El nuevo jefe de la ODNI apunta a espionaje electoral y muere el exespía de la CIA John Stockwell

La designación de Christina Norton, especialista en vigilancia de urnas, como jefa de gabinete del director interino confirma la injerencia partidista. El fallecimiento del exagente John Stockwell subraya el fin de una era de idealismo en el oficio.

Bill Pulte, heredero de una fortuna inmobiliaria y director interino de la Oficina del Director de Inteligencia Nacional (ODNI) de Estados Unidos, ha dado una señal inequívoca de que pretende meter a su agencia en las próximas elecciones legislativas. Su primer movimiento como jefe ha sido fichar a Christina Norton, una operativa republicana especializada en la vigilancia de centros de votación, como su jefa de gabinete. Norton compaginará el cargo con el que ya ocupa en la agencia federal de vivienda que aún dirige Pulte, según ha revelado The New York Times. La designación es una maniobra que rompe con la tradición de una ODNI apolítica y alejada de la política doméstica.

Le adelanto que no es un simple relevo de cargos. Pulte carece de la «amplia experiencia en seguridad nacional» que exige la ley para quien ocupe ese puesto de forma permanente, pero compensa esa laguna con un entusiasmo indisimulado por investigar a los oponentes de Trump con argumentos espurios. Su llegada al puesto, junto a la purga de más de cincuenta altos cargos de la agencia —entre ellos los oficiales superiores de inteligencia para Rusia-Ucrania, Europa, Asia Oriental, China y armas de destrucción masiva— dibuja un panorama en el que la inteligencia estadounidense se pliega a intereses partidistas. Lo veo como un viraje de doctrina que tendrá consecuencias directas para los servicios aliados, incluido el CNI.

Una jefa de gabinete para monitorizar elecciones

Christina Norton no es una recién llegada a los asuntos electorales del Partido Republicano. En 2024 supervisó un programa de observadores de urnas que incluía a teóricos de la conspiración como Jack Posobiec, conocido por difundir las falsas historias del ‘Pizzagate’ sobre abusos a menores en una pizzería de Washington. La incorporación de una figura así a la cúpula de la ODNI, una agencia que por estatuto no tiene competencias en aplicación de la ley doméstica, es una declaración de intenciones. Pulte, en un intento de calmar las aguas, declaró al personal de la sede central que su mensaje era «simple: estamos centrando la ODNI en ser una agencia de inteligencia apolítica que proporcione al presidente la mejor información y opere con arreglo a la ley y al estatuto». Pero los hechos desmienten sus palabras.

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La purga de más de cincuenta altos cargos técnicos deja a la comunidad de inteligencia sin la memoria institucional necesaria para evaluar amenazas como Rusia o China. Esos oficiales no eran cargos políticos, sino funcionarios de carrera que llevaban años siguiendo la pista a actores hostiles. Su salida forzosa, en vísperas de un ciclo electoral, sugiere que el verdadero interés de Pulte no es proteger a Estados Unidos, sino blindar a una administración que ya ha mostrado su desprecio por la inteligencia que le resulta incómoda.

No me cabe duda de que esta deriva tendrá repercusiones al otro lado del Atlántico. Si la ODNI deja de ser el socio fiable que era para el CNI en los intercambios de información sobre amenazas transnacionales, el servicio español perderá una fuente crucial de alertas sobre ciberataques y operaciones encubiertas. Ya advertí en El quinto elemento que «el próximo 11S empezará con un clic». Si Washington politiza su inteligencia, ese clic será más probable.

Tulsi Gabbard, el gurú y las palabras prestadas

El episodio Pulte no es un caso aislado. La anterior directora de la ODNI, Tulsi Gabbard, ya metió a la agencia en el barrizal electoral cuando en enero se involucró en la incautación de papeletas en Georgia por parte del FBI. Además, una investigación del Washington Post ha revelado que Gabbard, durante sus años como congresista, utilizó de forma repetida en entrevistas y discursos palabras y frases recomendadas en memorandos que un asesor externo le suministraba. Ese asesor, según el diario, era Chris Butler, su gurú espiritual de una escisión del Hare Krishna en Hawái llamada Fundación para la Ciencia de la Identidad.

Los memorandos fueron obtenidos por el Post de Rebecca Saltzburg, una antigua estratega digital de las campañas de Gabbard y miembro del grupo religioso. Que una directora de inteligencia nacional repita como un mantra las consignas de un gurú poco conocido pone en cuestión la autonomía de quien debía coordinar a las diecisiete agencias de espionaje del país. Cabe recordar que la ODNI maneja material ultrasecreto y sus decisiones afectan a los Five Eyes y a los aliados europeos. Si a esto le sumamos la deriva electoral de Pulte, el deterioro de la inteligencia estadounidense ya no es una hipótesis: es un riesgo real para la seguridad occidental.

La politización de la inteligencia estadounidense no es un problema interno de Washington: es un agujero en el paraguas de seguridad que protege a España y al resto de Europa.

Por cierto, quienes conocen el oficio saben que estas crisis internas no pasan desapercibidas para Moscú ni para Pekín. El FSB y el MSS leen con atención cada purga y cada nombramiento en Langley y en el ODNI. La pérdida de analistas expertos en Rusia y China es una ventana de oportunidad que los servicios adversarios explotarán con operaciones de desinformación y ciberespionaje. Si yo fuera el director del CNI, estaría ya reforzando los canales bilaterales con el MI6 y el Mossad para compensar el vacío que Washington está creando.

Dossier Moncloa: Ojos en la Sombra

El fallecimiento este mes de John Stockwell, el antiguo oficial de operaciones encubiertas de la CIA, cierra una generación de espías que aprendieron el oficio en el terreno y acabaron desencantados con las operaciones que consideraron moralmente repulsivas. Stockwell, hallado muerto en una zona boscosa cerca de su casa en Austin, Texas, a los ochenta y ocho años, fue un idealista que sirvió en Vietnam y África antes de convertirse en uno de los críticos más feroces de la agencia. Su trayectoria recuerda que el oficio no es solo técnica: es también conciencia. La pregunta que deja sobre la mesa es cuánta conciencia queda hoy en la inteligencia estadounidense.

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Desde la atalaya de Moncloa, el vector de amenaza es claro: la ODNI se adentra en un terreno —el monitoreo electoral— que no le corresponde y que erosiona su credibilidad ante los aliados. La agencia atacante, en este caso, es la propia administración estadounidense, que instrumentaliza una herramienta de seguridad nacional. El defensor es la comunidad de inteligencia de carrera, diezmada por la purga de Pulte, y los terceros que observan con preocupación son los servicios europeos, incluido el CNI, que dependen de la información estadounidense para su propia seguridad. A juzgar por la naturaleza del material que manejan esos oficiales despedidos, estimo que buena parte de las evaluaciones que se han perdido alcanzaban el nivel de Secreto o Top Secret.

Un precedente histórico ilumina este desastre: en los años setenta, las revelaciones del Comité Church sobre los abusos de la CIA y el FBI llevaron a la creación de comités de supervisión y a la separación entre inteligencia exterior y aplicación de la ley doméstica. Hoy, medio siglo después, parece que esas lecciones se han olvidado. No sé si Pulte obtendrá la confirmación del Senado —sus escasas credenciales y la oposición que ya ha suscitado hacen improbable un apoyo bipartidista—, pero el daño a la relación transatlántica de inteligencia ya está hecho. Le pongo un deber al lector: seguir de cerca el próximo informe del ODNI sobre amenazas electorales, que con toda probabilidad desviará el foco hacia adversarios externos mientras ignora la corrosión interna.

He escrito en alguna ocasión que «el espionaje no se mide por las redes que se desmantelan, sino por las que siguen vivas el tiempo suficiente como para que ya no importe». La red que se está desmantelando ahora es la de la confianza entre Washington y sus socios más estrechos. Cuando esa confianza muere, lo hace en silencio, en el interior de un bosque de Austin o en los pasillos de un edificio en McLean. Y luego ya no importa. Ojalá me equivoque.