La Unión Europea ha dado un paso al frente en su guerra de competitividad. El Consejo Europeo y la Comisión han aprobado esta semana una estrategia que prevé movilizar alrededor de 500.000 millones de euros en inversiones tecnológicas y de defensa durante el próximo ciclo presupuestario, una cifra sin precedentes que busca redefinir el papel global del bloque.
De la alarma Draghi al ‘One Europe, One Market’
Las alarmas saltaron con la pandemia. En 2024, los informes de Mario Draghi y Enrico Letta certificaron lo que muchos en Bruselas ya intuían: Europa pierde competitividad a marchas forzadas. Draghi cuantificó la brecha en una necesidad adicional de inversión de entre 750.000 y 800.000 millones de euros, mientras Letta puso el foco en los 300.000 millones de euros anuales que el ahorro europeo envía cada año a Estados Unidos por la falta de un mercado de capitales profundo.
Bruselas ha pasado del diagnóstico a la acción. El pasado abril, las tres instituciones publicaron el documento ‘One Europe, One Market’, una hoja de ruta para eliminar barreras regulatorias, simplificar la burocracia y proteger la industria. A finales de este año estarán listos varios paquetes legislativos como el Industrial Accelerator Act y el programa Made in Europe, diseñados para blindar la producción local y reducir la dependencia exterior.
La factura del rearme competitivo: dos billones de presupuesto y el arte de la astucia fiscal
Para financiar este giro, el borrador del Marco Financiero Plurianual (MFP) 2028-2034 asciende ya a 2 billones de euros, frente a los 1,3 billones del período anterior. La cifra coincide casi milimétricamente con lo que pedía Draghi. Pero la pregunta es de dónde saldrá el dinero.
Europa tiene la liquidez: diez billones de euros en depósitos bancarios y un PIB de 18 billones. Sin embargo, los bancos retienen el 40% del ahorro en cuentas corrientes, frente al 10% en Estados Unidos. “Tenemos mucho dinero, pero no fluye por nuestro cuerpo”, explica una fuente de la Comisión. La comisaria de Startups, Ekaterina Zakharieva, advirtió en un encuentro con periodistas españoles que las empresas emergentes europeas acceden a siete veces menos capital que en Estados Unidos y acaban siendo compradas por inversores extranjeros. “No podemos esperar al mercado único de capitales, hay que actuar ya”, zanjó.
Europa tiene el dinero, pero no fluye. El verdadero desafío no es cuánto gastar, sino cómo romper la fragmentación del mercado de capitales.
La vuelta de tuerca fiscal tampoco es gratis. El pago de los intereses del Plan de Resiliencia asciende a 17.000 millones de euros al año. Durante un debate esta semana con la prensa española, la eurodiputada socialista Sandra Gómez defendió crear nuevos recursos propios —una tasa digital paneuropea, una tasa al juego y otra a las criptomonedas—, mientras que la popular Isabel Benjumea propuso refinanciar la deuda generada por los fondos europeos. La mayoría de los países miembros apuesta por una combinación de ambas vías, pero las negociaciones no terminarán hasta finales de 2026.
El Eje del Poder Europeo
La estrategia de competitividad no es solo un volantazo económico; es un pulso geopolítico en toda regla. El eje franco-alemán, motor tradicional de la integración, respalda el aumento del presupuesto pero discrepa sobre los mecanismos. París insiste en la emisión de deuda común a escala europea, mientras Berlín se resiste y prefiere que cada Estado aumente sus contribuciones nacionales. Mientras, los frugales —Países Bajos, Austria, Dinamarca— han empezado a enseñar los dientes: no aceptarán ni un euro sin condicionalidades estrictas.
Para España, el envite es doble. La economía española aspira a beneficiarse de los fondos destinados a digitalización y defensa, sectores donde la industria nacional tiene cartas que jugar. Pero el Gobierno de Pedro Sánchez necesita cuadrar sus cuentas con una regla fiscal que Bruselas ha reactivado tras la pausa pandémica. La posición de Moncloa pasa por alinearse con el sur en la defensa de nuevos impuestos europeos que alivien las arcas nacionales, lo que le sitúa en el bando opuesto a los frugales y, de refilón, a Berlín.
Observamos que se repite el patrón de la crisis del euro de 2010-2012: la competitividad se financia con deuda o con impuestos, pero el reparto del coste político siempre termina tensando las costuras del club. La próxima cumbre del Consejo Europeo de octubre de 2026 será la primera prueba de fuego para ver si los 500.000 millones prometidos sobreviven al regateo de cada capital. Y, como ya ocurrió con el Next Generation, el diablo estará en los detalles de la condicionalidad.

