio y exige un giro radical hacia la prevención y la gestión posincendios en 2026.
El informe ‘Grandes incendios forestales en España: qué ocurrió en 2025 y qué debe cambiar’ se presenta en plena primera ola de calor del verano y con un comienzo de temporada que ya ha superado la media de la última década: nueve grandes incendios forestales en lo que va de 2026, casi el triple de la superficie afectada respecto al mismo periodo del año pasado.
Un año negro: solo el 0,77% de los fuegos causó el 86% del desastre
Los números ponen negro sobre blanco el colapso del modelo de extinción. Aunque el número total de incendios descendió, los Grandes Incendios Forestales (GIF) se triplicaron respecto a la media histórica y su capacidad destructiva fue cuatro veces superior, según el análisis de Greenpeace. De las 130.236 hectáreas calcinadas, el 86% de la superficie fue provocada por apenas el 0,77% de los siniestros.
La mitad de los diez peores incendios de la serie histórica española ocurrieron en 2025 y tres de ellos tuvieron como epicentro la provincia de Ourense. El más voraz, el de Larouco – Quiroga – Oencia, devoró 37.765 hectáreas tras originarse de forma intencionada con tres focos simultáneos. Le siguió Oímbra, con 22.414 hectáreas y 24 heridos, tres de ellos brigadistas jóvenes en estado grave, originado por una imprudencia con maquinaria de desbroce. El tercer gran incendio, en Carballeda de Valdeorras – Porto – Encinedo, obligó a evacuar a más de 9.000 personas y calcinó otras 21.373 hectáreas.
El trabajo de campo realizado por Greenpeace diez meses después del desastre muestra que el 47% de la superficie quemada sufrió una severidad alta, sin apenas regeneración natural. “El aspecto de algunos pueblos afectados sigue siendo desolador. En numerosas zonas la severidad ha sido tan alta que ni todas las abundantes lluvias del invierno han logrado hacer brotar una sola brizna de hierba”, detalla Mónica Parrilla, responsable de la campaña de Incendios de la organización.
Coste económico y factura ecológica: hasta 6.741 millones y la Red Natura 2000 dañada
📊 Impacto ecológico en cifras
- Superficie quemada: 130.236 hectáreas, de las cuales 37.819 estaban dentro de espacios de la Red Natura 2000, el 26% del total arrasado en Galicia.
- Coste de la extinción: Entre 3.548 y 6.741 millones de euros, solo en las labores de apagado.
- Severidad del fuego: El 47% de la superficie alcanzó un grado de afección alto; un año después la regeneración natural es casi inexistente en amplias zonas.
- Especies amenazadas: Las llamas afectaron a hábitats críticos de oso pardo, urogallo y desmán ibérico, este último en peligro de extinción.
La factura no se limita a las cifras de extinción. El incendio de Valdeorras mostró un efecto cascada que la falta de cobertura vegetal agrava: las intensas tormentas de esta primavera arrastraron cenizas y lodo, provocaron deslizamientos de tierra y volvieron a teñir de negro los cauces fluviales con nuevas restricciones de agua potable. Actuaciones tempranas como el acolchado con paja agrícola, que en el incendio de Las Médulas redujo la erosión del suelo en un 85%, brillan por su ausencia en la mayoría de las zonas visitadas.
El mayor sinsentido para la recuperación ecológica llegó con la apertura de cotos de caza. La normativa gallega prohíbe cazar en terrenos quemados durante tres años, pero la Xunta rechazó en 2025 extender la veda a las áreas colindantes donde se refugiaba la fauna superviviente.
La evidencia es tozuda: gastamos entre 3.500 y 6.700 millones en apagar fuegos incontrolables mientras apenas invertimos en prevenir que se produzcan.
Prevención: la gran olvidada de la estrategia contra incendios
El 95% de los incendios tiene origen humano, y 2025 dejó muestras claras de que la planificación preventiva no funciona. En Galicia, el Plan de Prevención e Defensa contra os Incendios Forestais (Pladiga) identificó 26 Parroquias de Alta Actividad Incendiaria, pero al menos el 73% de ellas registraron siniestros, incluida A Granxa, el foco que prendió el gran incendio de Oímbra.
El cambio climático actúa como acelerador: el año pasado se registraron 33 días de ola de calor, la serie más prolongada de la historia, y el 71,4% de los grandes incendios coincidió con esos episodios. A ello se suman las tormentas secas, única causa natural de ignición, cuya frecuencia aumenta con el calentamiento global y que ya originaron dos de los cinco mayores incendios de 2025.
Greenpeace reclama un cambio estructural que escuchan desde hace años las organizaciones forestales y los expertos: invertir el presupuesto dedicado a la extinción frente al de prevención. Proyectos de participación local como Roble y Batefogo demuestran que la dinamización económica del medio rural, la gestión activa del territorio y el diálogo social reducen las causas profundas del problema mucho más que una vigilancia punitiva.
El dinero de la extinción no sustituye al monte vivo
A raíz del shock social que supusieron los incendios de 2025, se activaron algunos mecanismos institucionales: la Fiscalía de Medio Ambiente elevó la exigencia legal sobre los planes preventivos, se puso en marcha un Pacto de Estado frente a la emergencia climática con medidas específicas sobre incendios y se aprobaron directrices estatales de gestión del monte y cooperación transfronteriza con Portugal. Sin embargo, el grueso de los recursos sigue concentrado en la extinción, mientras la despoblación rural y el abandono de terrenos —agravados por un minifundismo que complica la gestión forestal— siguen sin atajarse.
“Los incendios de 2025 parecen algo del pasado, pero sus consecuencias siguen muy presentes”, advierte Parrilla. Y el arranque de 2026 ya ha demostrado que esperar al próximo agosto no es una opción: la superficie quemada casi se ha triplicado respecto al mismo periodo del año anterior. Posponer la inversión en prevención equivale a seguir pagando una factura que cada verano sube de precio.
🌍 El Impacto Real para el Futuro
- Beneficio medible: Cada euro invertido en gestión forestal activa y prevención temprana evita gastos de extinción hasta diez veces superiores y acelera la recuperación de los suelos quemados.
- Modelo que cambia: El abandono del enfoque basado solo en la extinción abre paso a un sistema que integra la dinamización rural, la planificación territorial y la participación ciudadana.
- Para las próximas generaciones: Frenar los mega incendios significa proteger cuencas hídricas, fijar CO₂ en el suelo y evitar que los paisajes calcinados se conviertan en emisores netos de carbono.

