La CIA ha activado en Cuba una task force clandestina de espionaje financiero. La unidad, según el análisis del Soufan Center publicado este 12 de agosto, integra agentes de campo, ciberespecialistas y analistas de varias agencias de la comunidad de inteligencia estadounidense. Su misión declarada: vigilar las finanzas del régimen y fragmentar su base de poder.
Anatomía de la task force: qué vigila y con qué medios
No hay confirmación oficial de Langley ni de la Casa Blanca. De hecho, la filtración al New York Times ha abierto un debate clásico en el oficio: ¿fuga accidental o mensaje deliberado a La Habana? Yo me inclino por la segunda lectura. En la doctrina de la presión encubierta, publicar que existe una célula clandestina ya es una operación en sí misma.
Esa estructura permitirá asignar personal, fondos y activos técnicos con mucha más rapidez que los canales ordinarios. El objetivo es desarticular la cúpula que sostiene al régimen, según las fuentes citadas por el Soufan Center. No se trata de vigilancia pasiva. Es una plataforma preparada para operaciones de influencia, reclutamiento de oficiales extranjeros y, llegado el caso, acciones encubiertas.
El movimiento no nace de la nada. En mayo, el director de la CIA, John Ratcliffe, viajó a La Habana en una visita pública poco habitual. Fue un mensaje directo de la Casa Blanca a los mandos militares y de inteligencia cubanos. Han aumentado los vuelos de drones y el reclutamiento local. La semana pasada, Politico confirmó además un incremento del reclutamiento de oficiales extranjeros sobre el terreno.
Del bloqueo económico a la influencia encubierta
Conviene no confundir esta operación con un preludio de invasión. Washington ha ensayado en Irán y Venezuela una escalada basada en activos navales y operaciones antinarcóticos. El cambio político real no llegó. Ahora, con Cuba, apuesta por presión financiera, influencia encubierta y reclutamiento. La idea es comprimir la economía y la cohesión del régimen desde dentro. Es una doctrina de desgaste, no de desembarco.
El terreno es fértil para esa presión. La crisis económica cubana se ha agravado con sanciones y bloqueos marítimos al petróleo. Hay escasez de medicinas, combustible y alimentos. En julio, el gobierno se vio obligado a aprobar un paquete de reformas que abre espacios al sector privado y desmonta parte de los monopolios estatales. Para el secretario de Estado, Marco Rubio, esas reformas son un objetivo de Washington. Para mí, son también la evidencia de que la presión financiera funciona. La inteligencia no solo mira las cuentas: las convierte en palanca.
Una task force clandestina no derriba un régimen con un golpe; lo asfixia financieramente hasta que la cúpula se rompe sola.
La pieza más sensible del dispositivo es el reclutamiento sobre el terreno. Permite captar fuentes dentro del aparato financiero y militar cubano, mapear testaferros, seguir el flujo de divisas y detectar fisuras en en la vieja guardia y los nuevos operadores económicos. En esa lista destaca Raúl Guillermo Rodríguez Castro, nieto de Raúl Castro y actor económico relevante. Desde comienzos de 2026, la mayoría de los contactos directos ha pasado del Departamento de Estado a canales de inteligencia.
A ese clima contribuye el informe de 99 páginas difundido por el Departamento de Estado semanas atrás. Bajo el título ‘Cuba: Capital del Comunismo del Siglo XXI’, el documento vincula a oficiales de inteligencia cubanos con organizaciones sin ánimo de lucro y activistas dentro de Estados Unidos, incluidas las protestas por George Floyd o el activismo propalestino en campus universitarios. La narrativa es clara: justificar ante la opinión pública una postura más dura. Yo lo llamo por su nombre: preparar el terreno para una acción directa.
Pese a todo, la intervención militar directa no es inevitable. El Pentágono arrastra una crisis de municiones y añadir un teatro en el Caribe tensaría aún más la base industrial de defensa. Además, una operación terrestre asimétrica contra milicias guerrilleras cubanas podría resultar costosa. A menos de tres meses de las elecciones de mitad de mandato, una guerra en dos frentes es un riesgo político de primer orden para la Casa Blanca. Por eso la vía elegida es la inteligencia: una operación que no deja tanques en las playas, pero sí deja rastro en los libros de cuentas.
Dejémoslo en un ‘ya veremos’.
Dossier Moncloa: Ojos en la Sombra
En el Dossier Moncloa de hoy, la lectura es quirúrgica: el vector de amenaza es una infiltración HUMINT ampliada, con recolección de inteligencia financiera y señales en tiempo real. La CIA actúa como servicio atacante; la defensa corresponde a la Dirección de Inteligencia de Cuba y al MININT. En los bordes miran Rusia, China e Irán, socios de La Habana, y también los servicios europeos, que observan sin estridencias. A juzgar por la naturaleza del material —censos de testaferros, flujo de divisas, contactos con mandos—, estimo un nivel de clasificación Secreto.
No es la primera vez que Washington usa la inteligencia para asfixiar a Cuba. Entre 1961 y 1963, la Operación Mangosta combinó sabotajes, guerra psicológica y planes de asesinato contra Fidel Castro bajo dirección de la CIA y del fiscal general Robert Kennedy. Fracasó, pero dejó una lección que hoy vuelve: el derribo de un régimen por vía encubierta exige tiempo, paciencia y una contrainteligencia impecable. Lo he escrito en alguna ocasión: el próximo 11S no se anunciará con un avión, sino con un clic. En Cuba, el clic puede ser una transferencia bancaria rastreada hasta un familiar del poder.
El punto débil del análisis es la atribución. Solo hay una fuente abierta, el Soufan Center, sin confirmación oficial de Langley. Podría tratarse de una filtración intencional o de una intoxicación. Me consta que en La Habana la han leído exactamente así: como un aviso. El siguiente hito a vigilar es el cumplimiento de la reforma económica cubana y la respuesta de los servicios rusos. Si algo he aprendido es que en Cuba, desde hace sesenta años, todas las operaciones se parecen. Cambian los nombres, cambian las herramientas, pero el tablero sigue siendo el mismo.
