En el casco histórico de Betanzos, la iglesia de San Francisco guarda un sepulcro que parece sacado de un bestiario medieval: un noble gallego duerme eternamente sobre las figuras de un oso y un jabalí, rodeado por siete perros y cuatro ángeles. Es la tumba de Fernán Pérez de Andrade, uno de los señores feudales más poderosos de la Galicia del siglo XIV, y un testimonio excepcional de la escultura funeraria gallega que aún sorprende a los visitantes nacionales.
El caballero que descansa sobre un oso y un jabalí
El sarcófago de Fernán Pérez de Andrade, conocido como O Boo (El Bueno, en gallego), es una obra maestra del gótico final. Sus laterales muestran escenas de caza del jabalí y los escudos heráldicos del linaje Andrade, mientras una inscripción tallada en la piedra recuerda que el noble financió la reconstrucción del templo. La fecha grabada, 1387, convierte esta tumba en uno de los raros sepulcros gallegos con datación precisa.
Sobre la tapa reposa la figura yacente del caballero, vestido con armadura y representado con un realismo adelantado a su tiempo. Su mano derecha se apoya en el pecho y la izquierda sujeta la empuñadura de la espada, cuyo pomo exhibe el llamado símbolo de Salomón. La cabeza descansa sobre dos almohadones, y a los pies aparecen dos perros de caza que, a su vez, esconden otros dos bajo sus cuerpos.
Pero lo más singular está en la base: el enorme sarcófago se eleva sobre dos animales que funcionan como peanas vivientes. Un oso y un jabalí sostienen todo el peso del noble, emblemas del poderío de la familia Andrade y de la naturaleza brava de la Galicia interior. La composición, única en la península, no se limita a decorar: convierte la tumba en un relato sobre la caballería, la fidelidad y la eternidad.
Una joya del gótico gallego que sobrevivió a incendios y desamortizaciones
La iglesia de San Francisco no es solo un contenedor. Levantada en la segunda mitad del siglo XIV por iniciativa del propio Fernán Pérez, el templo es uno de los mejores exponentes del gótico mendicante franciscano en Galicia. Declarada Monumento Nacional en 1919 y Bien de Interés Cultural años después, conserva una portada con la Adoración de los Reyes Magos, rosetones, vidrieras y canecillos esculpidos que recuerdan al visitante que está ante un edificio concebido para impresionar.
En el interior, las bóvedas nervadas albergan ángeles músicos. Uno de ellos toca la gaita, detalle que suele arrancar sonrisas pero que habla de la profunda conexión entre el arte sacro y la cultura popular gallega. Hasta dieciséis sarcófagos de la familia Andrade se reparten por la nave única, formando una de las colecciones de escultura funeraria medieval más importantes de España, a menudo ignorada por los circuitos turísticos nacionales.
El sepulcro de Fernán Pérez de Andrade no es solo una pieza de museo: es la huella en piedra de un tiempo en que Galicia se gobernaba desde castillos y monasterios.
El paso de los siglos ha maltratado al conjunto. El antiguo monasterio franciscano perdió dependencias enteras, como el claustro o la sala capitular, tras la desamortización del siglo XIX. Más tarde, el incendio de 1936 —en pleno estallido de la Guerra Civil— dañó gravemente el convento y obligó a una reconstrucción que, aunque respetuosa, alteró parte de su fisonomía original.
Sin embargo, el panteón de los Andrade permaneció intacto. Ni el fuego ni el expolio pudieron con los dieciséis sarcófagos, que siguen contando la historia de un linaje que dominó el norte de Galicia durante generaciones y dejó su sello en puentes, torres y templos desde Pontedeume hasta Betanzos.
El Laboratorio Gallego
Detrás de cada piedra de San Francisco late una lección sobre cómo Galicia ha construido y preservado su identidad. La familia Andrade encarna el modelo de nobleza feudal que, en lugar de mirar solo a la corte castellana, se ancló al territorio. Sus sepulcros no imitan estilos foráneos; mezclan la tradición gótica con elementos propios —el jabalí, el oso, la gaita— que convierten este templo en un laboratorio de cultura visual gallega.
Esa capacidad de absorber influencias y generar un lenguaje artístico propio es lo que sitúa al panteón de Betanzos en el mapa nacional del arte medieval. A menudo, cuando se habla de escultura funeraria se piensa en los grandes monasterios castellanos o en las catedrales de León y Burgos. Pero el sepulcro de Fernán Pérez de Andrade demuestra que también en la Galicia atlántica se esculpía la eternidad con una calidad comparable.
Para el lector que observa desde Madrid o Barcelona, el caso de Betanzos ofrece una ventana a la Galicia menos transitada. No es solo la catedral de Santiago ni la playa de las Catedrales; es un interior salpicado de joyas góticas que las instituciones autonómicas llevan décadas restaurando y difundiendo, a veces con más constancia que eco mediático.
La proyección de este patrimonio es evidente. Con el próximo Xacobeo 2027 en el horizonte, el Camino Inglés —que pasa por Betanzos— volverá a traer a miles de peregrinos. Muchos de ellos se detendrán ante la iglesia de San Francisco y descubrirán que, bajo un oso y un jabalí, sigue durmiendo un caballero que hizo de Galicia su reino particular.
Ficha del Caso
- El caso: La iglesia de San Francisco de Betanzos alberga el sepulcro de Fernán Pérez de Andrade, un noble gallego que descansa sobre dos peanas únicas en España: un oso y un jabalí.
- Datos importantes: La tumba data de 1387; el panteón familiar incluye dieciséis sarcófagos; el conjunto fue declarado Monumento Nacional en 1919 y es una de las colecciones más relevantes de escultura funeraria medieval gallega.
- Resumen: Más allá del valor artístico, el sepulcro es un testimonio del poder feudal en la Galicia atlántica y de cómo la identidad cultural gallega se reflejó en la piedra siglos antes de que existiera la autonomía política.

