EN 30 SEGUNDOS
- ¿Qué ha pasado? Mark Rutte, secretario general de la OTAN, se reúne este miércoles en la Casa Blanca con Donald Trump para desactivar las tensiones que amenazan la cohesión de la Alianza a quince días de la cumbre de Ankara.
- ¿Quién está detrás? La administración Trump exige a los aliados europeos un aumento del gasto en defensa hasta el 5% del PIB para 2035 y amenaza con represalias —incluida la retirada de asistencia militar— a quienes no apoyaron la guerra en Irán.
- ¿Qué impacto tiene? La posición de España, con un gasto en defensa en el 1,2% del PIB, queda comprometida. La cumbre de los días 7 y 8 de julio en Ankara será decisiva para el futuro de la seguridad colectiva europea.
El secretario general de la OTAN, Mark Rutte, ha aterrizado este miércoles en Washington con una misión tan sencilla de enunciar como difícil de ejecutar: convencer a Donald Trump de que la Alianza Atlántica no es un lastre para Estados Unidos, sino un multiplicador de su influencia. La cuenta atrás para la cumbre de Ankara —que se celebrará los días 7 y 8 de julio— aviva un fuego que el presidente estadounidense se ha encargado de atizar con amenazas directas, recortes militares y un ultimátum de gasto que deja a varios países europeos, entre ellos España, en el punto de mira.
La ‘ofensiva de seducción’ de Rutte: gráficos, elogios y la factura de la guerra
Según ha podido saber Euronews, Rutte ha diseñado una estrategia de persuasión hecha a medida para el mandatario estadounidense. Gráficos con letras doradas y rojas detallarán cómo la presión de Trump ha llevado a los aliados a alcanzar conjuntamente 1 billón de dólares de gasto en defensa. No se tratará solo de números: el secretario general ligará ese incremento a la creación de empleo en Estados Unidos gracias a la nueva demanda de producción militar procedente de Europa y Canadá.
El argumentario incluye los más de 90.000 millones de dólares adicionales en términos reales que los aliados europeos y Canadá destinaron solo el año pasado a sus presupuestos de defensa, una cifra récord que Rutte calificó de “increíble” la semana pasada en Bruselas, aunque sin ocultar que “todavía hay aliados que se contienen un poco y necesitan hacer más”. La puesta en escena busca replicar la fórmula que ya utilizó en la cumbre anterior, cuando llegó a referirse a Trump de forma polémica como “papá” —tras un conflicto regional en Oriente Medio—, un episodio que ilustra hasta qué punto la OTAN interioriza la lógica del halago como herramienta diplomática con Washington.
Ankara como ultimátum: la nueva senda del 5% del PIB y los ‘rezagados’
La cumbre de Ankara, los días 7 y 8 de julio, se plantea como la cita más tensa desde la invasión rusa de Ucrania en 2022. Estados Unidos espera ver pruebas concretas del compromiso de los aliados para elevar el gasto en defensa hasta el 5% del PIB en 2035, un salto drástico respecto al umbral del 2% que muchos países aún no han alcanzado. La declaración final, según fuentes de la OTAN consultadas por este medio, ni siquiera incluye de momento el compromiso de celebrar otra cumbre en 2027, un síntoma del recelo con el que Bruselas mira la evolución de una administración Trump que ha retirado 5.000 soldados de Alemania y ha puesto en revisión todos los despliegues militares estadounidenses en Europa.
Trump, que amenaza con retirar la asistencia militar prevista en la doctrina de defensa colectiva a los países que rechazaron ayudar en su guerra en Irán, sigue furioso con episodios como la restricción del espacio aéreo español o la negativa inicial del Reino Unido a ceder bases. “Nos hemos gastado todo este dinero. Y luego, cuando queremos que quizá nos ayuden en cosas pequeñas… dicen que no”, declaró esta semana en el Despacho Oval. La lista de “rezagados” —así los etiquetó el secretario de Guerra Pete Hegseth— incluye a Albania, España, Italia y Chequia, y la propia Bélgica solo ha alcanzado recientemente el objetivo del 2%. Hegseth llegó a calificar de “vergonzosos” a los representantes de los otros 31 aliados durante la reunión de ministros de Defensa de la semana pasada en Bruselas.

La exigencia del 5% del PIB para 2035 supone un quebradero de cabeza para los gobiernos europeos, que ya afrontan tensiones presupuestarias por la transición verde y el gasto social. En España, con un desembolso en defensa que ronda el 1,2% del PIB, la presión se traduce en un dilema de legislatura: cualquier intento de acelerar la inversión militar chocará con los socios de investidura de izquierdas, mientras que un incumplimiento flagrante puede costarle al país la etiqueta de socio fiable en la OTAN y, por extensión, en la UE, justo cuando Bruselas debate la autonomía estratégica europea ya sin el paraguas estadounidense garantizado.
Trump no pide solo dinero: está redibujando el mapa de garantías de seguridad que ha sostenido a Europa desde 1949.
El Eje del Poder Europeo
La guerra en Irán ha actuado como un acelerador de fracturas que se venían incubando desde el primer mandato de Trump. El choque entre Washington y Berlín —con el canciller Frederic Merz calificando la estrategia militar estadounidense de “mal planteada”— llevó a la retirada de tropas de Alemania, un gesto simbólico y militar que recuerda a los peores momentos de la crisis de Irak en 2003, cuando la negativa franco-alemana a secundar la invasión quebró la relación transatlántica. La diferencia ahora es cuantitativa: en juego están los más de 100.000 efectivos estadounidenses destinados en Europa, el presupuesto de la OTAN y la arquitectura de seguridad que ha permitido a los Veintisiete concentrarse en su mercado interior.
Para España el envite es doble. Desde el punto de vista militar, la restricción del uso de su espacio aéreo durante el despliegue en Irán ha sido interpretada en Washington como un desaire de un país que, además, no cumple los objetivos de gasto. Desde el punto de vista económico, el mensaje de la Casa Blanca es inequívoco: si Europa no paga, Estados Unidos se va. Y en un contexto en el que la Comisión Europea explora vías para financiar conjuntamente un pilar de defensa autónomo, la posición española —tradicionalmente recelosa del gasto militar— corre el riesgo de quedar aislada de un eje París-Berlín-Varsovia que acelera hacia una industria armamentística continental. El Gobierno de Pedro Sánchez tendrá que decidir en los próximos meses si mantiene una ortodoxia de bajo perfil en defensa o acepta que la seguridad ya no es gratis y que Bruselas, en alianza con la OTAN, va a pasar factura a los que no paguen.
La cumbre de Ankara, que en principio miraba hacia la ampliación y la defensa ártica, se ha convertido en un examen de estrés para la Alianza. Rutte aterrizó en Washington con la esperanza de que un puñado de gráficos bien diseñados pueda frenar una deriva que amenaza con el mayor repliegue estadounidense desde la guerra de Vietnam. El resultado de la reunión se medirá en los próximos días por el tono de los mensajes cruzados y, sobre todo, por el margen de maniobra que quede cuando los líderes se sienten en la mesa turca dentro de quince días.
